Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

1 de agosto de 2011

"Dialéctica y entusiasmo", por Omar (3ª)

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DIALÉCTICA Y ENTUSIASMO

Por “Omar”. Parte III, segmento 1

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Hegel pretende haber encontrado la llave maestra -el MÉTODO con mayúsculas- para progresar a niveles cada vez más altos de conocimiento. Su obra aspira a

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conducir el entendimiento humano del dominio de la experiencia diaria al del verdadero conocimiento filosófico, a la verdad absoluta (…) no es la experiencia del sentido común, sino una experiencia que ha sido sacudida en su seguridad, abrumada por el sentimiento de no poseer toda la verdad…[1]

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la distinción entre entendimiento y razón es la misma que entre sentido común y pensamiento especulativo (…) las operaciones del entendimiento dividen así el mundo en innumerables polaridades y Hegel utiliza la expresión reflexión aislada para caracterizar la manera como el entendimiento forma y conecta sus conceptos polares (…) pero el aislamiento y la oposición no son, sin embargo, un estado último. El mundo no puede permanecer como un complejo de cosas fijas y dispares. Es necesario captar y realizar en la razón la unidad que subyace tras los antagonismos, sublimarlos en una verdadera unidad (…) el sentido común confunde la apariencia accidental de las cosas con su esencia, y persiste en creer que hay una identidad inmediata de esencia y existencia (…) sólo el pensamiento especulativo es capaz de trascender los mecanismos distorsionantes del estado dado del ser…[2]

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La dialéctica comienza cuando el entendimiento humano se da cuenta de su incapacidad para captar adecuadamente algo a partir de sus formas dadas cualitativas y cuantitativas (…) comienza con el mundo tal y como lo ve el sentido común…[3]

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Al igual que sucede con la dialéctica hegeliana, la Teoría del Entusiasmo también se apoya en la convicción de que la forma de la realidad inmediata no es la realidad última[4]. Comparten, pues, Razón y Entusiasmo, al menos un primer criterio: la desconfianza fundamental respecto a la autoridad del hecho, lo que Hegel llama “la porción libre” de todo saber filosófico.

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¿No debería presentar la Teoría del Entusiasmo un argumento absoluto, más que una prueba convincente, para, habiendo superado un primer escollo de pensamiento ordinario sobre Rayuela, postularse ahora como la única vía para sustraerla a su realidad inmediata, la única vía que permitiría el acceso al segundo libro en su verdad?

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¿No cabría la posibilidad de que el entusiasmo admitiese nuevas formas de escepticismo en su seno, que, sin reducir a la nada sus logros, permitiesen seguir profundizando en el sentido oculto de Rayuela por otros medios? De ser así, y para no resultar al final más hegelianos que Hegel, tal vez el entusiasmo debería dejarse mediar un poco…

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Pero esto significaría asumir una posición en un desarrollo dialéctico más largo, que nos antecede y que por lo demás nos supera. ¿Estamos dispuestos a admitir que esa certeza, más cierta que cualquier evidencia, sobre la que precisamente descansaba la ley de nuestro corazón (la que aspira a imponer progresivamente el cuño de sus reglas a la marcha del universo, pues no implica la ligereza del propio placer, sino la seriedad de un alto fin[5]) pudiese verse sobresaltada por nuevas contradicciones? ¿Somos capaces de inclinar la cabeza con humildad para volver a aceptar la separación entre el pensamiento y el ser que ya creíamos superada por nuestro conocimiento?

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Parte III, segmento 2

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Si Oliveira, tal y como yo sospecho, pretende encarnar de algún modo una antropofanía del hombre, y no sólo una rama torcida del pensamiento dialéctico, del devenir fatídico de la cultura occidental y su empobrecimiento paulatino, un tipo de la antropología a superar, entonces no hay que tomar la medida de su humanidad sólo por el alcance de sus éxitos o de sus fracasos, sino en la pintura al completo.

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Horacio no es sólo hombre cuando mediante el entusiasmo arranca una figura a la realidad, o cuando llevado por la exaltación se postula a sí mismo como poeta o chamán. Horacio es el hombre que abarca una humanidad de amplio espectro: incluso en la figura de Ossip, en su alergia para con el fenómeno central de las hojas secas, es capaz de admitir algo así como un reverso, una especie de absolución…

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Ossip no vio las hojas secas en la lámpara simplemente porque su límite está más acá de lo que significaba esa lámpara. Etienne las vio perfectamente, pero en cambio su límite no le dejó ver que yo estaba amargo y sin saber qué hacer por lo de la Pola. Ossip se dio inmediatamente cuenta, y me lo hizo notar. Así vamos todos.

