Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

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8 de junio de 2026

Los tres grandes secretos de Rayuela

 

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Introducción

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Si oídas melodías son dulces,

mas lo son las no oídas;

sonad por eso, tiernas zampoñas,

no para los sentidos, sino más exquisitas,

tocad para el espíritu canciones silenciosas


John Keats, «A una urna griega»

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Voy a exponer hoy los principales componentes de la cara oculta de Rayuela, como nunca se ha hecho hasta ahora. Esto es: al completo, y ordenados de menor a mayor, según la concepción original de Cortázar. Se trata, en particular, de tres elementos complejos –tres conglomerados, podríamos decir– que el escritor argentino escondió en el trasfondo oculto de su libro, como si fueran acertijos, enigmas o adivinanzas, de los que el lector activo debía, primeramente, percatarse de su existencia, para ponerse después a buscarlos, y finalmente aprehenderlos, si se daba el caso, en su justa y debida dimensión. Así lo expresó el autor en el capítulo 79 de su libro (las cursivas son mías):

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le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento)

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Por cuanto Cortázar no solamente los ocultó en su momento, sino que además no se refirió abiertamente a ninguno de ellos (de forma indirecta sí, y en el caso del tercero, con abundancia) ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación, cabe tildarlos entonces, propiamente, de secretos. Bajo tal condición cumplen un cometido muy preciso dentro de la economía de sentido del libro, sometiéndose a lo que constituye su propósito principal: llevar al lector activo y cómplice a un cambio de nivel de conciencia. A un état second, como diría el propio Cortázar. O a una ruptura de nivel, como diría Mircea Eliade.

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De ahí viene, precisamente, que el autor argentino declarase en el capítulo 97, con respecto al lector activo, que «algo de lo que escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo». Entre los tres secretos mencionados y ese propósito final hay una relación de causa-efecto: las implicaciones cognitivas y emocionales asociadas con el apercibimiento, la búsqueda y el final hallazgo de los elementos ocultos constituían –de hecho, constituyen todavía, como veremos– las condiciones de posibilidad de ese sismo cognitivo que Cortázar quería provocar en su lector. Y así, la particular disposición de esos elementos, ordenados de menor a mayor, viene a construir una escalera con tres peldaños que conducen directamente hasta otro nivel de la realidad.

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Huelga decir que la visión común del libro no ha comprendido aún –o lo ha hecho muy deficitariamente– el propósito principal del libro; esto se debe, principalmente, a que ni tan solo ha cumplimentado la fase inicial del recorrido, es decir, la mera advertencia de la existencia de lo oculto. Se trata de una extraña ceguera, tanto más inexplicable por cuanto ninguno de esos elementos, a día de hoy, continúa como secreto. En efecto, todos ellos han sido señalados y discutidos abiertamente, y desde hace ya tiempo: el primero de ellos, desde un remoto 1986; el segundo, desde un antiguo 2003; y el tercero, desde un ya menos lejano 2010. Los dos primeros fueron plenamente desvelados; el tercero, por su parte, solamente ha sido apuntado, sin llegar a desvelar lo más esencial, con lo cual permanece abierta la posibilidad, como quería Cortázar, de que lectores venideros puedan descubrirlo por sí mismos.

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Así pues, procedo a exponer los tres secretos. Y lo haré de una manera sucinta, limitándome a señalar únicamente las principales circunstancias que los hacen reconocibles; no es necesario más, pues en este mismo blog ya se le ha dedicado a cada uno de ellos –sobre todo al tercero– una amplia y profunda atención. El lector que quiera ahondar más en cualquier aspecto del asunto puede luego navegar por este mismo blog, guiándose por el Índice de artículos, el Archivo y las Palabras clave.

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Primer secreto: la reescritura de Galdós

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En 1986, apenas dos años después de la muerte de Cortázar, apareció un sorprendente artículo en los Anales Galdosianos titulado «Cgoarltdaozsar: el Galdós intercalado en Cortázar de Rayuela». Lo firmaba un tal Randolph F. Pope, un galdosista norteamericano. El hecho de que fuera un galdosista puede quizás explicar por qué los cortazaristas le han hecho tan poco caso: seguramente no debió gustarles que un extraño, a la sazón advenedizo, descubriera en Rayuela algo tan sumamente notable, que ellos no habían logrado detectar.

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La cosa parte del capítulo 34 de Rayuela: recordemos que ahí nos encontramos con una particular disposición de las líneas, con las impares reproduciendo el inicio de un texto de Benito Pérez Galdós, y las pares transcribiendo el monólogo interior de Horacio mientras lee dicho texto. Por lo visto, Pope fue el primero a quien se le ocurrió ir más allá del marco del propio capítulo 34, para ponerse a comparar el texto entero de esa novela de Galdós en particular –Lo prohibido– con el texto entero del primer libro de Rayuela. Y lo que halló fue una más que notable cantidad de similitudes, paralelismos, analogías y coincidencias entre ambas obras: unas semejanzas (este sería el término de conjunto) que conciernen a distintos niveles de ambas obras, empezando por la entera estructura argumental, pasando por la precisa caracterización de ciertos personajes, y hasta llegar a algunas situaciones muy concretas. Veamos solamente unos pocos ejemplos.

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En lo referente a las estructuras, ambas obras se dividen en dos partes: en la primera, el protagonista –un varón de cuarenta años– sostiene una relación amorosa con una mujer, que al final desaparece; en la segunda parte, se siente atraído por una segunda mujer, que le recuerda poderosamente a la primera, hasta el punto de confundirlas a ratos.

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En cuanto a semejanzas de detalle, comprobamos que algunas de las situaciones que parecieran más idiosincráticas de Rayuela y de la imaginación cortazariana tienen en realidad su precedente en la novela de Galdós. Por ejemplo, el juego de encuentros fortuitos entre Horacio y la Maga por las calles de París es un remedo de un juego homologable entre José María, el protagonista de Lo prohibido, y la segunda mujer, Camila, por las calles de Madrid. O también, la amarga muerte de Rocamadour en Rayuela, producida en el contexto de una reunión, y mantenida en secreto por los asistentes, y que está inspirada en la final agonía del marido de Eloísa, producida en el transcurso de la cena-tertulia que se celebra cada jueves en su casa.

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Curiosamente, pese a establecer una gran cantidad de paralelismos, Pope dejó de percibir la que quizá sea la semejanza más flagrante de todas: muchos años más tarde –en 2010–, una investigadora llamada María Ángel Pardo publicó un artículo titulado «Galdós y Cortázar enderezando clavos», en el cual señala para ambas obras una misma acción (el arreglo de unos clavos torcidos), descrita con un mismo verbo («enderezar»), localizada en un mismo contexto (con la segunda mujer atrapada entre su marido y el protagonista), y ubicada en el mismo momento estructural del relato (a principios de la segunda parte).

