Elementos para una TEORÍA DEL ENTUSIASMO

La cara oculta de RAYUELA. Por Jorge Fraga

Mostrando entradas con la etiqueta Teoría del Entusiasmo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teoría del Entusiasmo. Mostrar todas las entradas

8 de junio de 2026

Los tres grandes secretos de Rayuela

 

·

Introducción

·

Si oídas melodías son dulces,

mas lo son las no oídas;

sonad por eso, tiernas zampoñas,

no para los sentidos, sino más exquisitas,

tocad para el espíritu canciones silenciosas


John Keats, «A una urna griega»

·

Voy a exponer hoy los principales componentes de la cara oculta de Rayuela, como nunca se ha hecho hasta ahora. Esto es: al completo, y ordenados de menor a mayor, según la concepción original de Cortázar. Se trata, en particular, de tres elementos complejos –tres conglomerados, podríamos decir– que el escritor argentino escondió en el trasfondo oculto de su libro, como si fueran acertijos, enigmas o adivinanzas, de los que el lector activo debía, primeramente, percatarse de su existencia, para ponerse después a buscarlos, y finalmente aprehenderlos, si se daba el caso, en su justa y debida dimensión. Así lo expresó el autor en el capítulo 79 de su libro (las cursivas son mías):

·

le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento)

·

Por cuanto Cortázar no solamente los ocultó en su momento, sino que además no se refirió abiertamente a ninguno de ellos (de forma indirecta sí, y en el caso del tercero, con abundancia) ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación, cabe tildarlos entonces, propiamente, de secretos. Bajo tal condición cumplen un cometido muy preciso dentro de la economía de sentido del libro, sometiéndose a lo que constituye su propósito principal: llevar al lector activo y cómplice a un cambio de nivel de conciencia. A un état second, como diría el propio Cortázar. O a una ruptura de nivel, como diría Mircea Eliade.

·

De ahí viene, precisamente, que el autor argentino declarase en el capítulo 97, con respecto al lector activo, que «algo de lo que escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo». Entre los tres secretos mencionados y ese propósito final hay una relación de causa-efecto: las implicaciones cognitivas y emocionales asociadas con el apercibimiento, la búsqueda y el final hallazgo de los elementos ocultos constituían –de hecho, constituyen todavía, como veremos– las condiciones de posibilidad de ese sismo cognitivo que Cortázar quería provocar en su lector. Y así, la particular disposición de esos elementos, ordenados de menor a mayor, viene a construir una escalera con tres peldaños que conducen directamente hasta otro nivel de la realidad.

·

Huelga decir que la visión común del libro no ha comprendido aún –o lo ha hecho muy deficitariamente– el propósito principal del libro; esto se debe, principalmente, a que ni tan solo ha cumplimentado la fase inicial del recorrido, es decir, la mera advertencia de la existencia de lo oculto. Se trata de una extraña ceguera, tanto más inexplicable por cuanto ninguno de esos elementos, a día de hoy, continúa como secreto. En efecto, todos ellos han sido señalados y discutidos abiertamente, y desde hace ya tiempo: el primero de ellos, desde un remoto 1986; el segundo, desde un antiguo 2003; y el tercero, desde un ya menos lejano 2010. Los dos primeros fueron plenamente desvelados; el tercero, por su parte, solamente ha sido apuntado, sin llegar a desvelar lo más esencial, con lo cual permanece abierta la posibilidad, como quería Cortázar, de que lectores venideros puedan descubrirlo por sí mismos.

·

Así pues, procedo a exponer los tres secretos. Y lo haré de una manera sucinta, limitándome a señalar únicamente las principales circunstancias que los hacen reconocibles; no es necesario más, pues en este mismo blog ya se le ha dedicado a cada uno de ellos –sobre todo al tercero– una amplia y profunda atención. El lector que quiera ahondar más en cualquier aspecto del asunto puede luego navegar por este mismo blog, guiándose por el Índice de artículos, el Archivo y las Palabras clave.

·

Primer secreto: la reescritura de Galdós

·

En 1986, apenas dos años después de la muerte de Cortázar, apareció un sorprendente artículo en los Anales Galdosianos titulado «Cgoarltdaozsar: el Galdós intercalado en Cortázar de Rayuela». Lo firmaba un tal Randolph F. Pope, un galdosista norteamericano. El hecho de que fuera un galdosista puede quizás explicar por qué los cortazaristas le han hecho tan poco caso: seguramente no debió gustarles que un extraño, a la sazón advenedizo, descubriera en Rayuela algo tan sumamente notable, que ellos no habían logrado detectar.

·

La cosa parte del capítulo 34 de Rayuela: recordemos que ahí nos encontramos con una particular disposición de las líneas, con las impares reproduciendo el inicio de un texto de Benito Pérez Galdós, y las pares transcribiendo el monólogo interior de Horacio mientras lee dicho texto. Por lo visto, Pope fue el primero a quien se le ocurrió ir más allá del marco del propio capítulo 34, para ponerse a comparar el texto entero de esa novela de Galdós en particular –Lo prohibido– con el texto entero del primer libro de Rayuela. Y lo que halló fue una más que notable cantidad de similitudes, paralelismos, analogías y coincidencias entre ambas obras: unas semejanzas (este sería el término de conjunto) que conciernen a distintos niveles de ambas obras, empezando por la entera estructura argumental, pasando por la precisa caracterización de ciertos personajes, y hasta llegar a algunas situaciones muy concretas. Veamos solamente unos pocos ejemplos.

·

En lo referente a las estructuras, ambas obras se dividen en dos partes: en la primera, el protagonista –un varón de cuarenta años– sostiene una relación amorosa con una mujer, que al final desaparece; en la segunda parte, se siente atraído por una segunda mujer, que le recuerda poderosamente a la primera, hasta el punto de confundirlas a ratos.

