Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

22 de septiembre de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (5)

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La causa formal de Rayuela
1. La crisis
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«Es posible pensar durante mil años; es posible escribir bibliotecas enteras, inventar millones de teorías, y todo esto en el sueño, sin ninguna posibilidad de despertar. Por el contrario, estas teorías y estos libros escritos o inventados por dormidos simplemente tendrán como efecto arrastrar a otros hombres al sueño, y así sucesivamente»
Ouspensky, Fragmentos...
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Desde los eleatas hasta la fecha el pensamiento dialéctico ha tenido tiempo de sobra para darnos sus frutos. Los estamos comiendo, son deliciosos, hierven de radioactividad. Y al final del banquete, ¿por qué estamos tan tristes, hermanos de mil novecientos cincuenta y pico?
Cortázar, Rayuela
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Hasta finales de 1950, Julio Florencio Cortázar era un adorador de la diosa Belleza; por algo tenía a Keats y Mallarmé como principales referentes. Sus 36 años de vida habían transcurrido mayormente entre los libros que leía (innumerables) y los que escribía (poesía, teatro, cuento, novela), así como en la intensa fruición de la música, el cine o la pintura. Sus vivencias más hondas y estimulantes procedían casi siempre del ámbito artístico. En carta a Luis Gagliardi, en septiembre de 1939, comenta así las impresiones vividas en un concierto:
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Los helenos hablaban de la “manía”, de la comunicación del dios en el hombre a través del acto creador y de la inspiración que determinaba ese acto. Cada vez que yo, inclinándome sobre el antepecho del teatro, he mirado a un pianista o a un director en el acto mismo de recrear la música, he sentido como si algo de sagrado se transmitiera por ellos a mí. Dios no está sólo en las iglesias; y yo me atrevería a afirmar que Él prefiere por ministros a los grandes creadores de belleza (Cartas 1937-1954, Buenos Aires, Alfaguara, 2012 p. 59)
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Esta devoción suya por lo estético lo llevó a una concepción aristocrática y elitista de la existencia, tal como podemos ver en esta otra carta de 1940, dirigida ahora a Mercedes Arias (la cursiva, en el original):
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el hombre del siglo XX –como masa– sigue siendo exactamente tan imbécil y miserable como bajo los Césares y los Alejandros. [Pretendo] sostener que el cristianismo no ha servido para nada, y que nosotros, la minoría culta, alejada del dinero y la ambición, con fines sublimados (arte, poesía, Dios, qué sé yo) haríamos muy bien en permanecer alejados de toda milicia, de toda participación (íd., p. 91)
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Pero esta visión de las cosas sufrió un duro revés cuando un amigo suyo, Alfredo (Fredi) Guthmann, poeta y aventurero, al que nuestro escritor admiraba y respetaba, envió una carta desde la India.
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Me cuesta encontrar palabras…
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Guthmann acababa de tener una experiencia de iluminación tipo samadhi en el curso de una estadía con su esposa Natacha en el ashram de Ramana Maharshi. No se ha conservado el relato de esa experiencia, enviado en carta a una tal Susana Weil y dirigida al grupo de amigos en que se integraba Cortázar; pero sí tenemos la respuesta que éste último le remitió, y que marca el inicio de una relación muy estrecha entre ambos hombres. En esta misiva, fechada en enero de 1951, nuestro escritor le confiesa a su amigo la profunda impresión que le ha causado su relato:
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Me cuesta encontrar palabras para decirle lo que significó para mí su carta a Susana. Si puede creer algo de mí, es que la leí con toda la pureza y toda la receptividad posible; con todo el deseo de que la carta hiciera por mí lo que usted deseaba que hiciera por todos nosotros. Sólo que, Fredi, estoy muy lejos, y no sé todo lo que sabe usted, y no merezco lo que merece usted. (…) Su experiencia, esa admirable experiencia que su carta cuenta como solamente un poeta puede hacerlo, es la experiencia que alcanza aquel que agotó plenamente los frutos previos (…) ¿Y qué somos nosotros, los que recibimos su carta, los destinatarios de su carta? No puedo hablar ni por Susana ni por los demás; sólo por mí, sólo por este saco de huesos que ama la vida y le sale al encuentro en su pequeña dimensión sudamericana, en su mínima dimensión de literatura y de arte y de amor y de tiempo (ídem, p. 315)
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Las diferencias entre este fragmento y los dos que veíamos más arriba son enormes; de hecho, un abismo las separa. Para empezar, el tono es completamente distinto: si antes veíamos a un Cortázar exultante y pagado de sí mismo, ensoberbecido, ahora nos encontramos ante un individuo discreto y humilde, fuertemente consciente de su pequeñez. De la anterior «minoría culta» se pasa ahora al «no merezco lo que merece usted». Pero no es solo la persona lo que ha caído de un pedestal; también sus circunstancias han sufrido el mismo descenso. Lo que antes era la viva expresión de la divinidad, la Belleza, se ha convertido de repente en una «mínima dimensión de literatura y de arte». ¿Qué ha ocurrido aquí?