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Con estos pocos datos basta: para abundar más en las semejanzas entre Lo prohibido y Rayuela remito al lector a los artículos citados de Pope y de Pardo, junto con la entrada de mi blog fechada en diciembre de 2010 y titulada «El affaire Galdós». Lo único que nos importa ahora de todo el asunto son los dos puntos siguientes, y su corolario:

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Primero: que la relación entre ambas obras es incontestable. El término no es exagerado: ahí están no solamente las semejanzas señaladas por Pope y Pardo, demasiado abundantes y concluyentes como para negarlas, sino también el punto de partida para ambos, el capítulo 34 de Rayuela, con esa intercalación de líneas que actúa como indicio, pista o señal de lo que ocurre, simultáneamente, a un nivel más amplio.

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Y segundo: que Cortázar no dijo abiertamente nada, con respecto a dicha relación, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Y no se puede decir que no tuviera ocasión para ello. Se trata, por lo tanto, de un sigilo deliberado y consciente, sostenido perpetuamente para preservar la condición oculta del asunto.

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Corolario: la reescritura de Lo prohibido en el primer libro de Rayuela (pues de eso se trata, de una reescritura, aunque ni Pope ni Pardo llegaran nunca a utilizar este término) es uno de los grandes secretos de Rayuela. El primero –y el menor– de sus secretos.

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Segundo secreto: la reescritura de Novalis

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En el año 2003 apareció en los Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 634, un artículo titulado «El otro autor de Rayuela», firmado por un tal Pere Canal Vila, advenedizo como Pope, pero con aún menos referencias. En ese escrito de apenas seis páginas, el autor señalaba una más que notable cantidad de similitudes, paralelismos, analogías y coincidencias entre el segundo libro de Rayuela y diversos aspectos de la obra del escritor alemán Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis. Se trataba nuevamente, pues, de un gran conjunto de semejanzas entre el libro de Cortázar y una obra preexistente, y que nuevamente concernían a distintos niveles de ambas obras; pero ahora con un alcance mucho mayor que en el caso de Galdós, pues la conexión implica la totalidad de Rayuela, y no solamente al primer libro.

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La sorprendente tesis desplegada por Canal tuvo aún menos repercusión que la ofrecida por Pope, y seguramente por las mismas razones. Con todo, algunos años más tarde –en 2009– el propio investigador catalán amplió sus indagaciones, reafirmando su tesis original, y aportando nuevos datos y perspectivas que le conferían aún mayor solidez; el resultado de ese trabajo, con su amplio despliegue de datos, fue divulgado en este mismo blog en julio de 2024, en una serie de nueve entregas titulada «La conexión Rayuela/Novalis».

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Tal como señala Canal, la relación entre Rayuela y Hardenberg, como en el caso de Galdós, consiste también en una reescritura; pero hay diferencias significativas entre ambos casos, que van más allá del distinto alcance textual. Para empezar, cabe decir que la reescritura de Galdós es una reescritura reactiva; es decir, que Cortázar toma al escritor español como modelo negativo, para invertir una concepción literaria que detesta; en cambio, la reescritura de Novalis es adherente, es decir, que denota una profunda afinidad y un reconocimiento positivo del escritor alemán y de su obra por parte de Cortázar. Otra gran diferencia es que esta otra reescritura no implica únicamente dos obras, como en el caso de Lo prohibido, sino que incluye diversos aspectos del corpus novalisiano. Concretamente, los cuatro siguientes:

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1) El Ofterdingen. El componente novelesco de Rayuela es una reescritura de la más célebre novela de Novalis, titulada Heinrich von Ofterdingen. Las semejanzas entre ambos argumentos, como en el caso de Galdós, atañen a diversos niveles de ambas obras, desde la estructura argumental general (que viene a ser nuevamente la misma: dos partes, etc.), pasando por la caracterización de algunos personajes (sobre todo la de los dos varones protagonistas, que además comparten las mismas iniciales, H. y O.), para llegar también a situaciones muy concretas (nuevamente, la percepción de que la segunda mujer sea una reencarnación de la primera), a todo lo cual cabe añadir también el carácter inacabado de las dos obras (el bucle final de Rayuela, entre los capítulos 131 y 58, es el modo cortazariano de dejar inacabado su libro, tal como sucede, por otras razones, con el Ofterdingen). Se desprende de aquí, lógicamente, que Cortázar captó las semejanzas entre Lo prohibido y el Ofterdingen, y que concibió la novela que hay en Rayuela como una reescritura de ambos libros a la vez.

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2) La reacción al Wilhelm Meister. Si Cortázar reescribe Lo prohibido de Galdós en Rayuela, y con signo reactivo, es porque previamente Novalis reescribió el Meister de Goethe, también con signo reactivo, en el Ofterdingen. En el contexto del primer libro de Rayuela, la reescritura reactiva de Lo prohibido es un hecho autónomo, pero en el contexto del segundo libro queda enmarcado en la reescritura más amplia de Novalis. Dicho de otro modo: el escritor argentino reescribe a Galdós porque está reescribiendo a Novalis. Se trata de una regla de tres, en la que quedan implicados los cuatro escritores con sus respectivas cuatro obras: el Meister de Goethe es al Ofterdingen de Novalis lo que Lo prohibido de Galdós es a Rayuela de Cortázar.

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3) Los Fragmente literarios. Los «capítulos prescindibles» de Rayuela en que se expone la teoría literaria de Morelli (es decir, la teoría literaria de la que emerge, precisamente, el propio libro de Rayuela) son una reescritura de los célebres Fragmente de Novalis, en los cuales –en un subconjunto de los mismos– se expone la teoría literaria del escritor alemán (de la cual emerge, precisamente, el Ofterdingen). Tal como señala Canal, las morellianas y los Fragmente novalisianos referidos a la teoría literaria comparten diversas características: una misma forma fragmentaria; una misma poética; un mismo carácter programático; y finalmente, también una misma recopilación y ordenamiento póstumos por parte de amigos de uno y otro escritor.

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Y 4) La Enzyklopädie. Los «capítulos prescindibles» de Rayuela formados por citas de otros autores o por artículos sacados de periódicos y revistas, así como el vasto conjunto de referencias a todo tipo de personajes, obras o acontecimientos que pueblan el texto entero del libro, son una reescritura de otro subconjunto de los Fragmente del escritor alemán, a saber, el relacionado con su proyecto de una enciclopedia. Cortázar tomó este proyecto y lo reescribió bajo el mismo principio polar de la simpatía implementado por Novalis; y así, por un lado está el polo «romántico» (para Novalis) o «antropofánico» (para Cortázar), con los ítems que serían afines a ambos autores; y por el otro el polo «clásico» (para Novalis) o de la «Gran Costumbre» (para Cortázar), con los ítems que ambos rechazarían, con Goethe y Galdós a la cabeza.