·

En cuanto a semejanzas de detalle, comprobamos que algunas de las situaciones que parecieran más idiosincráticas de Rayuela y de la imaginación cortazariana tienen en realidad su precedente en la novela de Galdós. Por ejemplo, el juego de encuentros fortuitos entre Horacio y la Maga por las calles de París es un remedo de un juego homologable entre José María, el protagonista de Lo prohibido, y la segunda mujer, Camila, por las calles de Madrid. O también, la amarga muerte de Rocamadour en Rayuela, producida en el contexto de una reunión, y mantenida en secreto por los asistentes, y que está inspirada en la final agonía del marido de Eloísa, producida en el transcurso de la cena-tertulia que se celebra cada jueves en su casa.

·

Curiosamente, pese a establecer una gran cantidad de paralelismos, Pope dejó de percibir la que quizá sea la semejanza más flagrante de todas: muchos años más tarde –en 2010–, una investigadora llamada María Ángel Pardo publicó un artículo titulado «Galdós y Cortázar enderezando clavos», en el cual señala para ambas obras una misma acción (el arreglo de unos clavos torcidos), descrita con un mismo verbo («enderezar»), localizada en un mismo contexto (con la segunda mujer atrapada entre su marido y el protagonista), y ubicada en el mismo momento estructural del relato (a principios de la segunda parte).

·

Con estos pocos datos basta: para abundar más en las semejanzas entre Lo prohibido y Rayuela remito al lector a los artículos citados de Pope y de Pardo, junto con la entrada de mi blog fechada en diciembre de 2010 y titulada «El affaire Galdós». Lo único que nos importa ahora de todo el asunto son los dos puntos siguientes, y su corolario:

·

Primero: que la relación entre ambas obras es incontestable. El término no es exagerado: ahí están no solamente las semejanzas señaladas por Pope y Pardo, demasiado abundantes y concluyentes como para negarlas, sino también el punto de partida para ambos, el capítulo 34 de Rayuela, con esa intercalación de líneas que actúa como indicio, pista o señal de lo que ocurre, simultáneamente, a un nivel más amplio.

·

Y segundo: que Cortázar no dijo abiertamente nada, con respecto a dicha relación, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Y no se puede decir que no tuviera ocasión para ello. Se trata, por lo tanto, de un sigilo deliberado y consciente, sostenido perpetuamente para preservar la condición oculta del asunto.

·

Corolario: la reescritura de Lo prohibido en el primer libro de Rayuela (pues de eso se trata, de una reescritura, aunque ni Pope ni Pardo llegaran nunca a utilizar este término) es uno de los grandes secretos de Rayuela. El primero –y el menor– de sus secretos.

·

Segundo secreto: la reescritura de Novalis

·

En el año 2003 apareció en los Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 634, un artículo titulado «El otro autor de Rayuela», firmado por un tal Pere Canal Vila, advenedizo como Pope, pero con aún menos referencias. En ese escrito de apenas seis páginas, el autor señalaba una más que notable cantidad de similitudes, paralelismos, analogías y coincidencias entre el segundo libro de Rayuela y diversos aspectos de la obra del escritor alemán Friedrich von Hardenberg, más conocido como Novalis. Se trataba nuevamente, pues, de un gran conjunto de semejanzas entre el libro de Cortázar y una obra preexistente, y que nuevamente concernían a distintos niveles de ambas obras; pero ahora con un alcance mucho mayor que en el caso de Galdós, pues la conexión implica la totalidad de Rayuela, y no solamente al primer libro.

·

La sorprendente tesis desplegada por Canal tuvo aún menos repercusión que la ofrecida por Pope, y seguramente por las mismas razones. Con todo, algunos años más tarde –en 2009– el propio investigador catalán amplió sus indagaciones, reafirmando su tesis original, y aportando nuevos datos y perspectivas que le conferían aún mayor solidez; el resultado de ese trabajo, con su amplio despliegue de datos, fue divulgado en este mismo blog en julio de 2024, en una serie de nueve entregas titulada «La conexión Rayuela/Novalis».

·

Tal como señala Canal, la relación entre Rayuela y Hardenberg, como en el caso de Galdós, consiste también en una reescritura; pero hay diferencias significativas entre ambos casos, que van más allá del distinto alcance textual. Para empezar, cabe decir que la reescritura de Galdós es una reescritura reactiva; es decir, que Cortázar toma al escritor español como modelo negativo, para invertir una concepción literaria que detesta; en cambio, la reescritura de Novalis es adherente, es decir, que denota una profunda afinidad y un reconocimiento positivo del escritor alemán y de su obra por parte de Cortázar. Otra gran diferencia es que esta otra reescritura no implica únicamente dos obras, como en el caso de Lo prohibido, sino que incluye diversos aspectos del corpus novalisiano. Concretamente, los cuatro siguientes:

·

1) El Ofterdingen. El componente novelesco de Rayuela es una reescritura de la más célebre novela de Novalis, titulada Heinrich von Ofterdingen. Las semejanzas entre ambos argumentos, como en el caso de Galdós, atañen a diversos niveles de ambas obras, desde la estructura argumental general (que viene a ser nuevamente la misma: dos partes, etc.), pasando por la caracterización de algunos personajes (sobre todo la de los dos varones protagonistas, que además comparten las mismas iniciales, H. y O.), para llegar también a situaciones muy concretas (nuevamente, la percepción de que la segunda mujer sea una reencarnación de la primera), a todo lo cual cabe añadir también el carácter inacabado de las dos obras (el bucle final de Rayuela, entre los capítulos 131 y 58, es el modo cortazariano de dejar inacabado su libro, tal como sucede, por otras razones, con el Ofterdingen). Se desprende de aquí, lógicamente, que Cortázar captó las semejanzas entre Lo prohibido y el Ofterdingen, y que concibió la novela que hay en Rayuela como una reescritura de ambos libros a la vez.