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Hablando de descentramiento: ¿y si el centro de este capítulo, en lugar de las hojas secas, fuese la amargura de Oliveira por lo de la Maga? Entonces Ossip pasaría a ser el qué ve, y Etienne el ciego…

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Lo planteaste tú, Jorge, siguiendo a Morelli: ¿quién está dispuesto a desplazarse, a descentrarse, a descubrirse? Pero si dicho movimiento nos saca del lado de acá sólo para proporcionarnos otro centro, quizás en un hipotético lado de allá, un poco más lejos cada vez, pero que nos impide también al final movernos alrededor de la infinita ambigüedad del fenómeno, ¿qué hemos ganado al desaforarnos? ¡Que el miedo al relativismo no nos paralice precisamente a nosotros, los inquietos, como el miedo al fundamentalismo paraliza a los hombres sin fe!

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Que esta inquietud, la ambición de exceder el pensamiento jovellanista -la misma que te sacó a ti Jorge del centro, de la representación ordinaria y su capacidad para predicar evidencias, del pensamiento común y la conciencia habitual sobre la realidad, para alcanzar, por la vía del entusiasmo, una nueva proximidad y una certeza aún más resplandeciente bajo la forma de la otra Rayuela- no cese. Que estos logros no cieguen, digo, por un exceso de luminosidad, la presencia de un fundamento en constante retracción. La humanidad del hombre es también defectiva…

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Quizás aquí, Horacio el Oscuro, chamán del entusiasmo, también tenga algo que decir, como Heráclito, como le parafraseó Heidegger: que a la naturaleza –es decir, al ser- también le gusta ocultarse

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Y por eso Oliveira está amargo. Por lo de la Maga. Por la indiferencia de Ossip. Pero también por el entusiasmo de Etienne… Porque nada restaña de una vez para siempre la herida. Y eso también es ser humano: no ver, no entender, no comprender, no participar, fracasar y recalar en el escepticismo de tanto en tanto, pero con la misma intensidad con la que uno se deja arrastrar por el entusiasmo.

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Oliveira posee su dignidad aún cuando a menudo se ponga en la piel del hombre desgraciado, aquel que supo entender demasiado bien Hegel, para quien la conciencia de la separación es más grande que para ningún otro, pues también él intuye que

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existe un algo verdadero e inmutable; lo que ocurre es que este algo verdadero representa siempre, para él, un más allá. El anhelo religioso se proyecta sobre este más allá; pero, aunque lo ve ante sí, se abre entre él y la conciencia, con mucha mayor fuerza, un abismo insondable y permanente. La conciencia de la vida, de su existencia y de los actos es solamente el dolor acerca de esta existencia y de estos actos[6]

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Llámalo escepticismo, o, si lo prefieres, ex-theo-siasmus: “el Dios fuera de nosotros”. Pero no lo desprecies como si fuese una forma más baja de humanidad, ni le reproches que pueda devenir en inmanentismo, en materialismo, o en la simple y llana aquiescencia de un así vamos todos, pues también forma parte de la aventura, una aventura que –Horacio dixit- resulta tanto más dialéctica cuando se formula desde la conciencia de saber lo que soy porque estoy exactamente sabiendo lo que no soy (“eso que ignoraré luego astutamente”), y que implica reapropiarse desde lo que nos es absolutamente ajeno, observándonos a partir de la exterioridad radical, o andar con “el límite por fuera”…

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Parte III, segmento 3

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Si aceptamos que el entusiasmo consigue identificar al lector activo con una cierta profundidad oculta de Rayuela, podemos pensar que, 1) o bien hay infinidad de caras ocultas de Rayuela que se podrían llegar a alcanzar por infinidad de medios activos, o 2) que sólo el entusiasmo nos lleva a ascender a ese otro nivel más alto de comprensión a través de una suerte de ruptura.

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Para sostener esta segunda opinión sin caer en manos de la dialéctica habría que asegurar muy mucho el terreno desde el que se pretende dar el salto. Y es que, a menos que se consiga probar la absoluta heterogeneidad del libro insólito respecto a la novela, llegando a desgarrar incluso el recurso a la analogía, que en cierta medida aún es producto de la dialéctica (exactamente en la medida en que la analogía -que sigue siendo una logía, no lo olvidemos- no se produce sobre el vacío, sino negando una tesis representativa previa surgida del entendimiento común), el libro insólito permanecerá debiendo su nacimiento a un acto de negación aplicado sobre la novela: en otras palabras, que seguirá siendo, antes de poder alcanzar cualquier esencia propia, un reverso, una antitesis, una no-novela.

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Pero quizás esa sea posibilidad no le fuese tan ajena a Cortázar, que consintió en imaginar a través de Morelli una repulsa parcial -puesto que se apoya en la palabra- contra la literatura: esto es, la anti-novela. Y pensó en usarla como se usa un revolver para defender la paz, cambiándola de signo (convirtiendo lo negativo en positivo, tal como hace la dialéctica). Por eso, quizás, jugando a imaginar también una antítesis para la proximidad entusiasta de Etienne, nada nos impide suponer a un escéptico radical (¿por qué no Horacio?), que a modo de contrapunto se opusiera –superando a su modo la forma inmediata de la realidad, sólo que por el antemargen- a la certeza que pretende haber traspasado definitivamente las apariencias para abrazar la verdad absoluta.