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También aquí, junto a las semejanzas, hay un indicio, una señal específica por parte de Cortázar, dentro de Rayuela, que corrobora la cuestión, tal como sucedía con el capítulo 34 para el caso de Galdós: se trata del capítulo 60, donde se da a entender que en Rayuela falta un nombre, cuya mención explícita se hace innecesaria por cuanto sería «demasiado obvio como para citarlo». Novalis es sin duda alguna el mejor candidato posible para ocupar esa plaza, por delante de cualquier otra posibilidad, tal como tanto su nombre como el de cualquiera de sus obras están ausentes –«escamoteados», como dice Canal– del texto de Rayuela, y tal como su «obviedad» está asegurada por las cuatro grandes semejanzas arriba expuestas. Pero en esta ocasión hay además otra confirmación por parte de Cortázar, ahora fuera de Rayuela: el fragmento titulado «Morelliana siempre», incluido en La Vuelta al día en ochenta mundos, y donde Cortázar manifiesta –indirectamente, metafóricamente, alusivamente– su profundo acknowledgement con respecto a Novalis.

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En todo caso: lo que más nos importa ahora son los dos puntos siguientes, y su corolario:

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Primero: que la relación entre ambos corpus textuales es incontestable. No solamente están las semejanzas señaladas por Canal, demasiado abundantes y concluyentes como para negarlas: ahí están, además, el capítulo 60 de Rayuela, y la morelliana de La vuelta…

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Y segundo: que Cortázar no dijo abiertamente nada con respecto a la cuestión, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Nuevamente, un sigilo deliberado y consciente, sostenido  para preservar perpetuamente la condición oculta del asunto.

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Corolario: la reescritura de Novalis en el segundo libro de Rayuela es otro de los grandes secretos de Rayuela. El segundo.

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Tercer secreto: el libro oculto

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El 8 de junio de 2010 –es decir, hace exactamente dieciséis años–, un tercer advenedizo para añadir a la lista, llamado Jorge Fraga –un servidor– colgó la primera entrada de este blog, la Teoría del Entusiasmo, consagrado enteramente a la cara oculta de Rayuela, y principalmente al tercero de sus secretos: a saber, el libro oculto. Es esta caso no se trata ya de ninguna reescritura, sino de un auténtico original –¡un inédito!– de Cortázar.

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Asimismo, en esta ocasión las características cognitivas son muy distintas de los dos casos anteriores. Para decirlo de algún modo, si los dos primeros secretos de Rayuela tienen la condición de enigmas, el tercero constituye más bien un misterio, con un carácter singular que cabe tildar, sin reparos, de paranormal. El tercer peldaño hacia el état second es sin duda el más insólito y audaz de todos, y constituye a la sazón el sistema de auto-validación que permite corroborar que se ha llegado al destino: y es que si uno es capaz de leer el libro oculto es porque ya se ha mutado, desplazado, extrañado, enajenado, tal como quería Cortázar.

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Pero dejemos que sea el propio Cortázar quien nos introduzca debidamente a este nuevo elemento. El 30 de mayo de 1960 nuestro hombre escribía lo siguiente en una carta a Jean Barnabé:

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Esto [es decir, Rayuela] ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio «visto» por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio... y sale distinto

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Prácticamente la misma idea aparece plasmada también en el Manuscrito de Austin, de este otro modo:

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Eso [nuevamente, Rayuela] va mucho más / allá de los trucos a la manera de [un] Wilkie Collins en The Moonstone, porque lo que Morelli quiere decir, me parece, es que se trata de una sola y única escena, que hay que componer como las tricromías, superponiendo las planchas y los colores

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¿Por qué razón compara Cortázar Rayuela con La piedra lunar? ¿Por dónde, de qué modo, en qué sentido se repite en Rayuela el relato de un único episodio, tal como sucede, en efecto, en la hermosa novela de Wilkie Collins? Aparentemente, esta aserción no tiene ningún sentido: como cualquier lector de Rayuela sabe, la peripecia de Horacio por París y Buenos Aires sigue la secuencia cronológica normal, hasta el final, sin que aparezca por ahí repetición alguna.

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Lo que ocurre es que Cortázar, de forma excepcional, no está hablando aquí del libro manifiesto de Rayuela, sino del libro oculto. Se trata de un libro completamente distinto, que se esconde por detrás y a través de la peripecia de Horacio Oliveira, y que está estructurado, como La piedra lunar, en la forma de una repetición diversa de un único episodio: de una sola y única escena, a la que Cortázar define, en esa misma carta a Barnabé, como «una locura». Dicho de otro modo: la suite de Horacio por París y Buenos Aires es en realidad una vasta, compleja y asombrosa metáfora, que en el fondo trata sobre una insólita experiencia que le aconteció al escritor argentino en su vida real, y que él relata subrepticiamente en la forma de un tema con variaciones (aunque sin el tema).

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La carta a Bernabé y el apunte del Manuscrito fueron escritos cuando Cortázar aún estaba midiendo qué decir y qué no con respecto al proyecto literario que había concebido: un libro con elementos ocultos, con secretos, que cierto tipo de lector iba a tener que buscar y encontrar, para llegar a experimentar un état second. Los paratextos del libro (el Manuscrito de Austin y el Cuaderno de Bitácora) permiten comprobar que el escritor terminó borrando (cfr., en este blog, la sección «Borrados») ciertas declaraciones que le parecieron demasiado explícitas y directas acerca de los elementos ocultos, y que finalmente se inclinó por una reserva que casi podría calificarse de hermetismo. La mención a Collins fue precisamente uno de esos borrados.

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De este modo, lo único que dejó Cortázar en la versión definitiva de Rayuela para indicar la existencia del libro oculto fueron los intercesores. Se trata de los numerosos indicios, pistas, señales o adivinanzas que el escritor distribuyó por todo el texto (y en sus paratextos, y en las cartas, y en obras posteriores) y que apuntan, cada uno por separado y todos ellos en conjunto, a la existencia de lo que se esconde bajo la superficie. Por ejemplo, lo que escribió en el capítulo 97:

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Allí donde debería haber una despedida hay un dibujo en la pared; en vez de un grito, una caña de pescar; una muerte se resuelve en un trío para mandolinas. Y eso es despedida, grito y muerte, pero, ¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?

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O lo que proclamó en el cap. 109:

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El libro debía ser como esos dibujos que proponen los psicólogos de la Gestalt, y así ciertas líneas inducirían al observador a trazar imaginativamente las que cerraban la figura. Pero a veces las líneas ausentes eran las más importantes, las únicas que realmente contaban

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O lo que declaró en el cap. 79 del Manuscrito:

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Escribir las antinovelas que empiecen por iluminar a quien escribe, y después al lector capaz de saltar de la flaca anécdota a las aguas primordiales, donde lo esperan nuevos ojos, nuevas manos y nuevos amores

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Ahí van tres. Díganme: ¿cuántos más de estos intercesores considerarían ustedes necesarios, repitiendo una y otra vez la misma idea, para que el lector activo llegara a percibir el mensaje? ¿Cinco intercesores? Cinco quizá sean pocos. ¿Diez? Diez ya parecen bastantes. ¿Veinte? Esta cifra tendría sin duda un potente valor probatorio, ¿no les parece? Por mi parte, un día me propuse hacer el inventario exhaustivo de todos los intercesores existentes, y llegué a contar... hasta setenta y cinco.