·

2) La reacción al Wilhelm Meister. Si Cortázar reescribe Lo prohibido de Galdós en Rayuela, y con signo reactivo, es porque previamente Novalis reescribió el Meister de Goethe, también con signo reactivo, en el Ofterdingen. En el contexto del primer libro de Rayuela, la reescritura reactiva de Lo prohibido es un hecho autónomo, pero en el contexto del segundo libro queda enmarcado en la reescritura más amplia de Novalis. Dicho de otro modo: el escritor argentino reescribe a Galdós porque está reescribiendo a Novalis. Se trata de una regla de tres, en la que quedan implicados los cuatro escritores con sus respectivas cuatro obras: el Meister de Goethe es al Ofterdingen de Novalis lo que Lo prohibido de Galdós es a Rayuela de Cortázar.

·

3) Los Fragmente literarios. Los «capítulos prescindibles» de Rayuela en que se expone la teoría literaria de Morelli (es decir, la teoría literaria de la que emerge, precisamente, el propio libro de Rayuela) son una reescritura de los célebres Fragmente de Novalis, en los cuales –en un subconjunto de los mismos– se expone la teoría literaria del escritor alemán (de la cual emerge, precisamente, el Ofterdingen). Tal como señala Canal, las morellianas y los Fragmente novalisianos referidos a la teoría literaria comparten diversas características: una misma forma fragmentaria; una misma poética; un mismo carácter programático; y finalmente, también una misma recopilación y ordenamiento póstumos por parte de amigos de uno y otro escritor.

·

Y 4) La Enzyklopädie. Los «capítulos prescindibles» de Rayuela formados por citas de otros autores o por artículos sacados de periódicos y revistas, así como el vasto conjunto de referencias a todo tipo de personajes, obras o acontecimientos que pueblan el texto entero del libro, son una reescritura de otro subconjunto de los Fragmente del escritor alemán, a saber, el relacionado con su proyecto de una enciclopedia. Cortázar tomó este proyecto y lo reescribió bajo el mismo principio polar de la simpatía implementado por Novalis; y así, por un lado está el polo «romántico» (para Novalis) o «antropofánico» (para Cortázar), con los ítems que serían afines a ambos autores; y por el otro el polo «clásico» (para Novalis) o de la «Gran Costumbre» (para Cortázar), con los ítems que ambos rechazarían, con Goethe y Galdós a la cabeza.

·

También aquí, junto a las semejanzas, hay un indicio, una señal específica por parte de Cortázar, dentro de Rayuela, que corrobora la cuestión, tal como sucedía con el capítulo 34 para el caso de Galdós: se trata del capítulo 60, donde se da a entender que en Rayuela falta un nombre, cuya mención explícita se hace innecesaria por cuanto sería «demasiado obvio como para citarlo». Novalis es sin duda alguna el mejor candidato posible para ocupar esa plaza, por delante de cualquier otra posibilidad, tal como tanto su nombre como el de cualquiera de sus obras están ausentes –«escamoteados», como dice Canal– del texto de Rayuela, y tal como su «obviedad» está asegurada por las cuatro grandes semejanzas arriba expuestas. Pero en esta ocasión hay además otra confirmación por parte de Cortázar, ahora fuera de Rayuela: el fragmento titulado «Morelliana siempre», incluido en La Vuelta al día en ochenta mundos, y donde Cortázar manifiesta –indirectamente, metafóricamente, alusivamente– su profundo acknowledgement con respecto a Novalis.

·

En todo caso: lo que más nos importa ahora son los dos puntos siguientes, y su corolario:

·

Primero: que la relación entre ambos corpus textuales es incontestable. No solamente están las semejanzas señaladas por Canal, demasiado abundantes y concluyentes como para negarlas: ahí están, además, el capítulo 60 de Rayuela, y la morelliana de La vuelta…

·

Y segundo: que Cortázar no dijo abiertamente nada con respecto a la cuestión, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Nuevamente, un sigilo deliberado y consciente, sostenido  para preservar perpetuamente la condición oculta del asunto.

·

Corolario: la reescritura de Novalis en el segundo libro de Rayuela es otro de los grandes secretos de Rayuela. El segundo.

·

Tercer secreto: el libro oculto

·

El 8 de junio de 2010 –es decir, hace exactamente dieciséis años–, un tercer advenedizo para añadir a la lista, llamado Jorge Fraga –un servidor– colgó la primera entrada de este blog, la Teoría del Entusiasmo, consagrado enteramente a la cara oculta de Rayuela, y principalmente al tercero de sus secretos: a saber, el libro oculto. Es esta caso no se trata ya de ninguna reescritura, sino de un auténtico original –¡un inédito!– de Cortázar.

·

Asimismo, en esta ocasión las características cognitivas son muy distintas de los dos casos anteriores. Para decirlo de algún modo, si los dos primeros secretos de Rayuela tienen la condición de enigmas, el tercero constituye más bien un misterio, con un carácter singular que cabe tildar, sin reparos, de paranormal. El tercer peldaño hacia el état second es sin duda el más insólito y audaz de todos, y constituye a la sazón el sistema de auto-validación que permite corroborar que se ha llegado al destino: y es que si uno es capaz de leer el libro oculto es porque ya se ha mutado, desplazado, extrañado, enajenado, tal como quería Cortázar.

·

Pero dejemos que sea el propio Cortázar quien nos introduzca debidamente a este nuevo elemento. El 30 de mayo de 1960 nuestro hombre escribía lo siguiente en una carta a Jean Barnabé:

·

Esto [es decir, Rayuela] ha sido en general enfocado como lo hizo Wilkie Collins en The Moonstone, es decir, un mismo episodio «visto» por varios testigos, que lo van contando cada uno a su manera. Pero yo creo ir un poco más lejos porque no cambio de testigo, sino que le hago repetir el episodio... y sale distinto

·

Prácticamente la misma idea aparece plasmada también en el Manuscrito de Austin, de este otro modo:

·

Eso [nuevamente, Rayuela] va mucho más / allá de los trucos a la manera de [un] Wilkie Collins en The Moonstone, porque lo que Morelli quiere decir, me parece, es que se trata de una sola y única escena, que hay que componer como las tricromías, superponiendo las planchas y los colores

·

¿Por qué razón compara Cortázar Rayuela con La piedra lunar? ¿Por dónde, de qué modo, en qué sentido se repite en Rayuela el relato de un único episodio, tal como sucede, en efecto, en la hermosa novela de Wilkie Collins? Aparentemente, esta aserción no tiene ningún sentido: como cualquier lector de Rayuela sabe, la peripecia de Horacio por París y Buenos Aires sigue la secuencia cronológica normal, hasta el final, sin que aparezca por ahí repetición alguna.