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Este escéptico encarnaría, a modo de contra-posición, el punto de mayor elasticidad del sistema, la máxima conciencia de la separación: el principio de diferencia. Y así, abriendo y cerrando la horquilla, entre la proximidad y la distancia, entre la participación y la autocrítica, como se suele decir, se escribe la historia. Y todos los centros que se van ganando entremedias sólo son tierras de paso en este baile interminable de los principios opuestos, siendo lo bueno, y simultáneamente lo malo, que ninguno de los dos principios podrá descansar del todo mientras sienta la irreductibilidad del otro acechándole, limitándolo con su razón de ser. Y así, en resumidas cuentas, es como la Dialéctica se mantiene en su esencia dinámica: un combate a muerte librado en el interior de una historia de amor eterna. Por eso cuando Oliveira piensa en estados excepcionales, aquellos que se distancian del centro, de la manera habitual de ver las cosas, sigue pensando en pares opuestos, y dice:

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Es muy simple, toda exaltación o depresión me empuja a un estado propició a

lo llamaré paravisiones

es decir (lo malo es eso, decirlo)

una aptitud instantánea para salirme, para de pronto desde fuera aprehenderme, o de dentro pero en otro plano,

como si yo fuera alguien que me está mirando

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Y lo dice así, a su pesar: toda exaltación, pero igualmente toda depresión. Como si el entusiasmo tuviera su reino y su paravisión, y del otro lado, con sus mismos derechos, la tristeza del hombre desgraciado, que también posee su propio reino y su modo específico de paravisión…

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Parte III, segmento 4

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Hasta aquí he venido moviéndome alrededor de la ambigüedad del fenómeno de las “hojas secas” para conducir el capítulo 84 a un diálogo con la Fenomenología de Hegel. He tratado, así mismo, de imaginar la posibilidad de que Rayuela fuese efectivamente dos libros: una novela de un lado, y un libro insólito del otro, cuyo valor extraordinario vendría precedido del hecho de ganar su ser por negación; es decir: a partir de su carácter de no-novela… Pero esto significaría que tu Teoría del Entusiasmo progresa también, quizás a su pesar, dialécticamente, pues, en cuanto medio de paso de la Rayuela-novela a la Rayuela-insólita, alcanzar una unidad sintética sólo sería posible coordinando motivos a uno y otro lado del margen.

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Por ejemplo, ¿deberíamos suponer que entre la realidad más o menos lineal de la novela y el carácter de repetición de un mismo episodio del libro insólito se produce una mediación por parte del entusiasmo, que, sin perder la narratividad de la novela, se afana primero en negarla para a continuación englobarla en un movimiento más alto (la repetición)? De ser así, nada nos impide suponer que detrás del entusiasmo pueda surgir un nuevo estadio de conciencia aún más elevado, y ¿por qué no iba a ser la razón, o el saber absoluto que se sabe a sí mismo? ¿Es la pretensión de tu hermenéutica seguir ascendiendo o ya ha tocado techo? ¿No es dialéctico el contraponer una vía negativa a una positiva para llegar a una vía de participación sintética? ¿Se trata, metodológicamente hablando, de una triada dialéctica? ¿Será la analogía el medio a través del cual tu entusiasmo garantiza el paso de un libro al otro? ¿Por qué no habría entonces de admitir ella misma otros medios?

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En este punto eres tremendamente ambiguo, Jorge: a veces pareces tratar de articular dialécticamente dos niveles cuya diferencia es meramente cualitativa, y a veces pareces afirmar que el libro insólito es de una naturaleza tan heterogénea que alcanzarlo requiere de un salto mortal. En dicho salto, la novela poseería sentido sólo en la medida en que sirve esotéricamente para un juego de ocultación del libro insólito; es decir, en calidad de mera apariencia, reservándole así al segundo libro el monopolio de todo sentido, que por cierto sería ganado de golpe y como por revelación…

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Pero hasta este esoterismo tiene algo de dialéctico. Se torna gnóstico de tanto en tanto, oscila entre la revelación y su desmentido: la necesidad de un paulatino, por así decirlo, develamiento. Parece querer progresar capa a capa. Y esa es la trampa de la dialéctica (o su gloria): que nunca rechaza de antemano una vía hacia la experiencia, que siempre le encuentra un lugar de acomodo en el seno de su sistema, pero lo hace con argumentos, buscándole antecedentes y consecuencia a cada paso, sacándole a cualquier verdad revelada sus propias contradicciones internas para obligarla a retornar sobre sus huellas, al mundo fantasmagórico de las apariencias que ya creía superado, y así exigirle un nuevo esfuerzo andando la vía negativa. También hay una dialéctica mística que busca en la paradoja la revocación del sistema porque se encuentra atrapado en sus causas, viviendo sin vivir en sí…

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Finalmente, en el transcurso de este pequeño paseo alrededor del fenómeno, he cobrado consciencia de la grandeza del adversario: de los antiguos griegos a Hegel nos encontramos en presencia de uno de lo más imponente árboles que hayan surgido en suelos de la cultura occidental, sino el más grande. Puede que sus frutos estén un poco resecos, pero su robustez, la nobleza de sus materiales, aún merecen un respeto. Y eso he pretendido: honrarlo. Oriente tiene sus propias reliquias, su sabiduría, y su grandeza, indudablemente. Pero no hay abanicazo en el hocico de ningún venerable maestro zen que consiga hacerme olvidar que bajo ese árbol se han cobijado -en sus penurias, pero también en sus gozos- los huesos de mis antepasados.