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¡75 intercesores! ¡75 indicios apuntando hacia el libro oculto! 50 de ellos solamente en Rayuela, y los otros 25 repartidos entre el Manuscrito, el Cuaderno, la correspondencia, La vuelta al día… y, también, el relato Los pasos en las huellas. Usted puede consultar el conjunto de los 75, si lo desea, en la entrada titulada «Intercesores, segunda recapitulación», colgada el 1 de abril de 2017. Aunque ahí no están todos; al llegar a esa cifra desistí de mi propósito, y dejé otros muchos intercesores en el tintero, para uso y disfrute de los lectores venideros.

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En todo caso: lo que ahora nos importa son los dos puntos de rigor, con su correspondiente corolario:

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Primero: que los intercesores son una prueba prácticamente incontestable de la existencia del libro oculto. En este caso se asume que no es incontestable del todo, pues si el secreto no se debe desvelar del todo, tampoco se puede demostrar del todo. No obstante, para compensar, a ello le agrego mi propia experiencia de lectura, con un claro valor testimonial: en efecto, yo he leído Rayuela como el relato repetido de una peculiar situación experimentada por Cortázar. Y aunque eso se dio con mi imaginación encendida, como tenía que ser, por el entusiasmo, no fue sin embargo ninguna entelequia; en este sentido, los intercesores y mi experiencia de lectura se apoyan y se confirman mutuamente.

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Y segundo: que  Cortázar, por supuesto, no dijo abiertamente nada, con respecto al libro oculto de Rayuela, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Más allá de las numerosísimas pero evasivas– pistas que nos dejó, Cortázar se calló con esto, tal como hizo con lo de Galdós y con lo de Novalis: es decir, como un bellaco, y hasta la tumba.

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Corolario: el libro oculto es el tercer secreto de Rayuela, el último, el mayor, y el más misterioso. Y, también, el único que aún permanece como tal, para fortuna de cualquier otro lector activo y cómplice de la obra.

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Coda final

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Los datos son más que abundantes; los argumentos, contundentes; las evidencias, palmarias. Resulta obvio que los tres grandes secretos de Rayuela desbordan con creces el marco común de comprensión de la obra, y lo ponen en evidencia. No hay otra opción: si de veras quieren comprender a fondo ese texto, quítense de una vez las gafas de leer novelas, y pónganse las de leer libros iniciáticos. Lo he dicho muchas veces en el pasado, lo vuelvo a decir ahora, y lo repetiré hasta que siga siendo necesario: Rayuela no es una novela; es una rampa de lanzamiento hacia el état second.

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Únicamente la Teoría del Entusiasmo, con la atención que prodiga a los elementos ocultos de la mayor obra de Cortázar, ha sabido dar cuenta hasta ahora, a contra-corriente de la visión común, de su parte más valiosa e importante. Y solamente cuando esta perspectiva sea aceptada y compartida por la entera comunidad receptora de Rayuela podrá aquilatarse debidamente el lugar que esta insólita creación merece en la historia de la literatura y del pensamiento universales. Esta aquilatación está aún por hacer: la sanción definitiva sobre los méritos del escritor argentino debe basarse en sus auténticos logros, y no en la limitada e incompleta visión que se tiene de ella hasta el momento, y que es propia tan solo de una determinada época.

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Definitivamente, hay que reconsiderar a Cortázar.

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29 de noviembre de 2016

Intercesores (...12, 13, 14, 15...)

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Entre lo visible de Rayuela (la novela) y su parte oculta (el Rayuela insólito) Cortázar dispuso multitud de pasajes, puentes, puertas y ventanas que permitiesen el tránsito del uno al otro: el autor los denominó «intercesores». En ellos se puede observar (siempre en modo metafórico) o bien una contraposición entre lo oculto y lo manifiesto, o bien un cuestionamiento de lo visible, o bien una vindicación de lo oculto. ¿Cuántas veces lo dijo? ¿Cuántas metáforas distintas utilizó?
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Si bien la mayor parte de intercesores tratan de la contraposición manifiesto/oculto, hay unos pocos que describen la estructura formal del Rayuela insólito, a saber, la repetición de un episodio. El intercesor nº 11, que vimos hace unos días, ya dibujaba ese dato al repetir tres veces número simbólico una misma estructura sintáctica («Allí donde debería haber una despedida…», etcétera). Los cuatro que añadimos hoy al cómputo señalan en esa misma dirección.
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(12)
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Carta a Jean Barnabé,
30 de mayo de 1960
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La cosa es terriblemente complicada, porque me ocurre escribir dos veces un mismo episodio, en un caso con ciertos personajes, y en otro con personajes diferentes, o los mismos pero cambiados por circunstancias correspondientes a un tercer episodio. Pienso dejar los dos relatos de esos episodios, porque cada vez me convenzo más de que nada ocurre de una cierta manera, sino que cada cosa es a la vez muchísimas cosas. Esto, que cualquier buen novelista sabe, ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio “visto” por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio... y sale distinto
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(13)
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Manuscrito, cap. 99
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le ocurre repetir / escribir más de una vez / una misma escena con inclusión de ciertos personajes, o variando su situación material o psicológica. (...) Eso va mucho más / allá de los trucos a la manera de [un] Wilkie Collins en The Moonstone, porque lo que Morelli quiere decir, me parece, es que se trata de una sola y única escena, que hay que componer como las tricromías, superponiendo las planchas y los colores
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(14)
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Manuscrito, cap. 56
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Era para preguntarse si en el fondo la baraja no tendría una sola carta que cada instante fungía alterar, y si no bastaría con un movimiento más allá del mono de la responsabilidad para que las distancias y las estaciones no se fundieran en una sola imagen como un abanico pintado que se cierra y se vuelve bastoncito inocente entre los dedos
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(15)
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Rayuela, capítulo 45
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para llegar a los cuadros había que trepar por arcos donde apenas las entalladuras permitían apoyar los dedos de los pies, avanzar por galerías que se interrumpían al borde de un mar embravecido, con olas como de plomo, subir por escaleras de caracol para finalmente ver, siempre mal, siempre desde abajo o de costado, los cuadros en los que la misma mancha blanquecina, el mismo coágulo de tapioca o de leche se repetía al infinito
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11 de julio de 2016

Borrados (2)