·

Lo que ocurre es que Cortázar, de forma excepcional, no está hablando aquí del libro manifiesto de Rayuela, sino del libro oculto. Se trata de un libro completamente distinto, que se esconde por detrás y a través de la peripecia de Horacio Oliveira, y que está estructurado, como La piedra lunar, en la forma de una repetición diversa de un único episodio: de una sola y única escena, a la que Cortázar define, en esa misma carta a Barnabé, como «una locura». Dicho de otro modo: la suite de Horacio por París y Buenos Aires es en realidad una vasta, compleja y asombrosa metáfora, que en el fondo trata sobre una insólita experiencia que le aconteció al escritor argentino en su vida real, y que él relata subrepticiamente en la forma de un tema con variaciones (aunque sin el tema).

·

La carta a Bernabé y el apunte del Manuscrito fueron escritos cuando Cortázar aún estaba midiendo qué decir y qué no con respecto al proyecto literario que había concebido: un libro con elementos ocultos, con secretos, que cierto tipo de lector iba a tener que buscar y encontrar, para llegar a experimentar un état second. Los paratextos del libro (el Manuscrito de Austin y el Cuaderno de Bitácora) permiten comprobar que el escritor terminó borrando (cfr., en este blog, la sección «Borrados») ciertas declaraciones que le parecieron demasiado explícitas y directas acerca de los elementos ocultos, y que finalmente se inclinó por una reserva que casi podría calificarse de hermetismo. La mención a Collins fue precisamente uno de esos borrados.

·

De este modo, lo único que dejó Cortázar en la versión definitiva de Rayuela para indicar la existencia del libro oculto fueron los intercesores. Se trata de los numerosos indicios, pistas, señales o adivinanzas que el escritor distribuyó por todo el texto (y en sus paratextos, y en las cartas, y en obras posteriores) y que apuntan, cada uno por separado y todos ellos en conjunto, a la existencia de lo que se esconde bajo la superficie. Por ejemplo, lo que escribió en el capítulo 97:

·

Allí donde debería haber una despedida hay un dibujo en la pared; en vez de un grito, una caña de pescar; una muerte se resuelve en un trío para mandolinas. Y eso es despedida, grito y muerte, pero, ¿quién está dispuesto a desplazarse, a desaforarse, a descentrarse, a descubrirse?

·

O lo que proclamó en el cap. 109:

·

El libro debía ser como esos dibujos que proponen los psicólogos de la Gestalt, y así ciertas líneas inducirían al observador a trazar imaginativamente las que cerraban la figura. Pero a veces las líneas ausentes eran las más importantes, las únicas que realmente contaban

·

O lo que declaró en el cap. 79 del Manuscrito:

·

Escribir las antinovelas que empiecen por iluminar a quien escribe, y después al lector capaz de saltar de la flaca anécdota a las aguas primordiales, donde lo esperan nuevos ojos, nuevas manos y nuevos amores

·

Ahí van tres. Díganme: ¿cuántos más de estos intercesores considerarían ustedes necesarios, repitiendo una y otra vez la misma idea, para que el lector activo llegara a percibir el mensaje? ¿Cinco intercesores? Cinco quizá sean pocos. ¿Diez? Diez ya parecen bastantes. ¿Veinte? Esta cifra tendría sin duda un potente valor probatorio, ¿no les parece? Por mi parte, un día me propuse hacer el inventario exhaustivo de todos los intercesores existentes, y llegué a contar... hasta setenta y cinco.

·

¡75 intercesores! ¡75 indicios apuntando hacia el libro oculto! 50 de ellos solamente en Rayuela, y los otros 25 repartidos entre el Manuscrito, el Cuaderno, la correspondencia, La vuelta al día… y, también, el relato Los pasos en las huellas. Usted puede consultar el conjunto de los 75, si lo desea, en la entrada titulada «Intercesores, segunda recapitulación», colgada el 1 de abril de 2017. Aunque ahí no están todos; al llegar a esa cifra desistí de mi propósito, y dejé otros muchos intercesores en el tintero, para uso y disfrute de los lectores venideros.

·

En todo caso: lo que ahora nos importa son los dos puntos de rigor, con su correspondiente corolario:

·

Primero: que los intercesores son una prueba prácticamente incontestable de la existencia del libro oculto. En este caso se asume que no es incontestable del todo, pues si el secreto no se debe desvelar del todo, tampoco se puede demostrar del todo. No obstante, para compensar, a ello le agrego mi propia experiencia de lectura, con un claro valor testimonial: en efecto, yo he leído Rayuela como el relato repetido de una peculiar situación experimentada por Cortázar. Y aunque eso se dio con mi imaginación encendida, como tenía que ser, por el entusiasmo, no fue sin embargo ninguna entelequia; en este sentido, los intercesores y mi experiencia de lectura se apoyan y se confirman mutuamente.

·

Y segundo: que  Cortázar, por supuesto, no dijo abiertamente nada, con respecto al libro oculto de Rayuela, ni mientras escribía el libro, ni al momento de publicarlo, ni en los veintiún años que sobrevivió a su publicación. Más allá de las numerosísimas pero evasivas– pistas que nos dejó, Cortázar se calló con esto, tal como hizo con lo de Galdós y con lo de Novalis: es decir, como un bellaco, y hasta la tumba.

·

Corolario: el libro oculto es el tercer secreto de Rayuela, el último, el mayor, y el más misterioso. Y, también, el único que aún permanece como tal, para fortuna de cualquier otro lector activo y cómplice de la obra.

