Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

21 de agosto de 2012

The gods will take care of the rest

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En una carta del 21 de febrero de 1961, desde París, Julio Cortázar le decía a su amigo Paul Blackburn:

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Tu poema es muy difícil para mí, pero lo siento MÁGICO, tremendamente mágico. No me gusta que pongas el punto separado de las palabras, no entiendo por qué haces eso. ¿Quieres que el lector haga una larga pausa, o qué? Please explain. I’m so dumb. Explain “Maera. Deino” too. ¡Me gustaría tanto traducir ese poema! Dame todas las explicaciones posibles. The gods will take care of the rest. (Cartas 1937-1963, Madrid, Alfaguara, 2002, p. 433)

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Este fragmento se entiende fácilmente: el escritor se siente cautivado por los versos de su amigo, pero no tanto por su sentido –que no alcanza a comprender enteramente– sino porque es sensible a un influjo que siente desprenderse del poema. La mayúscula de ‘mágico’ es suya: y luego repite otra vez el término, enfatizándolo de nuevo: “tremendamente mágico”. Y la cursiva es igualmente suya cuando dice: “Dame todas las explicaciones posibles”. Cortázar quiere penetrar mayormente en el sentido del poema, y pide algunas claves al otro. Pero ¿por qué subraya esta palabra, posibles? Lo hace, a mi parecer, desde su propia condición de escritor y poeta, para conferirle al término un sentido específico: no se trata de que Blackburn le explique el poema, dándole las claves de su significación última, como se le explica a un niño una cuestión difícil; sino de que este último añada cierta información –la justa– sobre algunos elementos cuyo sentido resulta absolutamente desconocido para Cortázar. Él mismo los señala: “Maera. Deino”. No pretende, pues, que el otro le dé las claves de la magia del poema, al contrario; esas explicaciones posibles que demanda deben preservarla, esa magia, intacta. Como buen poeta que es, Cortázar sabe que la magia no debe explicarse; sino que constituye precisamente ese resto que queda, tal como añade en seguida, en manos de los dioses.

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Al redactar estas líneas, Cortázar estaba escribiendo, a su vez, un libro mágico: “No te escribía antes”, le dice a Blackburn al principio de la carta (pág. 431), “porque me había puesto a trabajar en mi nueva novela (¡que ya tiene 400 páginas !) y los días se me fueron pasando”. Se trata, por supuesto, de Rayuela. Y lo que el escritor le decía a su amigo es algo que nosotros podemos trasladar al ámbito de la recepción de esta otra obra: el lector de Rayuela debe conocer todas las explicaciones posibles, sin que ello perjudique esa magia que se desprende del libro y cuya manifestación debe quedar necesariamente en manos de los dioses. Siguiendo tal premisa, el escritor introdujo en la propia obra (en su mayor parte, a través de Morelli) las explicaciones que él consideraba posibles: y, según sus cálculos, al lector activo y cómplice le hubiera correspondido invocar a los dioses, con su lectura, para llegar al sentido último del texto. Sin embargo, el autor estableció el umbral de acceso para alguien demasiado parecido a él mismo. Calculó mal; las explicaciones de Morelli no bastaron para señalar debidamente a los lectores la dirección correcta hacia la misteriosa magia del texto, y la recepción de Rayuela, a pesar de la inmediata aceptación, del éxito de lectores y crítica, se basó exclusivamente en unos presupuestos reducidos de su alcance y de su sentido. La obra generó magia, efectivamente: pero esa magia no es más que una sombra de la otra magia que todavía se oculta en ese texto.

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Los escritos que he firmado como Jorge Fraga (el Expediente Amarillo, por un lado, y los Elementos para una Teoría del Entusiasmo, por el otro) quieren restablecer lo que serían los auténticos presupuestos de la recepción de Rayuela, tal como los concibiera originalmente su autor. Todo lo dicho en esos escritos viene a ser únicamente una paráfrasis y una glosa de lo que Rayuela dice de un modo más conciso y, a menudo, más oscuro; pero lo que Rayuela no dice, tampoco lo dice Jorge Fraga. He puesto todo el cuidado en no desvelar nada que pueda afectar la magia primigenia de ese libro: sus elementos ocultos permanecen intactos, esperando al lector que logre descubrirlos (con la ayuda de los dioses).

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En este sentido, siento que mi labor ha llegado a su fin. Podría escribir algunos artículos más (he llegado a intentar varias veces una desmitificación de la idea de que Rayuela pueda leerse en el orden que a uno le dé la gana). Pero las fuerzas me han abandonado; los dioses consideran que lo hecho hasta ahora es suficiente, y que seguir sería (¡oh, pecado!) una nueva forma de autocomplacencia.