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Para la Teoría del Entusiasmo, Cortázar escribió Rayuela en una doble contabilidad textual: como texto A, en la fachada, para los «lectores pasivos», tenemos una novelacomo texto B, en lo profundo, para los «lectores activos y cómplices», se esconde el libro oculto. La existencia de éste último –el «Disculibro» para Cortázar, el «Rayuela insólito» para nosotros– está anunciada por toda la obra en forma de alusiones e indicios, siempre más o menos ambiguos, siempre más o menos oscuros. Algunas pistas del mismo estilo figuran en los avant-textes de la obra (Manuscrito de Austin, Cuaderno de Bitácora, Capítulos Desestimados), pero luego no se incluyeron en el libro. Al leerlos, fácilmente puede deducirse que su ambigüedad era demasiado tenue para el umbral de dificultad que Cortázar se había autoimpuesto. Aquí los denominamos «borrados».
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La comparación con Collins
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En el capítulo 99 de Rayuela asistimos a un diálogo entre diversos miembros del Club, centrado en la obra e ideas de Morelli. En cierto momento Horacio replica así a un comentario de Perico Moreno:
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–Cree en el soma –dijo Oliveira–. El soma en el tiempo. Cree en el tiempo, en el antes y en el después. El pobre (...) no se ha dado cuenta de que nada se sostiene si no lo apuntalamos con miga de tiempo, si no inventamos el tiempo para no volvernos locos.
–Todo eso es oficio –dijo Ronald–. Pero detrás, detrás...
–Un poeta –dijo Oliveira, sinceramente conmovido–. Vos te deberías llamar Behind o Beyond, americano mío. O Yonder, que es tan bonita palabra.
–Nada de eso tendría sentido si no hubiera un detrás –dijo Ronald.
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No es este intercambio de pareceres lo que nos interesa hoy aquí, sino lo que Cortázar suprimió del mismo en su paso del Manuscrito de Austin a la edición definitiva de Rayuela, y que veremos enseguida; no obstante, cabe señalar brevemente que este diálogo nos sitúa plenamente en las coordenadas propias de la Teoría del Entusiasmo. Mirándolo bien, contiene una invitación a ir más allá de lo manifiesto del propio texto, a transmutar lo literal en figura metafórica. En esta guisa podemos interpretar, por ejemplo, la última frase pronunciada por Ronald: nada de eso (en alusión a lo que Morelli escribe, o sea, al propio argumento de Rayuela) tendría sentido (pues se presenta como un cúmulo de absurdos, «un texto desaliñado, desanudado, incongruente») si no hubiera un detrás (es decir, si no fuera porque su verdadero sentido se halla más allá de lo aparente).
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En el Manuscrito, tal como hemos dicho, las cosas iban de otro modo. Allá, terminado el parlamento de Oliveira, a continuación de «para no volvernos locos», constaba la siguiente intervención de Etienne [transcribo según la edición Archivos]:
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–Además que a Morelli /no le/ [maldito si le] importan esas contradicciones –dijo Etienne–. Incluso las provoca, y le ocurre repetir / escribir más de una vez / una misma escena con inclusión de ciertos personajes, o variando su situación material o psicológica. (...) Eso va mucho más / allá de los trucos a la manera de [un] Wilkie Collins en The Moonstone, porque lo que Morelli quiere decir, me parece, es que se trata de una sola y única escena, que hay que componer como las tricromías, superponiendo las planchas y los colores 
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Sabemos que los miembros del Club, cuando hablan del libro de Morelli, se están refiriendo a Rayuela; sin embargo, este párrafo no tiene sentido para esta última obra leída en su sentido literal. En la novela Rayuela no hay repetición alguna, sino que se respeta la linealidad temporal, ese «antes y después» que Oliveira le espetaba más arriba a Perico (descarto esas dos repeticiones idénticas que se dan, por un lado, al reproducir el capítulo 55 en los 192 y 133, y, por el otro, al remitir dos veces al último capítulo, el 131, para encerrarlo en un bucle: esas dos repeticiones literales no se corresponden para nada con la idea que estamos viendo aquí). Pero si no hay repetición, ¿qué relación tiene entonces el libro de Cortázar con la novela de Collins? Lo más característico de La piedra lunar, y que Cortázar señala en el apunte, es precisamente la existencia de diversos relatos de un mismo acontecimiento –el robo de una piedra preciosa–, según lo cuentan distintos personajes. La controversia está servida. 
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Sería absurdo pensar que Cortázar suprimió este pasaje por su misma incongruencia. Más bien debemos preguntarnos por qué se le ocurrió, en un momento dado, esa idea de la repetición, y la subsidiaria comparación con Collins. ¿A qué podía referirse con ello? Para la Teoría del Entusiasmo, la respuesta es muy fácil: ahí el escritor está aludiendo a los contenidos ocultos de su obra. En efecto, el Rayuela insólito está formado por la repetición de un mismo episodio, según la estructura que en música se denomina tema con variaciones. Yo mismo doy fe de ello; así es como Rayuela se me ha mostrado a mí, en una lectura extraordinaria e insólita. Y así podría mostrárselo a ustedes en cualquier momento; sin embargo, haciendo mía la postura del escritor, no pienso decir más de lo que llegó a decir el propio Cortázar. Cuál pudo ser ese episodio es algo que cada lector debe descubrir por sí mismo. 
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Así pues, la verdadera estructura de Rayuela es repetitiva, como la de La piedra lunar de Wilkie Collins: esto es lo único que Cortázar llegó a concretar abiertamente sobre los contenidos ocultos de su obra. Nunca dijo más; pero, para compensar, lo dijo dos veces. El autor habla exactamente de lo mismo en una carta remitida a su amigo Jean Barnabé (una misiva que en otro lugar denominé «la Carta Delatora»). La fecha es del 30 de mayo de 1960, cuando el proyecto de Rayuela lleva prácticamente año y medio plasmándose en el papel:
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Esto (...) ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio “visto” por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos, porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio... y sale distinto. ¿No le ocurre a usted, al contar algo a un amigo, darse cuenta que las cosas eran diferentes de lo que creía? A mitad del relato, un golpe de timón desvía el barco (Cartas, p. 425)
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Aquí es posible distinguir claramente una diferencia con La piedra lunar que el parlamento de Etienne, de por sí bastante confuso, no alcanzaba a mostrarnos: frente a los diversos testigos de Collins, cada uno con su propio relato, Cortázar tiene uno solo, siempre el mismo, que repite su propia historia en modos diversos. En la misma carta, dos líneas más abajo, el escritor argentino llega a desvelar, ni que sea de un modo ambiguo, más entresijos de la misteriosa elaboración de su libro:
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Pero como el lector se aburriría si tuviera que leer dos veces seguidas un mismo relato, en el que los cambios serían siempre pocos con relación al total, he fabricado una serie de procedimientos más o menos astutos, que sería un poco largo contarle ahora. Basta decirle que el libro ocurre mitad en B. A. y mitad en París (...), pero que con frecuencia los episodios se cumplen en un “no man’s land” que la sensibilidad del lector deberá situar, si puede. (íd.)
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Volvemos a lo mismo: esta visión de Cortázar poniendo a prueba las capacidades del lector encaja mucho mejor con la Teoría del Entusiasmo que con la visión común de Rayuela. ¿No será este «no man's land», un territorio cognitivo fuera de lo ordinario, un sinónimo de nuestro entusiasmo? 
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Nuestra concepción del asunto no sólo permite explicar la comparativa con Collins; también justifica la eliminación del párrafo del Manuscrito. Si el astuto Cortázar acabó suprimiendo toda alusión a La piedra lunar y a la idea de una repetición de lo mismo en Rayuela es por la misma razón que suprimió la primitiva cabecera de su obra, ese diálogo de Los tres mosqueteros que vimos el día anterior. A saber; porque tanto lo uno como lo otro constituían indicios demasiado explícitos de la existencia del libro oculto, del Disculibro, del Rayuela insólito. Demasiadas facilidades para un lector que se deseaba cómplice, y no mero espectador.
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Ahora, tras haber comprendido el peso y el valor de la alusión a La piedra lunar, podemos volver a glosar el diálogo del capítulo 99: detrás del «soma» de Rayuela, detrás de esa novela concebida en términos de «antes y después». se encuentra un relato poético que escapa, por su repetición, a la lógica del tiempo cronológico. Y eso debe llegar a situarlo la capacidad hermenéutica del «lector activo». Si es que puede...
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10 de octubre de 2010