·

Coda final

·

Los datos son más que abundantes; los argumentos, contundentes; las evidencias, palmarias. Resulta obvio que los tres grandes secretos de Rayuela desbordan con creces el marco común de comprensión de la obra, y lo ponen en evidencia. No hay otra opción: si de veras quieren comprender a fondo ese texto, quítense de una vez las gafas de leer novelas, y pónganse las de leer libros iniciáticos. Lo he dicho muchas veces en el pasado, lo vuelvo a decir ahora, y lo repetiré hasta que siga siendo necesario: Rayuela no es una novela; es una rampa de lanzamiento hacia el état second.

·

Únicamente la Teoría del Entusiasmo, con la atención que prodiga a los elementos ocultos de la mayor obra de Cortázar, ha sabido dar cuenta hasta ahora, a contra-corriente de la visión común, de su parte más valiosa e importante. Y solamente cuando esta perspectiva sea aceptada y compartida por la entera comunidad receptora de Rayuela podrá aquilatarse debidamente el lugar que esta insólita creación merece en la historia de la literatura y del pensamiento universales. Esta aquilatación está aún por hacer: la sanción definitiva sobre los méritos del escritor argentino debe basarse en sus auténticos logros, y no en la limitada e incompleta visión que se tiene de ella hasta el momento, y que es propia tan solo de una determinada época.

·

Definitivamente, hay que reconsiderar a Cortázar.

·

·

·


22 de agosto de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (4)

·
La causa formal de Rayuela
 Introducción: El proceso 
·
¿Cómo se le ocurrió a Cortázar escribir un libro como Rayuela?
·
Es decir: ¿qué le llevó a ocultar un libro insólito bajo la apariencia de una novela? O también: ¿de dónde sacó la idea de una obra que puede leerse en dos niveles distintos de conciencia?
·
La respuesta a todas esas preguntas nos llevará, tarde o temprano, hasta la figura de George Ivánovich Gurdjieff, Maestro de Danzas, fundador del Cuarto Camino, autor de los Relatos de Belcebú a su nieto. En la primera entrega de esta serie de artículos ya avancé que las enseñanzas del mismo constituían la causa formal  del mayor libro de Cortázar (aunque fuese al 50 %); y esto es precisamente lo que pretendo argumentar ahora, tras haber comprobado hasta qué punto esa presencia impregna, de forma ubicua y disimulada al mismo tiempo, todo el texto de la obra. Pero antes de llegar ahí, y para establecer debidamente el posible influjo del uno sobre el otro, es preciso reconstruir cierto proceso intelectual y creativo atravesado por el escritor argentino, y que constituyó el contexto vital en el que cobró sentido para él la figura del maestro armenio. Dicho proceso se dilató a lo largo de más de una década, y puede dividirse en tres fases:
·
1) La crisis
·
En primer lugar tenemos una súbita y traumática devaluación del valor de lo literario y lo artístico –de lo estético, en suma– en el ánimo de un Cortázar que hasta ese momento consideraba tales ámbitos como la expresión más noble, elevada y valiosa del espíritu humano. Para describir esta primera fase repetiré en gran medida lo que ya expuse tiempo atrás en el artículo titulado «Dos cartas a Fredi Guthmann: Apuntes para una nueva consideración de lo religioso en Julio Cortázar».
·
2) La búsqueda
·
A partir de esa devaluación Cortázar emprendió una búsqueda, a través de lo creativo, para volver a situar lo artístico en un lugar privilegiado, aunque ahora desde unos nuevos parámetros, con carácter supra-estético. Se inaugura así la «etapa metafísica» de Cortázar, cuyos primeros frutos no satisfacen plenamente las ambiciones del escritor; la principal razón es que no le permiten escapar de los parámetros propios de la narrativa moderna.
·
3) El hallazgo 
·
En un momento dado nuestro escritor descubre cierta tradición literaria, de origen remoto pero todavía activa en ciertas latitudes, en la que se aúnan estrechamente narrativa y trascendencia, y que le servirá de guía y modelo de cara a su máxima creación: Rayuela. El resultado –aunque no para el lector común, sino tan solo para el autor y para un improbable lector afín, el denominado «lector cómplice»– será una obra moderna y trascendente a la vez.
·
Y es aquí, en esta última etapa, donde interviene Gurdjieff. Cabe decir que Cortázar no tuvo un contacto directo con la tradición a que nos referimos, sino que fueron dos fuentes indirectas las que le pusieron en contacto con esa «nueva» concepción de lo literario. Por un lado, el capítulo 30 del Belcebú, donde hallan expresión las ideas sobre arte de Gurdjieff; y por el otro, las obras del islamólogo Henry Corbin, con sus diversos pasajes sobre el Ta’wîl o hermenéutica espiritual islámica. Estas dos fuentes, curiosamente, no están declaradas por el escritor argentino (y han pasado desapercibidas, huelga decirlo, por la crítica); cabe suponer que desde el principio cayeron en el mismo régimen de ocultación deliberada que impregnó todo el proyecto de Rayuela, ese libro según se afirma en el Cuaderno de Bitácora que fue «esotérico desde un comienzo».
·
Las tres fases que acabo de establecer marcarán el orden de mi exposición. La próxima jornada, por lo tanto, estará dedicado a «La crisis».
·
·
·

22 de junio de 2016

«Rayuela» y Gurdjieff (2)

