Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

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22 de noviembre de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (7, y final)

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La causa formal de Rayuela
3. El hallazgo

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En el capítulo 65 de Rayuela se menciona a un tal «Gurdjiaeff». No cabe duda de que este nombre remite en verdad a G. I. Gurdjieff, el maestro espiritual fundador del Cuarto Camino; sin embargo, Cortázar cometió ahí una errata deliberada –véase la primera entrega de esta serie– con el propósito de señalar directamente al capítulo 30 de los Relatos de Belcebú a su nieto, donde Gurdjieff habla precisamente del uso de errores deliberados en el arte para transmitir mensajes.
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Añadamos ahora una nueva consideración al respecto. A pesar de su evidente proximidad gráfica, que los hace casi idénticos, y a pesar de que el referente sea indudablemente el mismo individuo histórico, el apellido «Gurdjiaeff», desde un punto de vista meramente fáctico, no es lo mismo que el apellido «Gurdjieff». Lo cual nos permite decir algo que a primera vista parece una boutade: a saber, que el autor del Belcebú, en última instancia, no aparece en el libro de Cortázar. Y esta afirmación tan peregrina cobra cierta importancia, a la sazón, cuando consideramos lo que se dice en el capítulo 60 de Rayuela: que ciertos nombres «habían sido tachados con un trazo muy fino» en el propio texto de la obra, «como si fueran demasiado obvios para citarlos» (la cursiva es mía).
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1. Dos ausencias demasiado obvias
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Existen razones para pensar que Gurdjieff –teniendo en cuenta la triquiñuela que acabamos de señalar– sea un nombre expresamente escamoteado en Rayuela. Son las mismas razones, exactamente, que podemos aplicar para el caso de Henry Corbin, cuyo nombre tampoco aparece en el texto del libro, por más que se apunte inequívocamente al mismo, en el capítulo 71, con una remisión a «la tierra de Hurqalyâ». En este sentido, tanto «Gurdjiaeff» como «la tierra de Hurqalyâ» vendrían a ser las trazas textuales que dejó Morelli al tachar ‘finamente’ ambos nombres, las huellas de su borrado. Ambos autores son tratados con una misma compostura, porque ambos tienen un valor equivalente para nuestro escritor.

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¿Cuál es ese valor? ¿Cuáles son esas razones? ¿En qué sentido podemos considerar que Gurdjieff y Corbin, y en la misma medida, sean dos nombres «demasiado obvios» dentro del contexto de Rayuela? Toda respuesta radica en la premisa fundamental sostenida por la Teoría del Entusiasmo, según la cual Rayuela está concebida como un texto doble, con una cara manifiesta y otra oculta. Para concebir esta insólita estructura libresca, tan alejada de los cánones y los usos literarios de nuestra cultura occidental moderna, Cortázar se habría inspirado en los dos autores referidos, que con medios y lenguajes muy distintos describen y explican esa misma cuestión –la idea de una obra con doble contabilidad textual, exotérica/esotérica– dentro del marco de ciertas tradiciones religiosas. 
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Pero todo esto, seguirán ustedes preguntando, ¿qué tiene de «obvio» –incluso de «demasiado obvio»– en Rayuela? ¿Hasta qué punto podemos considerar «obvio» algo que absolutamente nadie, entre los miles de lectores y los cientos de críticos de la obra, habría percibido hasta hoy? Para nosotros está claro que la recepción común no ha comprendido el libro, todavía hoy, en su auténtica naturaleza dual; pero esto no es culpa de Cortázar. Para él, aunque sólo fuera mientras lo escribía, el carácter esotérico del libro era algo que, efectivamente, saltaba a la vista; no por nada se preocupaba de anunciarlo en mil formas distintas en la propia obra (véanse estos anuncios en la sección «Intercesores»). 
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Esta insistencia en anunciar la existencia de algo oculto es lo que, al parecer de Cortázar, convertía en obviable (aunque solo sea para un lector fuertemente interesado, como él mismo, en cuestiones metafísicas) toda referencia directa y explícita tanto a Corbin como a Gurdjieff, divulgadores de esas mismas estrategias artísticas o literarias. Corbin habla, en particular, de la tradición mística y visionaria del Islam; Gurdjieff, por su parte, no especifica a qué ámbito geográfico o cultural se refiere, pero su biografía permite suponer que debió contactar con la misma tradición de la que habla el autor francés. 
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2. Elementos para una datación
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No hay forma de saber cuándo leyó Cortázar por vez primera a Corbin y a Gurdjieff. Sin embargo, las piezas encajan tan sólo dentro de un esquema determinado. Por un lado, esa lectura tuvo que darse, por supuesto, antes de escribir Rayuela. Eso es perfectamente posible: los Beelzebub’s Tales aparecieron en 1950; a su vez, el Avicenne de Corbin, donde ya encontramos todo lo necesario para comprender el Ta’wîl islámico, fue publicado en 1954. También cabe pensar en el ejemplar del Terre Céleste de Corbin conservado en la Biblioteca Cortázar y leído de cabo a rabo por nuestro escritor, pero su fecha de adquisición, en 1961, nos lo sitúa cuando la escritura de Rayuela ya avanzaba a velocidad de crucero.