Casuística (4): Rayuela

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En los artículos anteriores de este blog hemos expuesto la casuística sobre el fenómeno que hemos denominado “las dos conciencias”, y que podemos formular así: ciertos estados no ordinarios de conciencia funcionan como compartimientos cognitivos independientes, y sus contenidos cabales no son recuperables desde el estado de conciencia ordinario. En Casuística (1) hemos visto esta circunstancia en el relato del aprendizaje de la brujería por parte de Carlos Castaneda; en Casuística (2), en el argumento de La piedra lunar de Wilkie Collins; y en Casuística (3), en el relato de la recepción de “La marsellesa” tal como lo refiere el escritor austríaco Stefan Zweig. Cada uno de esos casos tiene su idiosincracia: incumbe a ciertos individuos (a esto le llamaremos alcance) y se somete a distintos expedientes de generación de los “segundos estados” (a saber: por inducción, ya sea natural o artificial, o de forma espontánea). Veamos cómo se concretan estas variables particularmente:

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En Castaneda, el asunto de las ‘dos conciencias’ pertenece al ámbito del aprendizaje de los brujos toltecas: su dominio es una de las maestrías que deben adquirir los sujetos para alcanzar la condición de brujo. Aquí el acceso a la “segunda conciencia” (la “conciencia acrecentada” o “segunda atención”) se logra para el sujeto –una persona real- mediante un procedimiento únicamente conocido y manejado por los brujos: una manipulación realizada sobre el cuerpo energético del brujo por parte de su líder o nagual. Se trata, por tanto, y hasta que el individuo no adquiere la maestría del asunto para sí mismo, de un estado inducido, e inducido de forma natural, y su alcance se mantiene dentro del exclusivo círculo de los brujos toltecas. Para quien no pertenece a ese círculo –lo que incluye al propio lector de Castaneda-, el asunto es en el fondo es diletantismo, o mera especulación.

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En La piedra lunar de Wilkie Collins el tema forma parte del argumento de la novela policíaca, configurando un giro inusitado del mismo, y por tanto debe situarse en el universo ficcional generado por el novelista. Aquí el sujeto –Franklin Blake, un personaje ficticio- vive su episodio de “segunda conciencia” (intoxicación por opio) como resultado de la ingestión de sustancias psicoactivas; es un estado también inducido, como en el anterior caso, pero ahora artificialmente. Por cuanto el sujeto es un personaje ficticio, aquí deberíamos decir que no existe un alcance real o efectivo de la cuestión (excepto por lo que pueda incumbir al propio autor del libro, en la medida en que éste hubiera vivido la experiencia de la que habla; de esto ya hablamos al analizar los extractos del libro). En todo caso, para el lector de esta novela el asunto se mantiene siempre dentro de los límites del disfrute intelectual y estético; el lector asiste como mero espectador al relato de una alteración de conciencia que no lo incluye. Así pues, en última instancia, como en el caso anterior, es diletantismo.

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En el caso de ‘La marsellesa’ el asunto de “las dos conciencias” es un fenómeno en el que participan, de forma involuntaria e imprevista, el creador de la canción y algunos de sus receptores. Los sujetos acceden a la “segunda conciencia” (la inspiración) por vía del arrebato, ya sea creativo, en el caso de Rouget de Lisle, ya sea por la actitud entusiasta con que interpretan la canción, como lo hace Mireur. Por tanto, ya no es propiamente un estado inducido, sino generado en el sujeto de forma espontánea; en función de su predisposición, eso sí, y sobre la base material de una partitura, de una canción (su ritmo, su melodía, sus armonías...). En consecuencia, el alcance que adquiere este caso puede llegar hasta cualquiera de nosotros, según nuestra propia predisposición, en la medida en que esa canción logre arrebatarnos también a cada uno. Esta predisposición es un asunto clave; por supuesto, podemos escuchar “La Marsellesa” con mera complacencia, tal como hicieron los primerísimos receptores de la obra: cómodamente sentados en el sillón de nuestra casa, y sin sentir para nada ese arrebato. De ese mismo modo podemos leer el episodio de los Momentos estelares de la humanidad o La piedra lunar de Collins y disfrutar de ellos en el mismo sentido meramente esteticista. Pero en este caso tenemos “La Marsellesa” ahí, como una realidad a la que todos tenemos acceso, y podemos experimentar con ella: podemos cantarla con entusiasmo y ver como la propia canción nos levanta del sillón y nos saca a la calle con ágiles pasos y el corazón encendido, bien dispuestos a la lucha. Ya no se trata entonces de mera especulación, sino de la posibilidad real de enervarnos con la canción, o sea, de participar en el arrebato.

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Ahora, en este nuevo capítulo de la serie, quiero agregar el título de Rayuela a esta exigua lista, en tanto que caso número 4, y también, como los otros tres, con una idiosincracia que lo hace distinto a los demás: se trata ahora de un caso que implica al autor del libro y también a su lector activo, mediante una inducción premeditada y calculada por el autor. Los sujetos implicados acceden aquí a la “segunda conciencia” mediante unos expedientes de actividad determinados: el autor –Cortázar- accedía a su célebre swing, a su trance creativo, mediante sus propios procedimientos de inmersión –¿rituales de composición?- en el proceso de escritura; a su vez, el lector de Rayuela –el lector cómplice- puede acceder al estado de entusiasmo en función de su participación, en la medida en que se involucre en el juego textual tramado por el autor en las páginas del libro. La versión salteada de la obra es un artefacto textual concebido con ese propósito; inducir la conciencia del lector a un état second. En otras palabras; Rayuela es, sobre todo, dos libros: un libro para leer en el estado normal de conciencia, y otro libro, insólito, para leer en un estado de conciencia arrebatado.

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Aunque estemos tratando de un libro como en el caso de Collins, aquí el asunto es muy distinto, puesto que ya no se trata de un episodio que el sujeto deba contemplar desde la distancia. El alcance de este caso no se inscribe en el ámbito del universo ficcional de la obra, sino en el ámbito de las relaciones reales entre el sujeto real que escribe y el sujeto real que lee. Así pues, frente al carácter intraliterario del libro de Collins, el asunto de las “dos conciencias” en el libro de Cortázar se sitúa en un plano extraliterario o ‘comunicativo’. Al lector de este último libro no se le pide, como en el caso de Collins, que asista como espectador a un episodio ficticio de alteración de la conciencia; sino que, por el contrario, se le invita a vivir, a través del libro, su propio episodio. Ya no se trata de dilentantismo, sino –y vehementemente- de todo lo contrario. Lo cual guarda una estrecha relación con el carácter de libro vivo que, según sostiene su autor, tiene Rayuela.