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Ahora bien, honrarlo quiere decir también presentar resistencia. Jamás he tratado de negar que Rayuela buscase la luz más allá de las sombras de la dialéctica: tirarlo por la ventana todo, y la ventana también. Correlativamente, la Teoría del Entusiasmo se hace eco de esta necesidad (a menudo desesperada) por encontrar una vía abierta, una salida franca del laberinto, una ruptura con las inercias acostumbradas por el pensamiento dual. En este sentido, y sólo en este sentido, por el momento, creo que es muy justo hablar de una Rayuela en lucha con la dialéctica. Lo que ocurre es que no estoy tan convencido de poder encontrar un solo argumento en favor de que su éxodo le lleve a la libertad en vez de a una nueva trampa. Más bien, de feuille en aiguille, la veo luchar con algunos de sus espectros. Y a veces pega, y a veces encaja. Y así vamos todos…

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Claro que si se le niega una esencia propia a la novela, si se la convierte en mera carcasa para dejar toda pulpa jugosa, toda verdad, del lado del libro insólito, y se rechaza que a cada entusiasmo le sigue una desesperación y a la inversa, entonces Morelli, agente de fuerzas heteróclitas, no escucha la voz de Ronald que lo considera de una presunción desagradable[7]… Esto podría parecer una crítica frontal contra la Teoría del Entusiasmo, pero no lo es. Y no lo es porque entiendo que tú, Jorge, no soslayas la ambigüedad sobre la que da vueltas el swing de Cortázar, ni trampeas la realidad múltiple de la obra para ajustarla a tu teoría.

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Si la tesis que resume todo el bregar de Horacio-Cortázar con la Dialéctica pudiese ser condensada en una sola proposición, sospecho que describiría una contradicción elemental: el éxtasis -¡pero también la depresión!- que le produce tratar de salir pensando del pensamiento. Se trata de un conflicto con el lenguaje librado con sus propias armas (eso es lo malo, decirlo), y que no es a causa de la dialéctica, sino más bien la dialéctica una de sus consecuencias más inmediatas: el hecho de ser hablado por él cuando uno lo que quisiera es hablarlo, y a veces hablarlo cuando uno lo que quisiera es ser hablado por él…

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Ese no encontrar el punto justo, o encontrarlo para perderlo, o perderlo habiéndolo ya encontrado, es el drama de Horacio y, así mismo, el drama de la Dialéctica: su infinita capacidad para descentrarse y reapropiarse casi en el mismo gesto. Por eso la Dialéctica es un árbol con una raíz bicéfala: eleata pero también jónica. Tan dialéctico es el viejo Parménides como el oscuro Heráclito. Y Hegel su corolario: a partir de su lógica, en la que la tesis permenidiana (la absoluta diferencia que indica que el ser es y el no-ser no es) se encuentra con el aforismo heraclitiano (la absoluta identidad de saber que el ser y el no-ser son lo mismo), en el seno un Espíritu Absoluto que se Sabe Incondicionalmente, la Dialéctica ya no puede ser superada fácilmente ni por la vía de una trascendentalismo agónico (como parecen indicar las penurias de Kierkegaard), ni por la de un inmanentismo radical (como hubiese deseado Nietzsche).

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¿Queda, pues, alguna vía más allá de la Dialéctica? ¡Pero tiene que haberla! El hombre no deja de pensar, de hablar, de buscar la salida, no se aquieta, ni se resigna. Y eso lo demuestra, entre otras cosas, tu Teoría del Entusiasmo…

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Su honestidad (y así, con este reconocimiento, Jorge, espero enmendar toda posible sospecha de pretender asestar una puñalada trapera a tu trabajo) radica en el hecho de haberse esforzado también por preservar el misterio, salvaguardar en la sombra lo que aún no puede, o no quiere, o no sabe ser dicho. Mejor callarse, como dicen Roland y Etienne en el capítulo 142, mientras tratan de comprender a la Maga (muy jugoso, por cierto), y conceder un margen de reserva en el que lo santo aún sea posible. Cualquiera que no se de cuenta de que tu Teoría del Entusiasmo ha callado tanto o más de lo que ha dicho es que, a mi modo de ver, no ha entendido nada…

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Parte III, segmento 5

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Apéndice

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¡Una palabra! ¡Una sola palabra, loco! ¡Dialéctica! Esto es un poco como lo de “Quiromántico”: se le puede sacar petróleo…

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Para mí el hecho de mencionar la palabra en el momento adecuado es el don de dones. Nunca dejara de emocionarme, de sorprenderme, de parecerme algo mágico el encontrarla… la haya pronunciado yo o un otro. En ese sentido no hay efectivamente modo de humanidad más digna, para mí, que la del poeta.