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Así pues, este escrito es una despedida, y como tal incluye los debidos agradecimientos: En general, a todos los seguidores de este blog, cuya presencia, activa o no, ha sido para mí el estímulo para perseverar.

Particularmente,

A Javier Alejandro Camargo, que fue el primero de todos (al primero siempre se le recuerda especialmente)

A Mario César Ingénito, Ingeneratus, que ha amplificado mi voz trasladando mis trabajos a esos muchos foros en los que participa, y cuyas generosos, informados y apasionados comentarios (y tan escasamente respondidos por mi parte, cargo con ello) tanto han aportado al blog en su conjunto.

A Matheus Dulci, Garra de Águila, que ha hecho resonar mis escritos desde su hermoso PORTAL PINEAL.

A Araceli Otamendi, siempre receptiva a la publicación de mis artículos en sus Archivos del Sur.

A Diego Zeziola, Juan Bautista Morán y al querido amigo “Omar”, cuyas contribuciones han sido para mí muy valiosas.

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Jorge Fraga se retira, pues, a la quinta de su amada Ofelia. Con la tarea cumplida, y con la esperanza de que algún día aparezca otro lector del Rayuela insólito y podamos hablar sobre todas las cosas no dichas, sobre las explicaciones no posibles que atañen a los misterios todavía preservados de Rayuela.

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1 de agosto de 2012

Un Ta'wîl poético: la lectura activa de Rayuela (5)

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En su estudio sobre el Cuaderno de Bitácora, Ana María Barrenechea decía que resulta necesario elaborar toda una teoría cortazariana del lector a propósito de Rayuela. Tenía razón; pero ella misma, con su mirada estrictamente filológica, no cumplía con las condiciones necesarias para formularla. La Teoría del Entusiasmo viene a llenar ese vacío, y su comparación con el ta’wîl sea quizá la mejor ilustración posible para lograr aprehender el asunto desde un punto de vista argumentativo y dialéctico. Con esta quinta entrega daré por satisfecha la comparativa entre la hermenéutica espiritual islámica, de la que tan sabiamente nos habla Henry Corbin en sus libros, y la hermenéutica poética a la que nos invita Julio Cortázar en su Rayuela.

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Hoy dejaremos atrás La imaginación creadora... –a pesar de que no hemos visto aquí todas las perlas que esa obra alberga sobre el ta’wîl–, para fijarnos en ciertos extractos pertenecientes al ensayo titulado «La iniciación ismailí o el esoterismo y el Verbo», cuyas cien páginas conforman el segundo capítulo de El hombre y su ángel. Iniciación y caballería espiritual (aquí se maneja la traducción de María Tabuyo y Agustín López para la editorial Destino, Barcelona, 1995). De ahí proceden estas explicaciones de Corbin:

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este conocimiento no se improvisa; el ta’wîl, la hermenéutica de los símbolos, al igual que el tanzîl, la revelación literal, no se inventan ni se reconstruyen a golpe de asociaciones de ideas, de razonamientos eruditos o de silogismos. Es preciso el hombre inspirado, el que te pone en la vía única por la que reencontrarás la Palabra perdida. Éste es todo el sentido de la iniciación, que implica como postulado que el tiempo de los profetas no está todavía acabado (p. 102)

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«El tiempo de los profetas no ha terminado todavía»; este es uno de los lemas del ismailismo y del chiísmo duodecimano, que provoca la incomprensión y el escándalo para los sunnitas ortodoxos. Ello significa que la comunicación entre lo divino y lo humano no es algo definitivamente sellado, por más que no vaya a aparecer ya un profeta más alto que Mahoma; los Imames, investidos del carisma de una hermenéutica espiritual, son los iniciadores de un nuevo ciclo profético (la walâyat), posterior al Profeta y basado en el ta’wîl. Sin ellos, sin la hermandad de los «Amigos de Dios», la Palabra dada por Él a los hombres estaría «perdida», es decir, vacía espiritualmente, al quedar reducida únicamente a su dimensión literal.