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Por el otro lado, podemos pensar que esas lecturas no se realizaron antes de 1958. Al ser tan grande su influencia sobre Rayuela, cabría pensar que en su momento tuvieron un fuerte impacto en el espíritu del autor; pero al no quedar constancia de ello, prácticamente nos queda como única posibilidad el considerar que ambas lecturas fueron muy seguidas en el tiempo, y que el proyecto de Rayuela surgió de ellas enseguida. De este modo, tal impacto se vería cifrado en la misma concepción del libro, lo cual nos situaría entre marzo de 1958, cuando el autor finaliza Los premios (aunque también pudo suceder mientras redactaba esta última obra), y el inicio de la escritura de Rayuela, a finales de ese mismo año. 
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Y esto explicaría asimismo la omisión de los dos nombres en cualquier documento relacionado con el proyecto. Ninguno de los dos autores aparece mentado ni en el Cuaderno de Bitácora ni en el Manuscrito de Austin; ambos pertenecen, desde el principio, a las estructuras ocultas de la obra que ellos mismos han inspirado. Tal como ya vimos en otro momento, el Cuaderno nos ofrece una cierta validación de esta idea cuando nos dice que “El mensaje fue esotérico desde un comienzo”.
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3. La idea fundamental
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...decidí consagrar mi integridad, a partir de entonces, a la creación de condiciones tales que permitiesen el funcionamiento de esta ‘Sagrada consciencia’ que todavía permanecía en su subconsciente...

Gurdjieff, Relatos de Belcebú a su nieto

Por lo que me toca, me pregunto si alguna vez conseguiré hacer sentir que el verdadero y único personaje que me interesa es el lector, en la medida en que algo de lo que escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo

Cortázar, Rayuela
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Un texto de naturaleza dual, con una cara manifiesta y una cara oculta, concebido para iniciar al lector a un nivel superior de la realidad: esta es la idea fundamental que Julio Cortázar extrae de Gurdjieff y de Corbin y que constituye la piedra basal para la escritura de Rayuela. Tal idea se halla presente en los pasajes sobre arte de los Relatos de Belcebú a su nieto, de Gurdjieff, y también en los múltiples capítulos de las obras de Corbin que tratan de la hermenéutica espiritual islámica, el Ta’wîl. 
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Por lo que se refiere a Corbin, ya hemos desarrollado en otros lugares cómo se manifiesta en él la idea fundamental (véase la sección «Un Ta’wîl poético»). Ahora traeré a colación únicamente el siguiente fragmento, extraído de La imaginación creadora, que nos permitirá establecer una rápida comparativa.
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Y éste es el ministerio del Imam, el «guía espiritual» (…) Su «magisterio» es un magisterio iniciático; la iniciación al ta’wîl es nacimiento espiritual (wilâdat rûhânîya). Porque aquí, como ocurre con todos aquellos que lo han practicado en el Cristianismo sin confundir el sentido espiritual con la alegoría, el ta’wîl permite el acceso a un mundo nuevo, a un plano superior del ser
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Y por fin acudimos al objeto de nuestra actual investigación: Gurdjieff. La misma idea fundamental aparece formulada en el Libro Segundo del Belcebú, en el capítulo 30, consagrado al arte:  
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»Personalmente, os propongo que para realizar esta transmisión [del verdadero saber a las generaciones futuras] nos sirvamos, por una parte, de las llamadas ‘Afalkalnas’ humanas, es decir, de diversas obras hechas por la mano del hombre (…)
»Si en las obras que he mencionado introducimos informaciones útiles, así como el verdadero saber al cual ya hemos llegado, podemos confiar en que todo ese material llegará a nuestros descendientes más lejanos, que algunos lo descifrarán y que los demás tendrán entonces la posibilidad de utilizarlo para su propio bien (…)
»Para servir de "clave", deberemos introducir en nuestras obras algo como un Legominismo [particularismo de Gurdjieff, sinónimo de iniciación], asegurándonos de que se transmitirá de generación en generación a través de un tipo particular de iniciados, a los que denominaremos "Iniciados en el arte" (Relatos de Belcebú a su nieto, Málaga, Sirio, 2001, pp. 376-378)
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¿Cómo no pensar, aquí, en esa frase del capítulo 79 de Rayuela, «Lo que el autor de esa novela haya logrado para sí mismo, se repetirá (agigantándose, quizá, y eso sería maravilloso) en el lector cómplice»? Este famoso «lector activo y cómplice» cortazariano no es sino un exponente de esos «iniciados en  arte» que postula Gurdjieff. A la sazón, el expediente que ese lector debe cumplimentar en Rayuela se corresponde con lo que se pide a su homólogo gurdjieffano:
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»En todas las obras que creemos intencionalmente según los principios de esta ley (…) insertaremos deliberadamente ciertas inexactitudes, también de acuerdo con leyes, y es en esas inexactitudes donde depositaremos, con los medios de que dispongamos, el contenido de uno u otro de los verdaderos conocimientos que posee el hombre en la actualidad (Belcebú, ed. cit., p. 378)
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Comparemos esto con la «nota pedantísima» de Morelli transcrita en el mismo cap. 79:
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Provocar, asumir un texto desaliñado, desanudado, incongruente, minuciosamente antinovelístico (…) la novela cómica (…) deberá transcurrir como esos sueños en los que al margen de un acaecer trivial presentimos una carga más grave que no siempre alcanzamos a desentrañar
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Gurdjieff hablaba de «Insertar deliberadamente ciertas inexactitudes»; ¿no es esta la lógica que subyace, en Rayuela, a la interposición de los «Capítulos prescindibles» entre los capítulos de la novela? El lado novela de Rayuela (capítulos 1 a 56) viene a constituir algo así como una ‘ley’ que todos conocen, mientras que los «Capítulos prescindibles» (57 a 155) vienen a interponerse en sus entrañas al modo de «inexactitudes» (Gurdjieff) o «incongruencias» (Cortázar) que debieran inducir al lector activo a realizar un salto hacia ese otro plano del ser en el cual se halla oculto el Rayuela insólito. Aunque ya sabemos: « ¿quién está dispuesto a desplazarse…?»
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La idea de sembrar el texto de Rayuela con pistas e indicios que apunten a la existencia del libro insólito, sin expresarlo nunca de un modo completamente directo y explícito, también tiene su modelo en las enseñanzas de Gurdjieff, esta vez a través de Ouspensky:
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»El conocimiento puro no se puede transmitir; pero si se expresa por medio de los símbolos, se encuentra cubierto como con un velo que, para los que desean verlo y saben cómo mirar, se vuelve transparente.
»En este sentido, se puede hablar de un simbolismo del lenguaje, aunque este simbolismo sea raramente comprendido. Pues aquí se trata de comprender el sentido interior de lo que se dice; esto sólo es posible a partir de un grado bastante elevado de desarrollo, y supone en el que oye un cierto estado y los esfuerzos correspondientes (…)
»[Un hombre] Debe comprender ante todo que no llegará jamás a la ciencia antes de haber hecho los esfuerzos necesarios, y que sólo su trabajo sobre sí mismo le permitirá alcanzar los que busca. Nadie le  podrá dar lo que no posea ya; nadie podrá realizar jamás en su lugar el trabajo que debe hacer para sí mismo. Todo lo que otro puede hacer por él es estimularlo a trabajar, y desde este punto de vista, el símbolo, comprendido debidamente, desempeña el papel de un estimulante con respecto a nuestra ciencia [Fragmentos.., ed. cit., pp. 413-415]
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Glosando este extracto, podemos decir que todo lo que Cortázar puede hacer por el lector activo de Rayuela es estimularlo a trabajar. Luego, a tal lector le corresponde hacer «los esfuerzos necesarios»: no sólo para buscar ese misterio que se oculta tras la fachada, sino también para descubrir previamente que ese misterio, en realidad, existe. 
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La doble posibilidad de lectura, la teoría de los dos lectores, o la visión del autor como shamán constituyen tres aspectos fundamentales del mayor libro de Cortázar que provienen directamente de su carácter esotérico. Este aspecto, sistemáticamente obviado por la visión común del libro, es en realidad lo más determinante de la mayor obra de Cortázar. Su piedra basal, sobre la cual descansan todas sus características formales. En síntesis: la lectura de Gurdjieff y de Corbin constituyó la causa formal de Rayuela.
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22 de octubre de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (6)

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La causa formal de Rayuela
2. La búsqueda
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A partir de 1950, inducido por su amigo Fredi Guthmann, Julio Cortázar emprende la búsqueda de una literatura con carácter trascendente; la primera señal de ello será una nueva clase de lecturas, y luego vendrá una creación con rasgos distintivos con respecto a su obra anterior.
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En esta segunda fase del proceso el nombre de Gurdjieff no aparece por ninguna parte, y nada hace pensar que Cortázar le tuviera entonces en mente. La nueva orientación, el nuevo léxico y los temas nuevos que aparecen en su obra pueden explicarse perfectamente tanto por el influjo directo de Guthmann como por las fuentes literarias que sí se encuentran documentadas (Suzuki, Eliade,etc.). Por el contrario, las novedades y diferencias plasmadas posteriormente en Rayuela, de un modo decisivo,  señalan al Maestro de Danzas.