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La clave está en la clase de experiencia vivida por Guthmann en la India: una experiencia auténticamente trascendente, por la cual el amigo de Cortázar conoció una dimensión de la realidad –la Realidad con mayúscula– que no sólo se situaba infinitamente por encima del mundo artístico y estético que para el autor de Presencia constituía la cima del espíritu humano, sino que además reducía el valor de ese mundo prácticamente hasta la vacuidad. El Arte y la Belleza idolatrados por Cortázar quedaban relegados al mismo rango de ilusión o irrealidad que podía tener cualquier «milicia» de las que nuestro escritor desdeñaba hasta entonces. La visión del mundo de Cortázar, su escala de valores, entraba así en crisis.
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Por lo que yo sé, los biógrafos de nuestro escritor no han valorado debidamente el alcance de esta debacle, si es que le han prestado alguna atención. La relación de Cortázar con Guthmann, la verdadera amistad que empieza a partir de enero del 51, nutriéndose primero de cartas y después de largas conversaciones en las noches de París, constituye una especie de punto muerto en la visión de los entendidos. Por contra, yo voy a insistirr en ello, repitiendo lo que ya traté en otra ocasión y ampliándolo, pues considero este asunto como un momento determinante en la trayectoria del escritor; para mí, aunque nos hallemos a siete años vista del comienzo de Rayuela, esta crisis inicia el camino que conduce hasta tal obra. Por consiguiente, se constituye también como el fermento del terreno en el que van a cobrar sentido las enseñanzas sobre arte de Gurdjieff. 
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En conversación con Ernesto González Bermejo, muchos años después, Cortázar parece confirmar el proceso que venimos describiendo, incluyendo una fúnebre validación de la hondura de su crisis:
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¿Cómo fue ese choque con Europa, con París?
Esos tres años en París, entre 1951 y 1953, son años catalizadores, años en que se da una especie de coagulación de mi experiencia precedente en Argentina. (…)
Es Rayuela; un gran exorcismo
El súper exorcismo; si yo no hubiera escrito Rayuela, probablemente me habría tirado al Sena
(E. González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, Barcelona, Edhasa, 1978, p. 12)
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Su realidad sobrepasa infinitamente la mía…
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Las revelaciones de Guthmann no fueron flor de un día; su onda expansiva se prolongó largo tiempo en el espíritu de Cortázar. En julio del mismo 1951, todavía desde Buenos Aires, le escribe a su amigo una carta que se mantiene en los mismos términos que la anterior; «comprendo de sobra –dice al principio– que su realidad de hoy sobrepasa infinitamente la mía». Nuestro escritor sigue instalado, pues, en el mismo sitio: muy por debajo. Y sus circunstancias, también; unas líneas más adelante vemos cómo palidece el antiguo ídolo, Keats, ante el fulgor del «plano trascendente» en que ahora habita Fredi:
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Seguro estoy, después de seis meses de trabajar noche a noche sobre los textos keatsianos, sobre mis recuerdos, sobre mis “iluminaciones”, que no tengo de la realidad más que una idea provisoria y lamentable como la tenía el mismo Keats (…) No importa, Fredi; mucho es ya saber que esa realidad está ahí, del otro lado. Quizá un día se rompan las compuertas, como se han roto en usted, que está andando por el camino largo (Cartas 1937-1954, ed. cit., p. 321)
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Poco después de esto, Cortázar viaja a París para establecerse ahí definitivamente. En la capital francesa va a coincidir con Guthmann, y durante unos meses seguirá recibiendo su poderoso influjo, ahora presencialmente. No sabemos el contenido concreto de las conversaciones que sostuvieron, pero nuevamente tenemos testimonio del efecto que produjeron en Cortázar. El 3 de marzo de 1952, exactamente un año y dos meses después de la primera carta, nuestro escritor muestra hasta qué punto sigue perturbándole lo que su amigo le transmite:
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Creo que estarás contento por mí si te digo que acabo de pasar una mala noche. Una de esas noches de revisión, de bilan, de preguntarse cosas, de ver qué pequeñas y mezquinas son las respuestas. No he ido más allá de eso, pero me da la medida de lo que fue nuestra conversación de anoche. No había palabras para decírtelo, pero a cada cosa que tú decías o me leías, yo notaba fríamente en mí la resistencia casi demoníaca de un orden ya cerrado, construido, que teme perder su comodidad y su rutina, y se subleva ante la palabra nueva, ante la Noticia. Ahora sé por qué esa hora y media de charla me ha fatigado tan terriblemente. La noche que acabo de pasar (con los sueños más increíbles) me da la justa medida del combate que lo Viejo y lo Nuevo han librado en mí. Hoy me siento como podría sentirse un campo de batalla: sucio, pisoteado, lleno de muertos y lamentaciones. Pero también sé que uno de mis dos ejércitos ha vencido. Sólo que no sé cuál. Realmente no lo sé, Fredi (ídem, pp. 355-356)
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A la vista del largo recorrido creativo que Cortázar desplegará a partir de este momento, resulta posible para nosotros solventar esas dudas que expresa en la carta. Por un lado, si bien Fredi, por efecto de su experiencia, abandonó definitivamente la escritura, Cortázar, por su parte, continuó entregándose plenamente y sin fisuras a su vocación. Quizá sea precisamente eso a lo que alude en su carta: lo viejo sería aquí, invirtiendo el orden propio de una mirada objetiva, tanto su vocación escritural como las formas modernas de arte, mientras que lo nuevo sería ese sistema de creencias con miles de años de antigüedad que él había conocido ahora con cierta profundidad por mediación de su amigo. Cortázar siguió escribiendo literatura, en efecto; pero ¿significa esto que finalmente venció «lo Viejo»?