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Ahora bien, precisamente con tu hermenéutica de Rayuela nos has mostrado que la palabra adecuada, amén de requerir entusiasmo y de caer como si viniera de fuera –casi del cielo- sobre nosotros, también precisa de un largo proceso de profundización, de sacrificio y escucha abnegada, de paciente trabajo de picapedrero en las simas del autocuestionamiento más radical. En ese sentido la palabra nos pertenece, nos habla desde muy adentro y con voz propia, y no hay modo de humanidad más digna que la del filósofo, que lejos del arrebato y la inspiración, a fin de cuentas, a cada paso comprende que no sabe prácticamente la misa de la media, y aún así sigue intentando expresarse…

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Probablemente cualquier prólogo, cualquier trabajo académico sobre Rayuela, mencione entre sus catálogos y glosas que Cortázar pretendió asestarle un puñetazo cósmico al pensamiento dialéctico, pero sólo cuando la palabra viene simultáneamente desde dentro y desde fuera, cuando se ha alcanzado con entusiasmo e intuición, pero también a través de una constancia del pensamiento, como una especie de testimonio o de confesión de sus penurias y tribulaciones, consigue sonar de viva voz; es decir, no parecer una piedra arrojada ahí sin más razón que la de yacer, sino una auténtica llamada…

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A mí, cuando creo escuchar la palabra, me entran ganas de dar respuesta. Eso es lo que pretendido hacer: dar la talla. Puedo estar de acuerdo o no (aunque casi nunca lo estoy, para ser sinceros, o no completamente, o no hasta la participación), pero lo más importante es que en este proceso, en esta inquietud fundamental y en este agradecimiento, siento que tengo una posibilidad de elegirme, de ser lo que verdaderamente soy, o, si lo deseo, de ser incluso un otro. Esta amplitud que me da la palabra, y que no podría ser viniendo únicamente de fuera, en un discurso que yo me limito a parlar, pero tampoco limitándose a ser una especie de monólogo interior, una cavilación en circuito cerrado, esta versatilidad, digo, que esta hecha de libertad, pero de una libertad distinta a la de los dioses, una libertad difícil, expresa para mí mejor que ningún a otra cosa la humanidad del hombre.

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Y ahora, pasado este instante de fermentación que sirvo gratuitamente a la Causa o al Ministerio de Cultura, en su defecto, para intentar colársela por la escuadra a la generación ni-ni, a ver si lee más libros en vez de ver tanto la tele, para terminar (o para continuar, o para empezar pero por otro camino, según se mire…) me gustaría detallarte someramente, Jorge, los caminos por los que me hubiese gustado avanzar en esta no tan pequeña reflexión sobre la posible salida más allá de los límites de la dialéctica:

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1) Habría, creo yo, que recorrer el árbol de la Dialéctica de arriba abajo. Podría, para esta empresa, tomarse como punto de partida la lógica de Hegel. Con un poco de suerte igual llegamos a hacernos una idea más o menos aproximada de lo que pretendía decir con su última gran síntesis: la Trascendencia en la Inmanencia reunida entorno al Saber de un Espíritu Absoluto que se Sabe a Sí Mismo… Bertrand Rusell solía decir que fue hegeliano hasta que empezó a leer a Hegel y se dio cuenta de los disparates lógicos que sostenía… pero quizás por eso resulte aún más interesante explorar esta vía lógica desde una perspectiva entusiasta, tomándola algo así como ese límite que hay que franquear, y que se basa en la identificación de la diferencia que separa a Parménides de Heráclito. Tela. Me parece a mi que la dialéctica de Hegel se vuelve al final más ló(gi)ca de lo que suponía Cortázar. No sé si llegó a ahorcarse con los cordones de los zapatos pero poco le debió faltar. Me refiero a la lógica, no a Hegel…