·
Mensaje hallado en una alfombra
(Primera parte)
·
En todo Cortázar decíamos el otro día no hay prácticamente nada relacionado de un modo explícito con Gurdjieff. En Rayuela tenemos una sola mención, al final del capítulo 65, con una errata que entendimos deliberada. A esta alusión yo la presumía única, aunque luego, a instancias de Diego Zeziola, me apresuré a añadir otra que aparece en 62/Modelo para armar: ciertamente, cerca de la mitad del libro, Calac le replica a Marrast «Apenas te ponés a explicar, caés en un vocabulario que ni Gurdjiev». La ortografía del apellido varía con respecto a la de Rayuela, pero otra vez es errónea, y sospecho que la lógica de este error debe ser la misma que en el caso anterior; pero 62 sigue siendo, para mí, un completo misterio. En todo caso, al ser esta mención posterior a Rayuela, no altera las dos especulaciones que trazábamos en la primera entrega. Primero: presumiblemente, la lectura cortazariana de Gurdjieff constituyó una piedra basal para el edificio de Rayuela. Segundola exigua visibilidad del maestro armenio en este libro forma parte de ciertas estrategias de ocultación tramadas por Cortázar.
·
Lo de 62, asimismo, tampoco perjudica al breve enigma que yo planteaba entonces: ¿En qué parte del Cuaderno de Bitácora es posible hallar algo claramente relacionado, no ya con el nombre de Gurdjieff, sino más bien con sus enseñanzas? Vamos a resolverlo ahora mismo, yendo a la página 137 de dicho documento. Ahí consta el siguiente fragmento, con el subrayado incluido:
·
Una idea de Luis Meana: Los dibujos de las alfombras afganas o persas son mensajes.
Variantes:         El sentido fue esotérico desde un comienzo
                El sentido se perdió por decadencia histórica, y durante generaciones se ha ido transmitiendo sin entenderlo
Alguien de nuestros días lo descifra.
·
A pesar su cortedad, este fragmento ofrece diversos perfiles, y todos encajan con nuestras hipótesis. Pero vayamos por partes; veamos, en primer lugar, cuál puede ser la relación entre estas cuatro frases de Cortázar y las enseñanzas del maestro armenio.
·
1.  Alfombras mensajeras
·
Entre sus múltiples facetas, Gurdjieff era un experto conocedor de alfombras persas. Este tema en particular no aparece en el Belcebú (en el capítulo 30 se alude a tapices y telas, pero no a alfombras); sí se habla de ello, en cambio, en el libro escrito por Ouspensky, los Fragmentos de una enseñanza desconocida. Ahí el autor recuerda las siguientes explicaciones dadas cierto día por su maestro:
·
De él [es decir, de Gurdjieff] aprendí mucho sobre las alfombras, que representaban, según me decía, una de las formas más arcaicas del arte. Hablaba de las antiguas costumbres relacionadas con su fabricación, aún en vigor en ciertas localidades del Asia. (…) desde el comienzo hasta el fin, el trabajo se acompaña con música y cantos. Las tejedoras, manipulando sus husos, bailan una danza especial, y en su diversidad, los gestos de todos hacen como un único e idéntico movimiento, siguiendo un único e idéntico ritmo (Fragmentos…, Gaia/Ganesha, Madrid/Caracas, 2012, pág. 66)
·
Hasta aquí, con respecto al Cuaderno, sólo cabría señalar una coincidencia en las alfombras como tema o motivo; con todo, era preciso transcribir el párrafo para una comprensión cabal de su inmediata continuación, así como para su relación con el fragmento de Cortázar que nos ocupa:
·
Y mientras me hablaba, atravesó mi mente el pensamiento de que quizás el diseño y el colorido de las alfombras se correspondían con la música y que eran su expresión por medio de la línea y el color; que las alfombras bien podían ser la grabación de esta música, las partituras que permitirían la reproducción de melodías (íd.)
·
Aquí sí se hace plausible el vínculo. Tanto en la primera frase del Cuaderno como en este pasaje de los Fragmentos… aparece una misma idea: el dibujo de unas alfombras es usado como lenguaje cifrado para transmitir un contenido de signo heteróclito (musical, en un caso, ideológico, en el otro).
·
Esto vale, pues, para la primera frase del Cuaderno, pero no para las otras tres. Ouspensky no habla de ningún sentido esotérico, ni sobre la posibilidad de que se pierda, ni del hecho que alguien llegue o no a descifrarlo. Todo esto nos remite a otra fuente: en realidad, forma parte integrante de las enseñanzas de Gurdjieff sobre arte, tal como se hallan expresadas en el capítulo 30 del Belcebú. Pero antes de trasladarnos ahí resulta conveniente aclarar cuál es el papel de ese tal Luis Meana en la cuestión.
·
El nombre apunta a una persona real; Aurora Bernárdez nos lo presenta, en las Cartas, como alguien relacionado con el cuerpo de traductores de la Unesco. Debo confesar que al principio me desconcertó su presencia en el Cuaderno, justo al frente de nuestro fragmento: ¿Por qué se dice ahí que la idea es suya? ¿Significa ello que fue Meana, y no Cortázar, quien leyó a Ouspensky y a Gurdjieff? Estamos casi al final del Cuaderno, es decir, cuando el proyecto de Rayuela tiene ya un cierto recorrido: ¿debemos desvincular su inicio, por lo tanto, de una lectura directa de tales fuentes? De ser así, esto pondría en un aprieto las conclusiones a las que yo había llegado.
·
Pero entonces caí en la cuenta de que Cortázar debía referirse no al fragmento en su totalidad, sino únicamente a lo que ahí se subraya: o sea, a los «mensajes».  Podemos reconstruir del siguiente modo la secuencia de acontecimientos: tras leer el pasaje de los Fragmentos sobre las alfombras, Cortázar debió comentárselo a Meana, y a continuación este último sugirió la posibilidad de transmitir, por el mismo procedimiento señalado por Ouspensky, no sólo partituras, sino también mensajes verbales o de cualquier otro tipo. Quizá esto le habría facilitado a Cortázar establecer una conexión –por otro lado lógica– entre la ocurrencia de Ouspensky y los pasajes del Belcebú que vamos a ver en el siguiente apartado. Así pues, Meana sólo habría sugerido un cambio del contenido cifrado en la alfombra; el resto sería información ya conocida por Cortázar, sacada directamente por él de su lectura de los Fragmentos y del Belcebú. Cabe descartar una mayor intervención de Meana en la cuestión, pues ello no encaja en absoluto con la trascendencia que las enseñanzas de Gurdjieff tienen para el conjunto de Rayuela.