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No necesariamente. Viendo cómo se transformó la escritura de Cortázar, los rumbos nuevos que siguió, más bien cabe deducir que «lo Nuevo» se convirtió para él en un nuevo horizonte al que dirigirse y que le impelía a transformar «lo Viejo» de un modo decisivo. Los primeros síntomas de esta nueva orientación se dieron muy pronto, en el mismo 1951, con la adquisición de lecturas con carácter metafísico. Ya en la misma carta de julio del 51 –aquella donde Cortázar hablaba de sus pálidas ‘iluminaciones’– podemos ver cómo es el mismo influjo de Guthmann lo que estimula inicialmente esas lecturas:
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Le agradezco sus deseos de que me informe de la literatura del budismo a través de Suzuki, y también de la obra de Chuang Tzu. (...) Sólo por pereza, por esa fidelidad ciega a lo occidental, me he abstenido de leer las obras de los místicos y los pensadores orientales; sé de sobra que hago mal.
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A la figura de Suzuki (que luego encontraremos mentada en Rayuela) se van a añadir otras del mismo estilo: Mircea Eliade, Roger Godel, Carl Gustav Jung… Unas lecturas que van a participar en ese cambio de rumbo que veremos primero plasmado en «El perseguidor», después en Los premios, y finalmente en la mayor obra de nuestro escritor.
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Pequeño manual del futuro neófito
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¿Cabría sumar aquí también las lecturas de Gurdjieff y de su discípulo Ouspensky? No hay ninguna constancia de ello. Suzuki, Eliade y Jung aparecen mencionados en la correspondencia del escritor, siempre en los años posteriores al 51; a su vez, el libro de Godel, adquirido por Cortázar en 1952, está conservado en la Biblioteca; otro autor de suma importancia para nosotros, Henry Corbin, también se halla representado en la Biblioteca, aunque con una obra adquirida bastante más tarde, en 1961. Por el contrario, ya sabemos que tanto Gurdjieff como Ouspensky no aparecen ni en la correspondencia, ni en la Biblioteca, ni en las obras publicadas. Su figura no aparece hasta 1963, con la mención del capítulo 65 de Rayuela.
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Así pues, Gurdjieff aparecerá mucho más tarde. No obstante, sin saberlo ni quererlo, anticipándose a esa lectura, Cortázar satisfacía con su crisis un importante requisito para acceder a las enseñanzas del maestro armenio. Fijémonos en lo que dice el Maestro de Danzas, en el capítulo 12 de los Fragmentos de Ouspensky, cuando le preguntan «¿Cómo se puede reconocer a las personas capaces de venir al trabajo?»:
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Para acercarse a esta enseñanza de forma seria es necesario haber estado anteriormente desilusionado, es necesario haber perdido toda confianza, ante todo en uno mismo, es decir, en las propias posibilidades, y, por otra parte, en todos los caminos conocidos. Un hombre no puede sentir lo más valioso de nuestras ideas si no ha sido desilusionado por todo lo que hacía y todo lo que buscaba. Si era un hombre de ciencia, es necesario que la ciencia lo haya desilusionado. Si era devoto, es necesario que la religión lo haya desilusionado. (...) Y así sucesivamente. Pero comprendan bien; digo, por ejemplo, que un devoto debe haber sido desilusionado por la religión. Esto no quiere decir que haya perdido la fe. Al contrario. Esto significa que ha debido ser “desilusionado” solamente por la enseñanza religiosa ordinaria y sus métodos. Entonces él comprende que la religión, tal como nos es dada ordinariamente, no basta para alimentar su fe y no lo puede llevar a ninguna parte (Fragmentos de una enseñanza desconocida, Madrid/Caracas, Gaia/Ganesha, 2012, p. 354)
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¿Acaso no encaja esto con la etapa cortazariana de crisis que hemos descrito más arriba y sus consecuencias? Una paráfrasis del parlamento de Gurdjieff nos ayudará a verlo de ese modo: antes de 1951 Cortázar era un literato, un convencido escritor, y la literatura le desilusionó; pero no perdió su fe, al contrario, sino que comprendió que la literatura, tal como se entendía en aquellos tiempos, no bastaba para saciar la sed de su espíritu. Podemos decir entonces que la crisis motivada por el influjo de Fredi Guthmann convirtió a Cortázar en una persona capaz de «ir al trabajo» que propugnaba el fundador del Cuarto Camino.
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