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2) Una vez recorrido de arriba abajo el árbol, habría que desandar el camino en sentido inverso: recorrerlo de abajo a arriba. Tendríamos que tomar este trayecto como una suerte de “destrucción” a la manera en que Heidegger entiende este término: una especie de diálogo con la tradición tratando de reconducir sus términos a los nuestros, es decir, a los de la Teoría del Entusiasmo. ¿Que así lo que verdaderamente hacemos es traicionarlos? ¡De ninguna manera! Lo que hacemos es poner de manifiesto su esencia, lo que sucede es que la tradición había olvidado el ser y se había quedado con la carcasa, los entes, incluyendo, claro está, a sus propios autores. Heidegger siempre tiene la razón, y si no, se inventa una etimología. Aquí hay un árbol, aquí hay un río… y el único que es-ahí, en el claro, soy yo. La idea, en esta fase, sería pasar de la identidad ganada en la fase 1) a la diferencia, que de eso va todo este asunto del olvido. La destrucción tendría, a mi humilde entender, dos hitos a superar: Kierkegaard y Nietzsche. Sí, también hay una lectura posible de Rayuela en clave kierkegaardiana y nietzscheana, respectivamente. Y va muy en serio. Sería largo y farragoso explicar los motivos que me han llevado a esta conclusión, pero baste decir, por el momento, que ambos se postularon como los dos más enconados críticos del hegelianismo. Kierkegaard decía que Hegel había construido con su sistema una fastuosa mansión para terminar viviendo en la caseta del perro, y Nietzsche… bueno, Nietzsche le acusó de ser un marica feo y quejumbroso que había hecho un tinglado metafísico para ocultar el miedo que tenía a que la gente supiera que se había hecho un bisoñé usando la cola de una zarigüeya. El centro de las iras de ambos contra el sistema de Hegel reposa en la noción de “devenir”, que era el señuelo conceptual que utilizaba habitualmente Hegel para despistar mientras convertía como un trilero lo negativo en positivo y a la inversa. Nietzsche le replica con su inmanentismo radical tomando el devenir por un “juego” en el que toda multiplicidad es admitida en su diferencia como una posición de fuerza, una voluntad de poder. Así, vagamente aplicado este nuevo sentido de juego, podríamos decir que nietzscheanamente Rayuela es en efecto muchos libros, y que –cómo por otro lado parece indicar Morelli cuando afirma que le da igual que se desordene su novela- no importa cómo lo leamos siempre que encontremos a través de su lectura el gozo de la afirmación, el placer de la danza dionisiaca, incluso en el dolor de la tragedia. Es más complicado, pero bueno, por ahora lo dejo ahí. En cuanto a Kierkegaard, su crítica a la dialéctica tiende a rasgar la identidad contraponiéndole la paradoja de la existencia, es decir, la decisión y el instante del “salto”. Si Nietzsche nos planteaba una multiplicidad de novelas y un juego de azar en su lectura, siempre horizontal, Kierkegaard plantearía dos novelas, o una novela y un libro religioso, separados por un abismo de alteridad, al que se accede saliendo de la esfera estética y yendo a una esfera religiosa. Lo mejor de este planteamiento podría venir del hecho de buscar paralelismos psíquicos entre el Entusiasmo y su Anfaegtelse –palabra danesa que expresa el instante en el que el hombre se encuentra en el umbral de lo divino, y que se traduce alternativamente por inquietud, ataque, tentación, nervaduras, etcétera…-. Lo peor es que le cuesta mucho, al bueno de Sören, dejar de ser dialéctico. Con uno y con otro habría que ser muy cuidadoso, pues, por más admiración que les tenga a ambos, en términos de antropofanía, no podemos olvidar que encumbraron respectivamente a Zarathustra y Abraham; el uno subvirtió la pregunta ¿qué es el hombre? por la de ¿quién es el hombre? (no hace falta advertir de los peligros que entraña señalar a un hombre y convertir a los restantes, con ese mismo gesto, en no-hombres o en sub-hombres), y el otro estuvo a punto de clavarle un cuchillo a su hijo en el gaznate…

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3) Una vez “destruidos” Nietzsche y Kierkegaard, una vez recorrida toda la tradición dialéctica, podríamos, aterrizar, ahora sí, ya directamente en Heidegger (y con esto termina mi aportación): la noción que nos interesa es la de “paso atrás”. La vuelta al lenguaje de los poetas, o dicho de otra manera: el momento en el que el pensamiento y el ser se vuelven a encontrar en la vecindad del claro. Abrir el claro requiere todo el proceso de destrucción, no hay salto que valga. Quiero decir, que no basta con invocar a la Maga, el pensamiento inmediato, el ejemplo de fluidez y espontaneidad de los pájaros o de las truchas, pues el hombre occidental y en particular el lector avisado de Rayuela, al final, y mal que le pese, quizás para su desgracia o su gloria, no sólo entiende, sino que también sabe. En este sentido nuestra referencia seguirá siendo Oliveira. Pero un Horacio que se reencontrará con la Maga, no desde la arrogancia, no desde la condescendencia, no desde la melancólica admiración, sino en la sinceridad de un diálogo que no excluye a nadie, pues es emitido sin contexto, sin medio, hablado quizás al margen del ser. ¿Supone el pensamiento heideggeriano el definitivo abandono de la dialéctica, o en su condición de “paso atrás” tan solo nos retrae hasta el fundamento, la tierra sobre la que creció y la que alimento al árbol, y en esa medida, el paso que lleva más allá de la dialéctica aún sigue estando por dar? Supongo que es tarea para los entusiastas decir una palabra de más al respecto…

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[1] Cf. Marcuse, Herbert. Op. Cit, pp. 96 y 97.

[2] Cf. Ibid, pp. 49, 50 y 51.

[3] Cf. Marcuse, Herbet, op. cit, pp. 70 y 71.

[4] Cf. Ibid, p. 52.

[5] Cf. Cassirer, Enst, op. cit, p. 391.