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El requisito de participación que Cortázar solicita del lector cómplice aproxima este caso al de La Marsellesa, por cuanto se trata de dejarse arrebatar por el sustrato material de la obra de arte; se precisa, por tanto, de una determinada predisposición. Por otro lado, el carácter inducido de este nuevo caso lo emparenta con el de Castaneda, pues ya no se trata de algo que surge –o no- de forma espontánea, como en el caso de la canción de Rouget de Lisle, sino que se genera en aras de procedimientos relativos a la maestría literaria de Cortázar. Y es que el escritor asume aquí para su lector las mismas funciones inductoras que ejerce el brujo tolteca para quien sea su aprendiz.

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Cortázar induce al lector cómplice de Rayuela a un estado no ordinario de conciencia. Esto es, precisamente, lo que lleva al autor argentino a tildarse a sí mismo de “pobre shamán blanco con calzoncillos de nylon”: ¡en el cap. 82, o sea, nuestro “texto matriz”, el mismo capítulo del swing! Esa función chamánica de Cortázar es condición necesaria para que el lector del libro llegue efectivamente a ese ‘segundo estado’; necesaria, efectivamente, pero no suficiente. Insistimos: se precisa también, sine qua non, de la participación activa del lector. Lo que nos permite decir, parafraseando a la inversa el poema del Cid, que Cortázar sería un buen señor si tuviese un buen vasallo.

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En el cap. 79 se nos dice (la cursiva es del propio Cortázar):

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Posibilidad tercera: la de hacer del lector un cómplice, un camarada de camino. Simultaneizarlo, puesto que la lectura abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor. Así el lector podrá llegar a ser copartícipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y en la misma forma. Todo ardid estético es útil para lograrlo: sólo vale la materia en gestación, la inmediatez vivencial

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Y es ahí mismo, justo a continuación, donde Cortázar habla de ese lector cómplice como mon semblable, mon frère; su igual, aquél capaz de vivir la misma experiencia –el arrebato- por la que pasa el novelista.

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Volvamos a formular la cuestión, aunando ahora todos los elementos: desde su propio estado no ordinario de conciencia (el swing, el “balanceo rítmico”) Cortázar concibió Rayuela (eso sí, en su versión salteada) como un artefacto textual dirigido a generar un estado no ordinario de conciencia en su lector cómplice, un estado desde el cual el libro revelase unos contenidos distintos a los que muestra la versión para “lectores pasivos”. La “Carta delatora” (véase la web www.expedienteamarillo.com) nos revela cuál es la diferencia final de contenidos entre una versión y otra: en el estado ordinario de conciencia, tenemos un libro con un argumento lineal; en el estado de conciencia alterado nos enfrentamos, en cambio, a un libro en el que se repite -con variaciones, como en una pieza de jazz- un mismo episodio. Se trata por tanto, en ese segundo libro, y para decirlo todavía de otro modo, de una comunicación de loco a loco, de la que queda excluído quien no logre participar de esa locura. Es en estos términos que Rayuela deviene un nuevo caso –desconocido y estupendo caso- para ilustrar el fenómeno de “las dos conciencias”.

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Para quien haya seguido el hilo de nuestro blog desde su inicio, no estamos aportando todavía nada nuevo; todo lo dicho hoy será de algún modo un ya visto. Así es: en su momento expusimos los otros tres casos, manteniendo siempre Rayuela a la vista; y desde el principio insistimos en afirmar que el libro de Cortázar obedece a una lógica hasta cierto punto homologable a los casos referidos por Castaneda, Collins o Zweig. Pero frente a esos otros tres casos, todas esas afirmaciones concernientes a Rayuela se pronunciaron de forma aparentemente gratuita, sin ninguna demostración, sin ningún ejemplo sobre el terreno –o sea, sobre el propio texto del libro-. Hasta ahora no hemos hecho sino el preámbulo a la cuestión central de nuestro discurso, y ahora sería llegado el momento de aportar esos ejemplos. Pero hay un no obstante.

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Nos enfrentamos aquí, llegados a este punto, con un problema, o, mejor, con todo un vasto complejo problemático. Este complejo deriva precisamente de la propia idiosincracia del caso con que ahora tratamos: y es que no se pueden poner ejemplos de Rayuela sin poner al descubierto –y por lo tanto en peligro- los mecanismos textuales previstos por Cortázar para generar en el lector ese estado otro de conciencia. Esos mecanismos son un pasaje al estado otro de conciencia, determinan el acceso al mismo, son ese mismo acceso; son las condiciones de posibilidad que permiten acceder a una cierta locura o excentramiento del lector. Han funcionado por lo menos con un lector: yo mismo. Y ahora se trataría de ver si funcionan en otros casos: el de usted, por ejemplo, que está leyendo estas líneas mías. Pero no se trata de que yo le diga el qué ni el cómo, yo no pinto casi nada aquí: por el contrario, se trataría de que usted acepte a Cortázar como chamán, de que descubra lo que sea por sí mismo, leyendo Rayuela y participando activamente de su juego.

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No hay otra manera. El mismo Julio Cortázar guardó silencio sobre todo este asunto, como un bellaco, durante los veinte años que sobrevivió a la publicación de Rayuela, precisamente con ese mismo propósito: permitir que fueran los lectores de su libro quienes lo descubrieran por sí mismos. Un velo de silencio oculta y protege el otro libro de Rayuela, y filtra a sus posibles lectores, dejando pasar tan sólo a los semblables de Cortázar, a sus frères: los lectores activos, los lectores cómplices. ¿Con qué derecho podemos traicionar nosotros, ahora, ese silencio? Podríamos, sin duda, con los derechos que se autoconcede el filólogo moderno y los métodos que le caracterizan; pero es que Cortázar concibió un libro vivo, cuyos misterios debían escapar a la ávidas garras taxidermísticas de los filólogos modernos. La exégesis del Rayuela insólito debe permanecer, para preservar la idiosincracia del libro, fuera de los cauces de la crítica convencional; y eso incluye los ejemplos, es decir, que los excluye de la discusión. El libro otro de Rayuela se descubre en bloque, o no se descubre. Así pues, no cabe esperar ejemplos, no es esa la vía. Sino esta otra: ¡¡entusiásmense, diablos!!