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«El perseguidor» y Los premios
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Estoy encarnizado con un cuento que no acabo de escribir y que me está dando un trabajo terrible. Su tema es aparentemente muy sencillo: la vida –y sobre todo la muerte– de un músico de jazz. (…) Quiero presentarlo como un caso extremo de búsqueda, sin que se sepa exactamente en qué consiste esa búsqueda, pues el primero en no saberlo es él mismo. Ni qué decir que en cierto modo estoy haciendo una transferencia personal, y que mucho de lo que a mí me preocupa irá a la cuenta del personaje (Cartas 1955-1964, Buenos Aires, Alfaguara, 2012, pp. 67-68)
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«El perseguidor» fue iniciado en el último trimestre de 1955, tal como queda registrado en esta carta que el autor remitió a Jean Barnabé. Ha pasado más de un lustro desde que Cortázar leyera la carta remitida por Guthmann desde la India, pero el  autor de El examen continúa fuertemente afectado por las mismas inquietudes que su amigo sembrara entonces en su alma. De hecho, podemos pensar que tales inquietudes pasaron a constituir el núcleo principal de su actividad creadora: la relación ficticia entre Bruno (el narrador de la historia) y Johnny Carter (el jazzman carismático) es equivalente y proporcional a la que se había dado entre Julio y Fredi en la realidad. 
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Sin duda, esta «transferencia personal» de la que habla el autor en su carta debió ir más 'a la cuenta' de Bruno que a la de Johnny. El abismo gnoseológico existente entre el primero y el segundo –es decir, entre un ser atrapado en las coordenadas espacio-temporales propias de lo cotidiano, por un lado, y otro ser capaz de superarlas, por el otro– es un trasunto literario de la sima que se había abierto entre los dos amigos a raíz de la experiencia vivida por Guthmann en la India. Para nada es casual la similitud existente entre este primer fragmento, proveniente de una de las cartas a Fredi:
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Sí, cuánto quiero hablar con usted, cómo necesito medir desde mi ignorancia esa experiencia a la cual su alma está entregada. En el centro mismo de lo occidental, en París, su proximidad me será –no es una frase– preciosa. Ojalá nos veamos, lo deseo profundamente (Cartas 1937-1954, ed. cit., p. 336)
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con este otro, ubicado precisamente en París, y perteneciente a «El perseguidor»:
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Soy un crítico de jazz, lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos
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Los nuevos derroteros seguidos por la literatura cortazariana se definen, en primer lugar, por un doble desplazamiento, que modifica temas ya presentes en la obra anterior: por un lado, el ambiente fantástico y surrealista se desplaza hacia lo propiamente metafísico; por el otro, la percepción de una realidad multidimensional se centra mayormente en el tema de la salida del tiempo. En segundo lugar surge un nuevo aspecto: la imposibilidad de salirse del propio nivel perceptivo mediante el pensamiento y el lenguaje ordinarios.
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Un año y medio más tarde, en agosto de 1957, Cortázar empieza a escribir Los premios, que termina en abril del año siguiente. Uno de sus personajes, Persio, constituye un segundo caso de «perseguidor» cortazariano, en la misma línea del anterior. Bajo el signo de la continuidad, sus monólogos retoman los mismos temas y perspectivas que animaban el cuento de «El perseguidor»:
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El desarrollo en el tiempo (inevitable punto de vista, aberrante causación) sólo se concibe por obra de un empobrecedor encasillamiento eleático en antes, ahora y después, a veces cubierto de duración gálica o de influencia extratemporal de vaga justificación hipnótica (monólogo B)
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Más allá de esto, la nueva obra presenta también ciertas novedades: frente a la fluidez narrativa del cuento anterior, el relato principal de Los premios se ve repetidamente interrumpido por unos largos monólogos, proferidos precisamente por este tal Persio. El propio autor se siente obligado a justificarlo en la «Nota» con la que se despide el libro:
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Los soliloquios de Persio han perturbado a algunos amigos a quienes les gusta divertirse en línea recta. A su escándalo sólo puedo contestar que me fueron impuestos a lo largo del libro y en el orden en que aparecen, como una suerte de supervisión de lo que se iba urdiendo o desatando a bordo. Su lenguaje insinúa otra dimensión o, menos pedantescamente, apunta a otros blancos
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El autor parece haber llegado a la conclusión de que su literatura, si realmente aspira a adquirir alguna validez metafísica, debe ir más allá de la incorporación de una nueva temática, para romper además con los moldes formales preestablecidos. En consonancia con ello, en otro momento de la obra aparece un rechazo del arte consagrado por Occidente, a través de las siguientes confesiones de Paula, en las que probablemente tengamos otro eco de las antiguas conversaciones entre Cortázar y Guthmann:
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–Me está sucediendo algo bastante siniestro, Raulito, y es que cuanto mejor es el libro que leo, más me repugna. Quiero decir que su excelencia literaria me repugna, o sea que me repugna la literatura.
–Eso se arregla dejando de leer.