·
2. El sentido esotérico
·
Tal como ya hemos anunciado, las tres últimas frases del fragmento del Cuaderno van más allá de Ouspensky y nos conducen directamente al capítulo 30 del Belcebú. Muy probablemente, también la «ocurrencia» musical de Ouspensky debió producirse por influjo de las mismas enseñanzas sobre arte que ahí se ofrecen. De hecho, el discípulo sólo tenía que aplicar sobre las alfombras, adaptándolo, lo mismo que Gurdjieff formula en los primeros compases de su capítulo:
·
Personalmente, os propongo que para realizar esta transmisión [del verdadero saber a las generaciones futuras] nos sirvamos, por una parte, de las llamadas ‘Afalkalnas’ humanas, es decir, de diversas obras hechas por la mano del hombre (Relatos de Belcebú a su nieto, Málaga, Sirio, 2001, pp. 376)
·
Esta propuesta se ofrece como alternativa a la transmisión directa del maestro a sus discípulos, cuya continuidad se ve a menudo truncada por los efectos de las guerras. Al estar elaboradas con materiales duraderos, las «afalkalnas» u objetos creados por el hombre (objetos artísticos, se entiende), pueden constituir un método eficaz de preservación y transmisión del saber. Éste sería el principio elemental de un arte de carácter esotérico. 
·
A partir de esta premisa van apareciendo en el Belcebú, una tras otra y prácticamente en el mismo orden, las mismas ideas que informan las tres últimas frases del Cuaderno. Valga esto primero para la primera de las dos variantes, «el sentido fue esotérico desde un comienzo» (aquí también se formula la misma idea –y casi con las mismas palabras– que aparece en la cuarta frase de Cortázar):
·
Si en las obras que he mencionado introducimos informaciones útiles, así como el verdadero saber al cual ya hemos llegado, podemos confiar en que todo ese material llegará a nuestros descendientes más lejanos, que algunos lo descifrarán y que los demás tendrán entonces la posibilidad de utilizarlo para su propio bien (íd., pág. 377)
·
Valga esto otro, a su vez, para la segunda de las variantes («El sentido se perdió por decadencia histórica, y durante generaciones se ha ido transmitiendo sin entenderlo»):
·
como resultado de mis percepciones conscientes del arte contemporáneo, mi «Yo», en el que surge con intensidad un impulso eseral de pesar, cree necesario insistir en el hecho de que, de todos los fragmentos de saber ya adquiridos (...) —fragmentos, debo decir, muy ricos en contenido— nada llegó a los seres de la civilización contemporánea, a no ser algunas «palabras vacías» desprovistas de todo significado (íd., pág. 399)
·
Luego veremos un tercer fragmento en el que podemos reconocer nuevamente, y de un modo más suculento que antes, la posibilidad de que «alguien de nuestros días lo descifre». Pero detengámonos antes aquí para valorar el asunto. A estas alturas tenemos ya razones más que suficientes para conectar el contenido de la página 137 del Cuaderno de Bitácora con las enseñanzas de Gurdjieff, aunque ahí este nombre no aparezca para nada explicitado. Y con esto podemos preguntarnos, tal como pasó el día anterior con la cuestión de la errata: ¿Acaso tiene esto alguna importancia? ¿No es cierto que esta página del Cuaderno, al fin y al cabo, no fue trasladada después al texto definitivo de Rayuela? ¿Qué relación tiene entonces la cuestión de las alfombras con el gran libro de Cortázar? ¿Y lo de la transmisión esotérica a través del arte?
·
La respuesta a esas preguntas pasa, nuevamente, por distinguir entre la visión común de Rayuela y la que sostiene la Teoría del Entusiasmo. Repitamos lo dicho el día anterior: la visión común no reconoce ningún contenido oculto en Rayuela, y en consecuencia no permite establecer analogía alguna entre las alfombras de Gurdjieff y la mayor obra cortazariana. Para la Teoría del Entusiasmo, por el contrario, todo ello señala a la correcta comprensión de Rayuela, pues este libro está para nosotros concebido precisamente como una de esas «afalkalnas» de las que habla Gurdjieff: el «dibujo» de la alfombra –lo manifiesto– se corresponde con la novela contenida en el libro de Cortázar (es decir, el primer libro consignado por el Tablero de Dirección); a su vez, el «mensaje» cifrado en el dibujo –lo oculto– equivale al Rayuela insólito (o sea, al libro oculto, que refiere repetidamente una experiencia vivida por Cortázar).
·
De este modo, y hablando con propiedad, la página 137 del Cuaderno se constituye para nosotros como una ékfrasis, o sea, como la descripción literaria de una obra de arte plástico, que funciona como metáfora de la obra en que se inserta (en este caso, en la que iba a insertarse). A través de esas alfombras esotéricas Cortázar nos está describiendo Rayuela: la frase «el sentido fue esotérico desde un comienzo» es toda una declaración sobre la génesis de la obra; y la frase siguiente, «el sentido se perdió por decadencia histórica», alude a su vez a las dificultades de recepción, totalmente previsibles, que el propio Cortázar anticipó para una obra con tales peculiaridades, una vez fuese presentada al público común.
·
Y es precisamente en este contexto ekfrástico donde va a encajar, a la perfección, la última frase del fragmento.
·
3. El desencriptador que lo desencripte…
·
El fragmento de la página 137 del Cuaderno termina así: «Alguien de nuestros días lo descifra». Esta postrera frase puede vincularse con el siguiente pasaje del Belcebú, siempre en su capítulo sobre arte:
·