[6] Cf. Ibid, p. 389.

[7] Otro tanto sucede con Etienne, que ve en Morelli al perfecto occidental (cap. 95): “Cumplida su modesta cosecha de amapolas búdicas, se volvía con las semillas al Quartier Latin. Si la revelación última era lo que quizás lo esperanzaba más, había que reconocer que su libro constituía ante todo una empresa literaria, precisamente porque se proponía como una destrucción de formas (de fórmulas) literarias”.

5 comentarios:

  1. Salud, Omar. Antes de entrar a responder con mayor detenimiento este «comentario» tuyo, para lo cual voy a tomarme el tiempo necesario, quiero señalar que me divierte que lo presentes en términos de «informe en minoría». ¡A la Teoría del Entusiasmo le ha salido un informe en minoría! Esto es todo un acontecimiento, un punto de inflexión en la historia de la literatura crítica sobre Rayuela: señala el preciso momento en que la Teoría del Entusiasmo adquiere la condición de «discurso oficial» sobre la obra de Cortázar.

    Extraña ironía: ¡pero si el «informe en minoría», hasta ahora mismo, era yo! Hasta hoy, este «tertium non datur» que ahora reivindicas para ti le correspondía propiamente a mi «lector total», que se oponía a la versión establecida de «lector activo» de carácter jovellanista. ¡Qué poco me ha durado el privilegio de la marginalidad! Ahora, de repente, resulta que yo encarno el establishment ; «todo cambia», cantaba Mercedes Sosa, pero se le olvidó añadir «y demasiado aprisa».

    Pero esto es, claramente, una distorsión de la realidad; mi Teoría sigue siendo la minoritaria, y sospecho que seguirá siéndolo durante mucho tiempo, pues sus propias condiciones de accesibilidad la hacen ajena a las mayorías. Esa distorsión en la que incurres sólo se explica porque el trato continuado conmigo debe haberte intoxicado. Ahora el asunto está, para mí, en ver hacia dónde apuntan tus reflexiones: en ver si la perspectiva que aporta tu pequeño (¿?) ensayo es realmente nueva, o si no es más que una contraofensiva del más puro (y digno, también) jovellanismo, que pretende restañar toda herida que mi Teoría interpretativa le haya podido infligir.

    No voy a pronunciarme definitivamente, todavía. Sí puedo decirte que, por un lado, en ese sr. Jovellanos que haces figurar en tu artículo, y que analiza con detenimiento pero sin entusiasmo los atributos de las hojas pegadas en la lámpara por Horacio, yo no he logrado ver nada distinto a la postura propia de la crítica de Rayuela durante las cinco últimas décadas. Ese imaginario sr. Jovellanos, tal como lo planteas, es mismamente Alazraki, es Barrenechea, es Ezquerro… No encarna una mirada inusual sobre Rayuela, sino al contrario; es la mirada oficial. En mi opinión, cometes ahí un tipo de error parecido al que suelen cometer todos ellos, cuando denotan su falta de familiaridad con la analogía. Y es que en la analogía no debemos buscar una correspondencia matemática entre los términos. La analogía es más bien aproximativa, y tiene sus límites; en el capítulo 84, la postura indiferente de Gregorovius no debe interpretarse literalmente, como tú haces, sino poniendo el énfasis en su contraste con el entusiasmo de Etienne. Y en ese sentido, tu sr. Jovellanos está del mismo lado que Gregorovius; no hay una distinción realmente significativa entre el uno y el otro.

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  2. Cosa distinta es tu sospecha de que Rayuela sea «dialéctica a su pesar». Esto no puede dirimirse fácilmente, y merece abrir un buen debate. Hasta mi aparición, y a pesar de haberla detectado, los críticos no habían llevado hasta sus últimas consecuencias la pretensión no-dialéctica que animaba Rayuela; frente a ellos, mi Teoría del Entusiasmo corrobora los logros de esa pretensión (que se hallan cifrados máximamente en el Rayuela insólito), mientras que esos críticos los relativizaban, cuando no los ponía francamente en duda. Ahora, frente a mis afirmaciones, tú vuelves a ponerlos en duda, pero desde una altura seguramente más alta; tú planteas que, aun aceptando que Cortázar no fracasara para nda en su intento, tal como yo sostengo, cabe pensar que la Dialéctica sea algo más amplio y abarcante de lo que él –y yo mismo- hemos sido capaces de comprender. Esa Dialéctica tuya, capaz de integrar en su seno al propio entusiasmo, sí sea quizá algo realmente novedoso en toda esta cuestión.

    El Entusiasmo, según tu discurso, podría ser un momento de esa Dialéctica de altos vuelos (un momento privilegiado, quizá, pero no algo que quedase fuera de su marco). Y ahí es donde yo quiero volver a leerte, más atentamente, para responderte con mayor sutileza; de momento, confieso que esta parte de tu discurso me solivianta. Para mí, a priori,la Dialéctica puede predisponerte al Entusiasmo, y a posteriori, permite ordenar luego los contenidos que en él se transmiten; pero en el interín, "a interiori", no hay dialéctica que valga.