–No. Porque aquí y allá doy con algún libro que no se puede calificar de gran literatura, y que sin embargo no me da asco. Empiezo a sospechar por qué: porque el autor ha renunciado a los efectos, a la belleza formal (…) Creo que hay que poder marchar hacia un nuevo estilo, que si querés podemos seguir llamando literatura aunque sería más justo cambiarle el nombre por cualquier otro. Ese nuevo estilo sólo podría resultar de una nueva visión del mundo. Pero si un día se alcanza, qué estúpidas nos van a parecer estas novelas que hoy admiramos, llenas de trucos infames, de capítulos y subcapítulos con entradas y salidas bien calculadas...
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Aquí, la búsqueda de una visión más alta está ya indisolublemente asociada a la búsqueda, fuera de los paradigmas occidentales, de una escritura con mayor calidad de real. Nuestro escritor sigue teniendo en mente la enorme distancia que continúa separándole, como una herida abierta, de su amigo Fredi. Y las dos obras metafísicas que ha escrito hasta el momento, por lo visto, no han servido para superarlo.
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Rayuela: una nueva estrategia textual
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En cambio, ese abismo habrá desaparecido o, mejor dicho, Cortázar  habrá saltado al otro lado de la brecha en septiembre de 1963. El día 24 de ese mes le escribe estas líneas a Fredi (la cursiva es mía):
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Valía la pena escribir Rayuela para que alguien como tú me dijera lo que me has dicho. Ahora empezarán los filólogos y los retóricos, los clasificadores y los tasadores, pero nosotros estamos del otro lado, en ese territorio libre y salvaje donde la poesía es posible y nos llega como una flecha de abejas, como me llega tu carta y tu cariño
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La etapa de búsqueda de nuestro escritor culmina con Rayuela. Con esta obra, por efecto de un salto inaudito, nuestro escritor cree haber alcanzado la misma altura de miras que desde mucho antes detentaba su amigo. Ni «El perseguidor» ni Los premios tuvieron esa misma virtud; pero ¿cuál es el factor diferencial de la nueva obra, frente a las otras dos? Dicho de otro modo: ¿Qué es lo que faculta a Rayuela para superar los paradigmas literarios de su época, hasta adquirir un valor realmente trascendente?
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La respuesta habrá que buscarla en aquellos aspectos que la nueva obra presenta de un modo original. Los principales, según la visión común de la obra, serían la doble posibilidad de lectura, la teoría de los dos lectores, y, también, las características propias de la lectura salteada, a saber, fragmentariedad y discontinuidad. Pero si estos elementos llegan a tener algún valor metafisico es por su dependencia de otro rasgo, uno que solamente ha sido contemplado por la Teoría del Entusiasmo: una estrategia textual basada en la ocultación
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Aunque no se trata de una ocultación sin más, como si de un simple juego se tratase. Esta ocultación pretende convertir al lector en un auténtico perseguidor, e investir al autor como guía o chamán. En otras palabras, se trata de una ocultación con propósito iniciático: el lector debe buscar lo oculto para llegar a revivir cierto estado no ordinario de conciencia, previamente visitado por el autor. Para ilustrar esta cuestión, habida cuenta de los múltiples argumentos ya contemplados en este blog desde su inicio, bastarán ahora unos breves extractos de Rayuela
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[el autor, al lector,] le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento) (cap. 79)
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Lo que el autor de esa novela haya logrado para sí mismo, se repetirá  (agigantándose, quizá, y eso sería maravilloso) en el lector cómplice (cap. 79)
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Pero ¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse? (cap. 97)
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¿De dónde provino esta idea, insólita en la producción cortazariana, y ajena a las fuentes, ya fuesen metafísicas o literarias, de las que había bebido el autor hasta el momento? Tal como ya anunciamos anteriormente, Cortázar debió hallarla en el doble manantial de las obras de Gurdjieff y de Corbin, que a su vez describen cierta concepción del arte propia de antiguas religiones del continente asiático. Ambos autores aparecen mentados por primera vez, dentro de todo lo escrito por nuestro escritor, en el texto de su principal obra. Antes de Rayuela, Cortázar no trabajó en ningún momento con la idea de ocultación, ni mencionó tampoco en ningún momento a ninguno de esos dos autores; cabe deducir de ello que nuestro autor sacó de los mismos la idea de escribir un libro oculto e iniciático. Dicho de otro modo: ellos son la causa formal de Rayuela.
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22 de septiembre de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (5)

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La causa formal de Rayuela
1. La crisis
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«Es posible pensar durante mil años; es posible escribir bibliotecas enteras, inventar millones de teorías, y todo esto en el sueño, sin ninguna posibilidad de despertar. Por el contrario, estas teorías y estos libros escritos o inventados por dormidos simplemente tendrán como efecto arrastrar a otros hombres al sueño, y así sucesivamente»
Ouspensky, Fragmentos...