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Algo parecido podemos postular para Rayuela, sustituyendo al Islam espiritual por los lectores entusiastas, y al Islam legalista, a su vez, por aquellos lectores y críticos que reducen el sentido del libro al restringirlo a su dimensión literal. Se trata de la misma contraposición que enfrentaba a mi epónimo Jorge Fraga, de un lado, y a los «jovellanistas», del otro, en el relato titulado «Los pasos en las huellas», escrito precisamente por Cortázar como una alegoría sobre la recepción de Rayuela (véanse las tres entregas de mi estudio sobre «El cuento más aburrido de Julio Cortázar»). Como sabemos, el protagonista del cuento, hermeneuta de la poesía de Claudio Romero, sólo accede al sentido final de esa poesía tras experimentar por sí mismo ciertos fenómenos ya previstos por el poeta; unos misteriosos fenómenos que –parafraseando a Corbin– no pueden improvisarse de ningún modo, y que nada tienen que ver con asociaciones de ideas, ni razonamientos eruditos, ni silogismos. Jorge Fraga es el analogon del verdadero lector activo y cómplice de Rayuela, del verdadero lector entusiasta; esos fenómenos que le afectan en el cuento no son sino la experiencia que Cortázar buscaba generar en el lector de su mayor obra.

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La lectura entusiasta de Rayuela queda de este modo dibujada –y no solamente por «Los pasos en las huellas», sino sobre todo por el propio texto de Rayuela: no hay más que recordar el capítulo 84–como algo que precisa de carisma, ya sea poético o espiritual. El admirado Henry Corbin repite esta misma idea en otro momento de su ensayo:

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el ta’wîl es promovido aquí al rango de conocimiento inspirado. En efecto; si el ta’wîl no es una interpretación alegórica y arbitraria es porque postula, al igual que el tânzil [recordemos: la revelación literal], una inspiración divina. Sólo para aquellos que rechazan el ta’wîl, la hermenéutica espiritual de los símbolos, la vía anagógica del sentido esotérico, está perdida la Palabra. (p. 164)

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Aplicado a Rayuela: para el lector pasivo (es decir, el que rechaza, de un modo u otro, la existencia de un sentido oculto) está perdido el contenido verdadero de esa obra. Y sin el carisma del entusiasmo, el lector del gran libro de Cortázar –escrito bajo el mandato de un misterioso swing–, como mucho puede lamentar la pérdida del sentido que se halla oculto tras el argumento manifestado por la novela.

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¿Cuál es ese sentido oculto? Es lo que yo designo como «Rayuela insólito», y que Cortázar denominaba a su vez, en el Cuaderno de Bitácora, con el significativo nombre de «Disculibro»: el libro por descubrir. En este des-cubrimiento radica toda la efectividad poético-espiritual del texto. En su estudio, Ana María Barrenechea da una interpretación completamente deficitaria de este disculibro mencionado en el Cuaderno, aplicándolo al conjunto de las morellianas; los demás críticos, por su parte, ni siquiera lo han mencionado, a pesar de la existencia de declaraciones como la que sigue (el subrayado es del propio Cortázar):

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¡ojo!

Propongo: Todo el Discu-libro, sin remisión. Pero en un solo bloque. El que no lo vea será meritoriamente ciego.

(Cuaderno de Bitácora, p. 93)

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Formulándolo a la inversa: aquel que lo vea será un voyant. Y sin ningún mérito por su parte, pues es la Gracia la que dispensa el carisma, la inspiración, el entusiasmo o como quieran ustedes llamarlo, a aquel que haya emprendido decididamente la búsqueda.

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El propio Cortázar reconocía que es casi un imposible: en el capítulo 112 de Rayuela sugiere que «hay solamente esperanza de un cierto diálogo con un cierto y remoto lector». Se rebaja al mínimo la llama de la vela de esa esperanza: un cierto diálogo, y un cierto lector, para postre remoto. Sólo eso hay. Pero aun así se trataba de una esperanza; ese diálogo no debe ser entonces un imposible absoluto: sólo casi. Y en efecto, el ta’wîl de Rayuela es posible: los dos Jorge Fraga (el ficticio y el real; el verdadero y el impostado) son testigos perplejos de ello.

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El mismo Henry Corbin, tan sensible a las cosas del espíritu, acude en auxilio de esa llama, alimentándola con un poco de aire cristiano:

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pienso particularmente en Cola di Rienzo argumentando que la efusión del Espíritu Santo no puede ser un acontecimiento cumplido de una vez por todas en el tiempo de los apóstoles, sino que el Espíritu no deja de soplar a través del mundo y de suscitar en él Viri spirituales. «¿A qué rogar por la venida del Espíritu Santo si negamos la posibilidad de que pueda venir? ... Sin duda ninguna, no fue sólo en un momento de la antigüedad cuando el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, sino que desciende cada día, nos inspira y habita en nosotros, a condición de que queramos permanecer humilde y silenciosamente con él.» (El hombre y su ángel, pp. 182-183)

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