Con toda justicia, hay que reconocer que a veces, ante esas obras que les habían llegado por casualidad (…), algunos seres de la civilización contemporánea incluso llegaron a sospechar que en el seno de esas obras estaba oculto «algo»; entonces, se pusieron a buscar muy seriamente ese «algo» y sucedió en más de una ocasión que esos buscadores europeos encontraron uno u otro fragmento de ese «algo» que había sido introducido deliberadamente en las mencionadas obras (íd., pág. 419)
·
La coincidencia entre la frase del Cuaderno y este extracto de Gurdjieff salta a la vista. Pero la cosa va más allá del Cuaderno. Esta última pieza, por si las anteriores no bastaban, nos permite establecer definitivamente la correspondencia entre la página 137 del Cuaderno, las enseñanzas de Gurdjieff y el texto entero de Rayuela¿Acaso conviene recordar el famoso pasaje del capítulo 79 que dice: «le da como una fachada, con puertas y ventanas detrás de las cuales se está operando un misterio que el lector cómplice deberá buscar (de ahí la complicidad) y quizá no encontrará (de ahí el copadecimiento)»? Tal como hemos señalado ya tantas veces, Cortázar diseminó en el texto de su libro gran cantidad de pistas  que debían conducir a «cierto remoto lector» a sospechar que había algo oculto en el libro. Digámoslo de otro modo: Rayuela está encriptado; ¿quién lo desencriptará? El lector cómplice debe convertirse en el «buen desencriptador» de esa enorme alfombra esotérica que es el mayor libro de Cortázar. Podemos pensar, en consecuencia, que uno de los elementos estructurales más importantes de Rayuela la célebre distinción entre un lector pasivo y un lector activo y cómplice– está basado en las enseñanzas del Maestro de Danzas. Y así se va perfilando la importancia que este último tiene en la mayor obra de Cortázar...
·
Por cierto: este último pasaje del Belcebú, con su idea de unos buscadores que logran desentrañar por cuenta propia, autoiniciándose, el misterio cifrado en una determinada obra, me recuerda poderosamente el periplo de Jorge Fraga (el ficticio) en el relato «Los pasos en las huellas». Si me permiten la digresión, recordaré brevemente el argumento de ese cuento de Cortázar: Al principio del mismo, al protagonista se le ocurre «pensar seriamente» (el adverbio es el mismo que en Gurdjieff: «se pusieron a buscar muy seriamente») en la obra de un poeta llamado Claudio Romero, al que la visión común celebra como vate, aunque sea bajo unos parámetros totalmente convencionales. Frente a esa visión común, Fraga «no tardó en darse cuenta de que nada se sabía del sentido más personal y profundo» de la obra de Romero. Aquí, si bien las palabras son distintas a las de Gurdjieff, el fondo es muy parecido: detrás de lo aparente se halla oculto un sentido mucho más restringido y, a la vez, mucho más auténtico. Hacia al final del relato, y como última fase de su búsqueda, Fraga vive una experiencia insólita, de ruptura de nivel, que al parecer ya se hallaba cifrada, insospechadamente, en la propia obra que estaba investigando. Las cosas suceden, pues, como si la «Oda a tu nombre doble» de Romero fuese una de esas ‘Afalkalnas’ de las que habla Gurdjieff.
·
Esta digresión, en realidad, no nos aleja del fondo del asunto; más bien al contrario. Tal como sabrá quien haya seguido desde antiguo nuestro recorrido, para la Teoría del Entusiasmo el argumento de «Los pasos…» constituye una alegoría de la recepción de Rayuela (cfr., en este mismo blog, los tres artículos dedicados a «El cuento más aburrido de Julio Cortázar»), con su protagonista como personificación imaginaria del auténtico lector cómplice de la mayor obra de Cortázar (personificación imaginaria y, al final, profética, pues el Jorge Fraga ficticio se acabó cumpliendo en el real que ahora firma estas líneas). Así pues, entre la susodicha frase del Cuaderno –«Alguien de nuestros días lo descifra»– y ese lejano relato incluido en Octaedro –con Fraga descifrando un mensaje antaño cifrado por Claudio Romero– existe una relación muy estrecha, que tiene como factores comunes tanto el texto esotérico de Rayuela como el capítulo 30 del Belcebú. 
·
4. Un borrado (a medias)
·
Decíamos más arriba que la página 137 del Cuaderno finalmente no se vio trasladada al texto definitivo de Rayuela. Cabe agregar dos consideraciones al respecto.
·
Por un lado: En tanto ékfrasis, la página 137 es semejante a otras muchas metáforas que Cortázar sí acabó incluyendo en su libro (véase, con respecto a esto, el artículo titulado «La palabra jamás mencionada por los críticos de Rayuela»). El hecho de que esta ékfrasis en particular no acabase figurando en el texto de Rayuela (no de una forma explícita, por lo menos) puede atribuirse a la misma razón que apuntábamos el otro día para explicar la ausencia de mayores referencias a Gurdjieff: debió descartarse porque remitía demasiado directamente al autor del Belcebú, y porque constituía, así, una pista demasiado evidente. Hay que contabilizarla entonces como uno de esos borrados (tal como yo los denomino) que se dan entre ciertos elementos que figuran en el Cuaderno (o, también, en el Manuscrito de Austin) y lo que finalmente aparece en Rayuela, y en los cuales puede apreciarse cómo Cortázar, teniendo siempre en mente al futuro lector cómplice, suprimió indicios demasiado expresivos, con el fin de dificultar hasta el punto justo según sus propios cálculos el acceso al contenido oculto del libro, es decir, al Rayuela insólito. Próximamente hablaré con mayor detalle de alguno de estos borrados,
·
Por el otro lado: Pese a que esas cuatro frases, efectivamente, fueron borradas en la forma precisa en que aparecen en el Cuaderno, es perfectamente posible reconocer su estela en el texto definitivo de Rayuela. Es decir: el borrado se convirtió, más bien, en disimulo. Este es el nuevo reto que les propongo hoy, antes de proseguir con nuestra investigación sobre las relaciones entre Rayuela y Gurdjieff: les emplazo a buscar dónde y cómo se transformó ese fragmento, qué nueva forma adoptó –menos explícita, menos directa; pero con el mismo sentido–, al pasar a la edición definitiva de la obra. Se trata, por supuesto, de alfombras.
·
·
·