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Desde los eleatas hasta la fecha el pensamiento dialéctico ha tenido tiempo de sobra para darnos sus frutos. Los estamos comiendo, son deliciosos, hierven de radioactividad. Y al final del banquete, ¿por qué estamos tan tristes, hermanos de mil novecientos cincuenta y pico?
Cortázar, Rayuela
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Hasta finales de 1950, Julio Florencio Cortázar era un adorador de la diosa Belleza; por algo tenía a Keats y Mallarmé como principales referentes. Sus 36 años de vida habían transcurrido mayormente entre los libros que leía (innumerables) y los que escribía (poesía, teatro, cuento, novela), así como en la intensa fruición de la música, el cine o la pintura. Sus vivencias más hondas y estimulantes procedían casi siempre del ámbito artístico. En carta a Luis Gagliardi, en septiembre de 1939, comenta así las impresiones vividas en un concierto:
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Los helenos hablaban de la “manía”, de la comunicación del dios en el hombre a través del acto creador y de la inspiración que determinaba ese acto. Cada vez que yo, inclinándome sobre el antepecho del teatro, he mirado a un pianista o a un director en el acto mismo de recrear la música, he sentido como si algo de sagrado se transmitiera por ellos a mí. Dios no está sólo en las iglesias; y yo me atrevería a afirmar que Él prefiere por ministros a los grandes creadores de belleza (Cartas 1937-1954, Buenos Aires, Alfaguara, 2012 p. 59)
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Esta devoción suya por lo estético lo llevó a una concepción aristocrática y elitista de la existencia, tal como podemos ver en esta otra carta de 1940, dirigida ahora a Mercedes Arias (la cursiva, en el original):
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el hombre del siglo XX –como masa– sigue siendo exactamente tan imbécil y miserable como bajo los Césares y los Alejandros. [Pretendo] sostener que el cristianismo no ha servido para nada, y que nosotros, la minoría culta, alejada del dinero y la ambición, con fines sublimados (arte, poesía, Dios, qué sé yo) haríamos muy bien en permanecer alejados de toda milicia, de toda participación (íd., p. 91)
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Pero esta visión de las cosas sufrió un duro revés cuando un amigo suyo, Alfredo (Fredi) Guthmann, poeta y aventurero, al que nuestro escritor admiraba y respetaba, envió una carta desde la India.
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Me cuesta encontrar palabras…
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Guthmann acababa de tener una experiencia de iluminación tipo samadhi en el curso de una estadía con su esposa Natacha en el ashram de Ramana Maharshi. No se ha conservado el relato de esa experiencia, enviado en carta a una tal Susana Weil y dirigida al grupo de amigos en que se integraba Cortázar; pero sí tenemos la respuesta que éste último le remitió, y que marca el inicio de una relación muy estrecha entre ambos hombres. En esta misiva, fechada en enero de 1951, nuestro escritor le confiesa a su amigo la profunda impresión que le ha causado su relato:
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Me cuesta encontrar palabras para decirle lo que significó para mí su carta a Susana. Si puede creer algo de mí, es que la leí con toda la pureza y toda la receptividad posible; con todo el deseo de que la carta hiciera por mí lo que usted deseaba que hiciera por todos nosotros. Sólo que, Fredi, estoy muy lejos, y no sé todo lo que sabe usted, y no merezco lo que merece usted. (…) Su experiencia, esa admirable experiencia que su carta cuenta como solamente un poeta puede hacerlo, es la experiencia que alcanza aquel que agotó plenamente los frutos previos (…) ¿Y qué somos nosotros, los que recibimos su carta, los destinatarios de su carta? No puedo hablar ni por Susana ni por los demás; sólo por mí, sólo por este saco de huesos que ama la vida y le sale al encuentro en su pequeña dimensión sudamericana, en su mínima dimensión de literatura y de arte y de amor y de tiempo (ídem, p. 315)
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Las diferencias entre este fragmento y los dos que veíamos más arriba son enormes; de hecho, un abismo las separa. Para empezar, el tono es completamente distinto: si antes veíamos a un Cortázar exultante y pagado de sí mismo, ensoberbecido, ahora nos encontramos ante un individuo discreto y humilde, fuertemente consciente de su pequeñez. De la anterior «minoría culta» se pasa ahora al «no merezco lo que merece usted». Pero no es solo la persona lo que ha caído de un pedestal; también sus circunstancias han sufrido el mismo descenso. Lo que antes era la viva expresión de la divinidad, la Belleza, se ha convertido de repente en una «mínima dimensión de literatura y de arte». ¿Qué ha ocurrido aquí?
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La clave está en la clase de experiencia vivida por Guthmann en la India: una experiencia auténticamente trascendente, por la cual el amigo de Cortázar conoció una dimensión de la realidad –la Realidad con mayúscula– que no sólo se situaba infinitamente por encima del mundo artístico y estético que para el autor de Presencia constituía la cima del espíritu humano, sino que además reducía el valor de ese mundo prácticamente hasta la vacuidad. El Arte y la Belleza idolatrados por Cortázar quedaban relegados al mismo rango de ilusión o irrealidad que podía tener cualquier «milicia» de las que nuestro escritor desdeñaba hasta entonces. La visión del mundo de Cortázar, su escala de valores, entraba así en crisis.