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Pero, por otro lado, si no podemos poner ejemplos, si no podemos hablar de ello, ¿qué podemos hacer? Callar, desde el principio, y dejar la cuestión en manos de los lectores de Rayuela tal como hizo Cortázar, hubiera sido sin duda lo más prudente. Pero a estas alturas lo de ser prudente ya no tiene cabida, pues ya hemos dicho demasiado. Pero es que me gusta escribir este blog. Así pues, voy a plantear cuáles son las líneas posibles de acción que se me ocurren para poder continuar:

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1) La “vía participativa”:

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Ésta es la primera y más importante, la que permitiría, incluso, prescindir de todas las demás: la que anima al lector a emprender la lectura de Rayuela desde el nuevo prisma que proponemos. Esto es, a nuestro juicio, lo deseable: que el lector acceda a esa lectura otra, al Rayuela insólito, por sí mismo. Ante esta cuestión me encuentro, yo frente a ustedes, en la misma situación en la que se encuentra el doctor Ezra Jennings ante el joven Franklin Blake, en el pasaje que ya analizamos de La Piedra Lunar: ¿cómo puedo yo convencerles de algo que uno mismo ha vivido y a lo que sólo puede accederse por la propia experiencia? Lo mejor es, sin duda, que el otro pase por esa misma experiencia. Ya hemos hecho hincapié en ello anteriormente, tanto en “la Carta Delatora” como en el Expediente Amarillo; y esta consigna ha sido, es y será en todo momento -hasta el hartazgo si cabe- el principal mensaje que queremos lanzar desde nuestro discurso.

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2) La “vía razonante”:

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La segunda línea posible de acción es la de mostrar que una circunstancia tal –la de un libro que se puede leer en dos estados de conciencia distintos- no sólo es posible, sino que, además, concretamente, Cortázar pudo concebirla a partir de la lectura de La piedra lunar de Collins. Que es algo pensable, y también posible, es precisamente lo que hemos querido demostrar con la serie de la Casuística desplegada hasta ahora. El fenómeno de las ‘dos conciencias’ ya ha sido pensado por lo menos por Castaneda, por Collins y por los testimonios que éste último aduce en su libro, y también por Zweig. Es además posible, tal como queda atestiguado por Zweig y por cualquiera que haya tenido constancia del proceso que vivió la partitura de La Marsellesa. Y es incluso experimentable, por añadidura, para cualquiera que haya percibido la diferencia entre escuchar la canción de De Lisle cómodamente sentado en un sofá y elevarse con ella bajo un estado de entusiasmo.

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En cualquier caso, esto es indudable: Cortázar ya conocía el fenómeno en cuestión vía Collins, tal como atestigua su “Carta delatora”. De esto otro, quién sabe: tal vez llegó a conocerlo también vía Zweig, lo cual es cronológicamente posible, pero no hay ninguna constancia documental de ello. Y de lo siguiente sí hay constancia; conoció el asunto todavía una vez más, por una nueva vía que hasta ahora no hemos mentado: la de Pauwels y Bergier y su libro Le matin des magiciens. Este libro fue publicado en 1960, de modo que Cortázar lo leyó en pleno proceso de escritura de Rayuela (eso está claro, puesto que incluyó dos fragmentos del mismo en el capítulo 86). En las páginas de ese libro podemos leer una nueva formulación de nuestra hipótesis:

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...la posesión y el manejo de tales técnicas y conocimientos exige del hombre estructuras mentales distintas de las propias del estado de vigilia ordinario, una situación de la inteligencia y del lenguaje en otro plano, de tal suerte que nada es comunicable al nivel del hombre ordinario.

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Esta segunda vía de acción podría exprimirse todavía más, pero con lo dicho hasta ahora ya cumplo el expediente, según creo.

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3) La “vía positiva”:

Hay una tercera línea de acción; que es la de seleccionar ciertos pasajes de Rayuela, o de otros textos de Cortázar, en los que se pueda ver formulada la misma idea que nosotros postulamos. O sea; se trata de ver cómo dice Cortázar lo mismo que estamos afirmando en estas páginas: que Rayuela es un libro concebido para dos estados de conciencia. Estrictamente, esos pasajes no serían propiamente ejemplos de la lectura otra del texto, opción que ya hemos dejado en manos del lector, sino pruebas de que Cortázar tenía la cuestión en mente mientras escribía su obra y de que quiso, por ende, dejar constancia de ello. A esta línea de acción la vamos a denominar “la vía positiva”, por cuanto podremos ver en ella que Cortázar, por más que siempre sea in speculum et in aenigmate, mostró explícitamente su juego. Ya hemos iniciado esta “vía positiva” con anterioridad, sacando a la palestra fragmentos de los capítulos 82 y 79, y en adelante seguiremos comiendo sus frutos; por el momento, como propina, reproducimos aquí lo que dice uno de los dos fragmentos de Le matin des magiciens que se reproducen en el cap. 86:

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[el pensamiento binario] no puede incorporar a su propia estructura la realidad de las estructuras profundas que examina. Para conseguirlo, debería cambiar de estado, sería necesario que otras máquinas que las usuales se pusieran a funcionar en el cerebro, que el razonamiento binario fuese sustituido por una conciencia analógica que asumiera las formas y asimilara los ritmos inconcebibles de esas estructuras profundas...”

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(Por cierto; les sugiero que comprueben a dónde conducen esos puntos suspensivos con los que Cortázar cierra la cita).

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4) La “vía negativa”:

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La cuarta línea de acción será, por contraste con la anterior, “la vía negativa”: en ella se trata de poner de manifiesto cómo la visión “filológica” de Rayuela deja sin respuesta o sin explicación muchos de los componentes de la obra. Y es que la interpretación tradicional del libro no logra dar cuenta cabal de su enorme complejidad: en última instancia, frente a los desafíos aparentemente insolubles que supone el texto, esa crítica acaba recurriendo a los conceptos fetiche del ‘absurdo’ y de la ‘libertad’. Para nosotros, la puesta al descubierto de los ‘agujeros negros’ que tiene la lectura de Rayuela en la visión común que se tiene del libro, o de las carencias, omisiones y contradicciones de la crítica cortazariana al uso, será una vía negativa que nos conducirá a ver la necesidad de implementar una comprensión nueva de la obra, acorde con nuestra hipótesis de un libro que debe leerse fuera de sí. Para ello veremos, en su momento, y por poner el ejemplo más destacable, todo lo relacionado con el affaire Galdós, como llamo yo a la discusión –irresuelta- entre ciertos críticos con respecto al peso y al valor que tiene la presencia de Benito Pérez Galdós y de su obra en el texto de Rayuela.

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Esas son las cuatro vías de acción que yo propongo. La primera, la “vía participativa”, viene a ser como el estribillo de nuestra canción, que repite una y otra vez la frase: “hágaselo usted mismo”, y ahí se queda. De la “vía razonante” y su argumentación sobre el fenómeno de las “dos conciencias” ya hemos dado cuenta en los cuatro artículos de la serie de “Casuística”; podemos dar por liquidado el asunto, aunque quizá añadamos todavía alguna novedad a través de las Apócrifas morellianas quie iremos insertando en las jornadas de este blog. Nos quedan, por tanto, las líneas de acción 3 y 4, la ‘vía positiva’ y la ‘vía negativa’; ellas configuran el programa principal de lo que va a ser este blog. Nos vemos, si así lo desean, en el siguiente artículo.

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