    Por un lado, el Entusiasmo para mí no cabe propiamente en la Metafísica; si alguna disciplina pudiera dar cuenta del mismo debería ser la Ontosofía (si se me permite el neologismo); por el otro lado, me pregunto si tu Fenomenología puede dar alguna cuenta de lo que en el Entusiasmo sucede. Durante el Entusiasmo, ¿quién es realmente el sujeto, o «los» sujetos, si como tales los hay? ¿Cuál el «objeto»? ¿Qué operatividad mantiene la Fenomenología cuando se produce la “ruptura de nivel”? ¿No es la Fenomenología algo antropocéntrico, mientras que el Entusiasmo es más bien algo centrífugo o, si no, algo teandrocéntrico? ¿No será el Entusiasmo el colmo de toda Fenomenología, de toda Metafísica y de toda Dialéctica?

    Te avanzo ahora estas preguntas, a la espera de una contrarréplica más minuciosa, para dejar constancia no sólo de mi respuesta, sino también de sus procesos, y también para que me corrijas si ves que vengo interpretando mal alguna cuestión de las que tú planteas. Volveré más adelante, en cuanto haya terminado la segunda lectura de tu comentario.

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  3. Me he quedado pensando en todas estas cuestiones, y ahora, mientras lavaba los platos de la comida, se me ha presentado cierta aproximación filosófica a las mismas, de la que tú y yo hemos hablado en muchas ocasiones, Omar, y por la que ambos profesamos admiración y reverencia: me refiero a la Filosofía del Límite.

    Si yo tuviera que adscribirme a alguna corriente, reconocer algún maestrazgo al que pudiera recurrir para dar un soporte filosófico a mi Teoría del Entusiasmo, sería sin dudar el pensamiento -de raíces gnósticas, por cierto- de Eugenio Trías. ¿No es su establecimiento (¿ontosófico?) del Cerco del Misterio y del Cerco del Acontecer, con su comunicación a través de la intersección de ambos (el “límite”), algo así como una anticipación de mi cognosfera, incognosfera y agnosfera, con la barrera medianera de la epistemoclina? (Uy, 'mi cognosfera' no; sino la suya de él)Y esos momentos hermenéuticos que jalonan el Acontecimiento Simbólico, ¿no serían algo parecido a esa Dialéctica que yo sitúo como momentos previos y posteriores a la Cita, como ‘predisposición’ e ‘integración’ de lo que pueda suceder en el Encuentro?

    En mi opinión, ante los asuntos del Misterio, aparte del asombro, Trías adopta una postura de HUMILDAD que yo no logro reconocer en las pretensiones de Absoluto de «tu»Hegel. En la Filosofía del Límite, el Cerco del Misterio es irreductible, por más que la fuerza de su magnetismo nos empuje continuamente hacia arriba; ¿queda lugar para esa irreductibilidad en la Dialéctica de Hegel? Te lo pregunto porque, aunque sospecho que no, realmente no lo sé. Acaso tú estás tratando de darme a entender que sí, que ahí está, pero yo sigo sin verlo; quizá porque no he leído a Hegel, y porque no estoy nada familiarizado con el lenguaje filosófico.

    En todo caso, me parece significativo que tú esgrimas a un pensador del siglo XIX, mientras que yo aluda ahora a otro que preludia al siglo XXI. Para aproximarnos al Rayuela insólito, obra de 1963 que, por lo visto, se avanzaba a su tiempo, quizá sea mucho más apropiado acudir a la filosofía de Trías que a los marcos epistemológicos que subyacen al pensamiento de Hegel (y de esos “continuadores” suyos de los que tú hablas…)

    En todo caso, quién mejor que tú, que los conoces a todos, para aclarar estas cuestiones

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  4. Transcribo aquí -en dos partes- un extracto del Psyche de Erwin Rhode que viene al pelo de la confrontación entre lo "participativo" y lo "dialéctico". Vámonos a la antigua Grecia:

    "Entre las nieblas de la época de transición que va desde el siglo VIII al VI se agitan algunas de esas figuras que tan extraña semejanza ofrecen con los profetas, ascetas y exorcistas que en los primeros siglos del cristianismo recorrían los pueblos de la tierra, sin lazo alguno que les uniese a determinadas comunidades, entregados a su ministerio porque se sabían asistidos por la gracia divina (χάρισμα).

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  5. Segunda parte, unas líneas más abajo:

    "La época siguiente, dominada por las preocupaciones filosóficas y las tendencias racionalistas, apenas se interesa por la intervención de la gracia (…) y de tal modo se desinteresó que los numerosos profetas de segunda mano que entonces pululaban en Grecia solían contentarse con sentencias escritas, en las que se renovaban las profecías de los antiguos videntes inspirados por la divinidad, y que ellos interpretaban de una manera trivial y prosaica. La edad de los profetas del entusiasmo pertenecía, por lo tanto, al pasado"

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