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Por lo que yo sé, los biógrafos de nuestro escritor no han valorado debidamente el alcance de esta debacle, si es que le han prestado alguna atención. La relación de Cortázar con Guthmann, la verdadera amistad que empieza a partir de enero del 51, nutriéndose primero de cartas y después de largas conversaciones en las noches de París, constituye una especie de punto muerto en la visión de los entendidos. Por contra, yo voy a insistirr en ello, repitiendo lo que ya traté en otra ocasión y ampliándolo, pues considero este asunto como un momento determinante en la trayectoria del escritor; para mí, aunque nos hallemos a siete años vista del comienzo de Rayuela, esta crisis inicia el camino que conduce hasta tal obra. Por consiguiente, se constituye también como el fermento del terreno en el que van a cobrar sentido las enseñanzas sobre arte de Gurdjieff. 
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En conversación con Ernesto González Bermejo, muchos años después, Cortázar parece confirmar el proceso que venimos describiendo, incluyendo una fúnebre validación de la hondura de su crisis:
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¿Cómo fue ese choque con Europa, con París?
Esos tres años en París, entre 1951 y 1953, son años catalizadores, años en que se da una especie de coagulación de mi experiencia precedente en Argentina. (…)
Es Rayuela; un gran exorcismo
El súper exorcismo; si yo no hubiera escrito Rayuela, probablemente me habría tirado al Sena
(E. González Bermejo, Conversaciones con Cortázar, Barcelona, Edhasa, 1978, p. 12)
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Su realidad sobrepasa infinitamente la mía…
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Las revelaciones de Guthmann no fueron flor de un día; su onda expansiva se prolongó largo tiempo en el espíritu de Cortázar. En julio del mismo 1951, todavía desde Buenos Aires, le escribe a su amigo una carta que se mantiene en los mismos términos que la anterior; «comprendo de sobra –dice al principio– que su realidad de hoy sobrepasa infinitamente la mía». Nuestro escritor sigue instalado, pues, en el mismo sitio: muy por debajo. Y sus circunstancias, también; unas líneas más adelante vemos cómo palidece el antiguo ídolo, Keats, ante el fulgor del «plano trascendente» en que ahora habita Fredi:
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Seguro estoy, después de seis meses de trabajar noche a noche sobre los textos keatsianos, sobre mis recuerdos, sobre mis “iluminaciones”, que no tengo de la realidad más que una idea provisoria y lamentable como la tenía el mismo Keats (…) No importa, Fredi; mucho es ya saber que esa realidad está ahí, del otro lado. Quizá un día se rompan las compuertas, como se han roto en usted, que está andando por el camino largo (Cartas 1937-1954, ed. cit., p. 321)
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Poco después de esto, Cortázar viaja a París para establecerse ahí definitivamente. En la capital francesa va a coincidir con Guthmann, y durante unos meses seguirá recibiendo su poderoso influjo, ahora presencialmente. No sabemos el contenido concreto de las conversaciones que sostuvieron, pero nuevamente tenemos testimonio del efecto que produjeron en Cortázar. El 3 de marzo de 1952, exactamente un año y dos meses después de la primera carta, nuestro escritor muestra hasta qué punto sigue perturbándole lo que su amigo le transmite:
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Creo que estarás contento por mí si te digo que acabo de pasar una mala noche. Una de esas noches de revisión, de bilan, de preguntarse cosas, de ver qué pequeñas y mezquinas son las respuestas. No he ido más allá de eso, pero me da la medida de lo que fue nuestra conversación de anoche. No había palabras para decírtelo, pero a cada cosa que tú decías o me leías, yo notaba fríamente en mí la resistencia casi demoníaca de un orden ya cerrado, construido, que teme perder su comodidad y su rutina, y se subleva ante la palabra nueva, ante la Noticia. Ahora sé por qué esa hora y media de charla me ha fatigado tan terriblemente. La noche que acabo de pasar (con los sueños más increíbles) me da la justa medida del combate que lo Viejo y lo Nuevo han librado en mí. Hoy me siento como podría sentirse un campo de batalla: sucio, pisoteado, lleno de muertos y lamentaciones. Pero también sé que uno de mis dos ejércitos ha vencido. Sólo que no sé cuál. Realmente no lo sé, Fredi (ídem, pp. 355-356)
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A la vista del largo recorrido creativo que Cortázar desplegará a partir de este momento, resulta posible para nosotros solventar esas dudas que expresa en la carta. Por un lado, si bien Fredi, por efecto de su experiencia, abandonó definitivamente la escritura, Cortázar, por su parte, continuó entregándose plenamente y sin fisuras a su vocación. Quizá sea precisamente eso a lo que alude en su carta: lo viejo sería aquí, invirtiendo el orden propio de una mirada objetiva, tanto su vocación escritural como las formas modernas de arte, mientras que lo nuevo sería ese sistema de creencias con miles de años de antigüedad que él había conocido ahora con cierta profundidad por mediación de su amigo. Cortázar siguió escribiendo literatura, en efecto; pero ¿significa esto que finalmente venció «lo Viejo»?
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No necesariamente. Viendo cómo se transformó la escritura de Cortázar, los rumbos nuevos que siguió, más bien cabe deducir que «lo Nuevo» se convirtió para él en un nuevo horizonte al que dirigirse y que le impelía a transformar «lo Viejo» de un modo decisivo. Los primeros síntomas de esta nueva orientación se dieron muy pronto, en el mismo 1951, con la adquisición de lecturas con carácter metafísico. Ya en la misma carta de julio del 51 –aquella donde Cortázar hablaba de sus pálidas ‘iluminaciones’– podemos ver cómo es el mismo influjo de Guthmann lo que estimula inicialmente esas lecturas:
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Le agradezco sus deseos de que me informe de la literatura del budismo a través de Suzuki, y también de la obra de Chuang Tzu. (...) Sólo por pereza, por esa fidelidad ciega a lo occidental, me he abstenido de leer las obras de los místicos y los pensadores orientales; sé de sobra que hago mal.
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A la figura de Suzuki (que luego encontraremos mentada en Rayuela) se van a añadir otras del mismo estilo: Mircea Eliade, Roger Godel, Carl Gustav Jung… Unas lecturas que van a participar en ese cambio de rumbo que veremos primero plasmado en «El perseguidor», después en Los premios, y finalmente en la mayor obra de nuestro escritor.
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Pequeño manual del futuro neófito
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¿Cabría sumar aquí también las lecturas de Gurdjieff y de su discípulo Ouspensky? No hay ninguna constancia de ello. Suzuki, Eliade y Jung aparecen mencionados en la correspondencia del escritor, siempre en los años posteriores al 51; a su vez, el libro de Godel, adquirido por Cortázar en 1952, está conservado en la Biblioteca; otro autor de suma importancia para nosotros, Henry Corbin, también se halla representado en la Biblioteca, aunque con una obra adquirida bastante más tarde, en 1961. Por el contrario, ya sabemos que tanto Gurdjieff como Ouspensky no aparecen ni en la correspondencia, ni en la Biblioteca, ni en las obras publicadas. Su figura no aparece hasta 1963, con la mención del capítulo 65 de Rayuela.
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Así pues, Gurdjieff aparecerá mucho más tarde. No obstante, sin saberlo ni quererlo, anticipándose a esa lectura, Cortázar satisfacía con su crisis un importante requisito para acceder a las enseñanzas del maestro armenio. Fijémonos en lo que dice el Maestro de Danzas, en el capítulo 12 de los Fragmentos de Ouspensky, cuando le preguntan «¿Cómo se puede reconocer a las personas capaces de venir al trabajo?»:
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Para acercarse a esta enseñanza de forma seria es necesario haber estado anteriormente desilusionado, es necesario haber perdido toda confianza, ante todo en uno mismo, es decir, en las propias posibilidades, y, por otra parte, en todos los caminos conocidos. Un hombre no puede sentir lo más valioso de nuestras ideas si no ha sido desilusionado por todo lo que hacía y todo lo que buscaba. Si era un hombre de ciencia, es necesario que la ciencia lo haya desilusionado. Si era devoto, es necesario que la religión lo haya desilusionado. (...) Y así sucesivamente. Pero comprendan bien; digo, por ejemplo, que un devoto debe haber sido desilusionado por la religión. Esto no quiere decir que haya perdido la fe. Al contrario. Esto significa que ha debido ser “desilusionado” solamente por la enseñanza religiosa ordinaria y sus métodos. Entonces él comprende que la religión, tal como nos es dada ordinariamente, no basta para alimentar su fe y no lo puede llevar a ninguna parte (Fragmentos de una enseñanza desconocida, Madrid/Caracas, Gaia/Ganesha, 2012, p. 354)
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¿Acaso no encaja esto con la etapa cortazariana de crisis que hemos descrito más arriba y sus consecuencias? Una paráfrasis del parlamento de Gurdjieff nos ayudará a verlo de ese modo: antes de 1951 Cortázar era un literato, un convencido escritor, y la literatura le desilusionó; pero no perdió su fe, al contrario, sino que comprendió que la literatura, tal como se entendía en aquellos tiempos, no bastaba para saciar la sed de su espíritu. Podemos decir entonces que la crisis motivada por el influjo de Fredi Guthmann convirtió a Cortázar en una persona capaz de «ir al trabajo» que propugnaba el fundador del Cuarto Camino.
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